Recuerdo aquella vez en que escuché por primera vez. Ya me consideraba un veterano de la predicación, y llevaba cientos de horas de predicación en las calles y lugares públicos. Lo que no recuerdo es la razón, solo recuerdo cuanto me impactó.
Recuerdo el lugar. Un cristiano predicaba el evangelio y yo estaba del otro lado, en la multitud. Por primera vez, vi todo el proceso desde la distancia. Y se vio horrible. Aquel muchacho, de muy buena voluntad, hacía lo mismo que yo había hecho tantas veces, se veía espantoso. Su mensaje era bíblico, eso sí, había pasión en sus palabras, valiente era, claro, pero se oía mal.
Al comienzo, tuve la sensación de que era yo quien no estaba interpretando correctamente al joven. Pero cuando se alejó, la gente comenzó a comentar:
- Pobrecito, en eso es que lo convierten…
- ¿Y ese muchacho quién es? ¿Qué le pasó? ¿Por qué habla así?
- ¡Qué desperdicio! Como echan a perder a los jóvenes con esas cosas
- No, no, no, no. Yo no estoy para fanáticos, a mí que ni me mire.
Lo peor de los comentarios es que eran unánimes, y cuando alguno se atrevía a decir algo, todos los demás asentían, sino con el rostro, al menos con la mirada.
Sí, ya sé lo que me vas a decir: el mundo pecador no puede recibir el mensaje de la luz y por eso lo rechaza (Mateo 15:20). A veces, sin embargo, somos demasiado simples, pasando por alto la sabiduría de Dios, y su propósito al mantenernos en este mundo ¿Recuerdas? ¿Somos la luz?
Somos la luz del mundo
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. 15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. 16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos.
Mateo 5:14-16
Hay un momento en el que perdemos de vista el propósito de nuestra predicación. Entonces comenzamos a hacerlo para nosotros, y olvidamos que la clave es que sea para otros. Es entonces que nos vemos fanáticos, cerrados, intransigentes, intolerantes, y también, por supuesto, intolerables.
Estamos sobre la tierra por una razón y no es demostrar que somos dignos del cielo, porque ya quedó claro que no lo somos (Romanos 3:10-11), tampoco para ganarnos la vida eterna mediante buenas obras (Efesios 2:4-10). Estamos para testificar de la salvación que hemos palpado en Dios (1ra de Juan 1:1-3).

Por eso Jesús dijo: ustedes son la luz del mundo. Nota que no dicen, son “una” luz, sino “la” luz (Mateo 5:15). Dando a entender así que el mundo alrededor nuestro no tiene luz. Está a oscuras, en tinieblas. Ahora, esa luz entraña una responsabilidad: tiene que alumbrar. Y ello implica que Dios espera que nos expongamos a las tinieblas, también que, en algunas ocasiones, Él mismo nos llevará hacia las tinieblas más oscuras, con tal de que alumbremos.
¿Cómo alumbramos?
¿Cómo iluminar? Simple, con buenas obras que traen gloria a Dios (Mateo 5:16). Fíjate en algo importante, esas buenas obras no son la condición para que seamos luz, sino el resultado de ser luz. La luz, de por sí, es un testimonio de la grandeza de Dios, y ese testimonio se traduce en todo lo que hacemos, sentimos, hablamos.
Por eso los cristianos que han comprendido realmente la salvación, viven llenos de gozo, porque saben que “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (1ra de Juan 1:5, el gozo en medio de la aflicción, la paz en la tormenta, y la seguridad ante la muerte, son testimonios incomprensibles para quienes viven sin Dios.
Pero muchas veces olvidamos que el objetivo de nuestro testimonio no somos nosotros, ni que Dios sepa que somos obedientes, tampoco echarles en cara a los que viven sin Dios cuán perdidos están. La meta es iluminar a los que viven en tinieblas como una vez vivimos nosotros.
Otro detalle, nota que no dice que reflejemos la luz, sino que somos la luz. Esto habla de autenticidad. No somos un espejo que imita la luz, sino que la luz está en nosotros hasta tal punto que somos uno con ella.
¿Qué es la luz?
“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”
Juan 8:12
Así que, lo que comunicamos es a Jesús: sus palabras, sus razones, sus milagros, sus mandamientos, su corazón, sus obras, su poder, su sacrificio, su evangelio.
La idea es ser emisores de la luz de Jesús. Uno de los propósitos de Jesús al venir a la tierra fue simplificar, para nosotros, el reino de los cielos, por eso se hizo como nosotros, para hablar nuestro idioma, vivir como nosotros y usar nuestro lenguaje. Ello explica por qué usaba ilustraciones (parábolas) y por qué pasaba tanto tiempo enseñando el evangelio y no solo predicándolo.
Es aquí donde muchos cristianos hemos olvidado cómo éramos cuando no conocíamos a Dios, olvidamos la paciencia del Maestro, y el amoroso afecto que el Padre tuvo con nosotros a pesar nuestro. Olvidamos el tierno sacrificio de Jesús al despojarse de su divinidad y venir a vivir como uno de nosotros naciendo en un pesebre. Pero nosotros predicamos desde pedestales imaginarios, espetando el evangelio y arrojándoselo a los pobres insensibles mundanos que ciegos son incapaces de ver la gracia de Dios que les estamos mostrando. Ellos por su parte, ciegos como están ven más que nosotros, y notan nuestra insensibilidad, nuestro fanatismo, nuestro orgullo. Y para nada ven bondad, amor, fe mansedumbre, dominio propio, gozo, paz, paciencia, benignidad, fe (Gálatas 5:22-24).
Pablo entendió el secreto:
Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. 20 Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; 21 a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. 22 Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. 23 Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.
1ra a los Corintios 9:19-23
Ya lo hemos dicho otras veces, el evangelio no el mensaje de ricos que decimos a los pobres donde comer, sino de pobres que compartimos a otros pobres dónde hemos encontrado comida.
¿Qué no es el evangelio?
Hay tantos métodos y consejos y manuales y modelos y estrategias de evangelismo que muchas veces olvidamos cuán simpe era el mensaje de Jesús.
El evangelio no es una promesa de prosperidad y buena suerte
Muchas personas vienen engañadas a las iglesias, creyendo que venir a Jesús es un buen augurio, y que todo les saldrá bien, cuando ese no era el mensaje de Jesús ¿Recuerdas?
Jesús hablaba de tomar la cruz, de la senda angosta, de negarnos a nosotros mismos, de ser perseguidos por causa de la verdad, de no tener donde recostar su cabeza. Eso en nada se parece a muchos evangelios que se escuchan alrededor.
Pero, ¿cómo motivar a las personas a venir a Jesús? Fácil: háblales de Jesús. Demasiados vienen hoy por los panes y los peces antes que por el Salvador, incluso quieren coronarle y levantar su nombre, pero, como antaño (Juan 6:15; 26), solo lo hacen por interés.
Conocer a Jesús vale la pena todo lo demás. el regalo del evangelio no es la propsperidad, o la sanidad, o la felicidad, ese es el plus. El regalo del evangelio es Jesús. El Cordero, Rey de reyes, Señor de Señores, el único digno de toda la gloria la honra y el honor, Eterno, Invencible, Victorioso, Santo, Santo, Santo. La tierra entera se postra ante Él, los angeles y querubines, los 24 ancianos, la eternidad está diseñada para adorarle y glorificarle a Él. Él es el premio mayor. Lo demás son bagatelas, importantes, pero menores en comparación.
El evangelio no es una lista de prohibiciones
Muchas veces se predica el evangelio como si fuera una serie de condiciones que garantizarán el agrado y la aceptación de Dios. El enfoque en estos casos está en lo que debemos dejar de hacer a fin de poder ser cristianos y alcanzar el favor de Dios. Estas listas incluyen el cigarro, las fiestas, la forma de vestir, las amistades con quienes salir o no.
Cuando esto se hace, se está pasando por alto el orden establecido para la salvación.
- El nuevo nacimiento (Juan 3:3),
- La regeneración y renovación por el Espíritu Santo (Tito 3:5),
- La producción de frutos para vida eterna (Gálatas 5:22-25).
- Las buenas obras (Santiago 2:18).
Por eso, la Biblia dice que por gracia somos salvos, no por obras (Efesios 2:4-10). Las buenas obras no son la condición para la salvación, sino su consecuencia.
Y este es solo el primer mal de este error. El segundo mal son las obras que se condenan, obras evidentemente externas.
A veces, la iglesia utiliza más fuerzas para denunciar a los fumadores, bailadores, a los que beben alcohol, a los que se visten a la moda, que en denunciar los pecados que la Biblia sí condena explícitamente (Gálatas 5:19-21). Se ha dicho muchas veces y sé que puede sonar duro para muchos, pero la Biblia no dice nada contra el cigarro, o contra bailar en pareja, o contra beber ocasionalmente algo de alcohol, pero sí dice contra el chisme, el orgullo, la murmuración, la envidia, los celos, las contiendas, las disensiones.
Tristemente, muchas veces, aunque no hay alcohol, o bailes, o cigarros en las iglesias, sí hay mucho de lo otro, y la Biblia dice claramente que los que hacen esas cosas no heredarán el reino de los cielos ¿Qué estamos haciendo entonces? ¿Qué estamos denunciando? ¿Qué predicamos? ¿De qué debemos arrepentirnos?
La iglesia no es un club social o cultural que predica contra la mala costumbre de moda, nosotros predicamos el pecado que ofende a Dios en todos los tiempos, lugares, épocas, culturas, y situaciones. Dios no nos llamó a predicar educación formal o salud física para el cuerpo, sino arrepentimiento de la separación de Dios.

Es importante que un cristiano entienda la diferencia de arrepentimiento y buenas obras. Somos incapaces de cambiar radical y verdaderamente nuestro modo de actuar. Por tanto, Dios no nos pide que cambiemos, sino que queramos cambiar, eso es arrepentimiento, es un cambio de dirección en nuestro corazón. Es decir, que reconozcamos nuestro error, y estemos dispuestos a ir al Médico mayor, quien entonces nos renovará por Su Espíritu Santo para que ocurra un cambio profundo en nosotros. De ahí que las buenas obras no son la condición para ir al Médico, sino el resultado de haber sido transformados por Él.
El evangelio no es una lista de cosas que debemos hacer
El cristianismo no es una cultura, y esto es algo importante que debemos aclarar, de hecho, el mensaje del evangelio es transcultural, va más allá de toda cultura, raza, lengua, nación, economía, tradición. Usted puede ser cristiano con una saya escocesa, con una corbata norteamericana, con un abrigo esquimal, o con un poncho peruano. No importa. Jesús se lo explicó a la samaritana: los verdaderos adoradores no adorarán al estilo judío o al samaritano, sino en espíritu, y en verdad, y Dios les está buscando siempre (Juan 4:24).

Esto quiere decir, que el cristianismo no es una forma de vestir, de andar, de cantar, o de hablar. No es una cultura, ni un conjunto de tradiciones de los ancianos de la iglesia. El evangelio es el mensaje de que Dios se ha levantado un pueblo de toda tribu, lengua, pueblo, y nación (Apocalipsis 5:9), quienes adoran a Dios en sus propios modos específicos. Y esto se aplica también a la pluriculturalidad actual de nuestras ciudades. El evangelio es trascendente a los estilos humanos y temporales.
Hay una frase que he escuchado muchas veces en diferentes iglesias, aunque nunca he encontrado un respaldo para ella en la Biblia: “un cristiano tiene que verse cristiano (refiriéndose a la ropa)”. Lo que distingue a un cristiano no es su modo de vestir, sino los frutos del Espíritu en su vida (Mateo 7:20).
Ahora, un paréntesis importante, no estoy recomendando el uso de ropas provocativas, ni el consumo de cigarros, o la ingesta de bebidas alcohólicas, simplemente estoy exhortándonos a regresar a la Biblia. Jesús anduvo con prostitutas (Lucas 7:39) y con borrachos (Juan 11:19), y ladrones (Lucas 19), pero en lugar de pasar demasiado tiempo hablándoles de sus pecados exteriores, les hablaba del problema interior (Mateo 4; Juan 4) y les mostraba amor. Su mensaje siempre fue al corazón a la raíz del problema.
El evangelio no es una serie de argumentos filosóficos, históricos, apologéticos
Allá vamos, claramente, esto es un poco extraño, pero es cierto, si bien el mensaje de Dios es históricamente demostrable, filosóficamente sabio, y absolutamente lógico. Esa no es la esencia del evangelio. Todos estos métodos son solo herramientas para lo verdaderamente importante. Cuando el evangelio es solo una disertación intelectual, perdemos de vista su poder mensaje: Dios.
Con esto te quiero decir, Jesús es el motivo y la razón del mensaje. Si tu mensaje no gira alrededor de Jesús y termina glorificando y haciéndonos meditar en Jesús nuestro Salvador, entonces algo hiciste mal. Cualquier otra representación de Jesús es falsa por ser incompleta: el maestro, el profeta, el libertador, el revolucionario, el filósofo, el misericordioso: Jesús fue todo esto para salvarnos. Y si solo nos quedamos con una parte, perdemos entonces el mensaje.
Entonces, ¿cómo sí predicar el evangelio?
Bueno, ya dijimos que hacemos mal. Los siguientes son algunos consejos prácticos.
- Bájate de esa nube. Eres cristiano por gracia, no porque seas mejor que aquellos a quienes les predicas.
- Vístete de persona. Sé que esto puede resultar extraño, pero muchos andan por ahí vestidos de cristianos, marcando claramente una diferencia con el mundo en su modo de vestir. Deja que el mundo te distinga por tus frutos, no por tus vestimentas.
- Habla el lenguaje común. Cuando pasamos un tiempo en el evangelio, comenzamos a aprender más de Dios y a adoptar un lenguaje bíblico que resume, en pocas palabras, conceptos importantes: el pecado, la santificación, la regeneración, el arrepentimiento, el perdón, la vida eterna, el infierno, la salvación. Por muy inteligentes que parezcamos al decirlas, hay palabras que no entienden aquellos a quienes les predicamos. Los evangelios fueron escritos en griego koiné, que era el idioma del pueblo, no de la clase estudiada, ¿por qué? para que todos entendieran.
- Tampoco es recomendable usar textos bíblicos de memoria y añadir la cita al final. La Biblia dice, “arrepentíos todos vosotros y seréis salvos (1ra de Crónicas 2:28, cita inventada)”. A las personas, las palabras en español RVR1960 las confunden (vosotros, sabéis, redención, expiación) , y no le permiten captar la idea de lo que dices, igual ocurre con las palabras que añades al final ¿Corintios, crónicas, reyes, Tesalonicenses? ¿Qué es eso?
- Jesús utilizó textos del Antiguo Testamento, pero no lo ves citando constantemente quien dijo qué. Lo importante es el mensaje, no demostrar tu conocimiento de la Biblia.
- Utiliza muchas ilustraciones, Jesús hablo del sembrador, para ilustrar como era predicar el evangelio porque ellos entenderían. A los niños háblales de Bob Esponja, o, a los adultos de la cola de la papa, a las amas de casa de la casa limpia. Habla común.
- Se humilde. Es probable que encuentres personas en la calle que sepan más que tú de un tema. Calla, aprende, ser salvo no significa saberlo todo. Hay momentos en que tendrás que dar la razón a otra persona, en que tendrás que retractarte de algo que dijiste apresurado, en que tendrás que hacer silencio ante una magistral disertación del que está del otro lado.
- Una conversación es un intercambio entre dos personas. Elimina los monólogos y fomenta el diálogo.
- Habla de Jesús. Si estás hablando de Jesús debes hablar de Jesús. Puede sonar redundante. Pero he visto predicadores que hablan de todo, de política, economía, del infierno, del cielo, de Dios, y de las iglesias. Pero nunca hablaron de Jesús. A mí me ha pasado ¿y a ti?
- Sé sociable. Muchos predicadores de hoy regresan luego de un arduo día de evangelismo satisfechos luego de haber predicado a decenas. Pero solo han rascado la superficie de lo que debieron hacer. Entregar tratados no es predicar, es solo repartir propaganda. Siéntate con ellos, comparte, conversa de temas variados, ríe, canta, llora, regocíjate, juega, comparte. Sé persona para ellos, y ellos serán personas para ti. Entonces entenderás qué necesitan, y podrás hablarles directo a su necesidad: “Entiendo por lo que estás pasando, y eso me convence cada vez más de que necesitas a Jesús”.
Por un momento pasa por alto los métodos de otros, y sé tú mismo. Muestra quien eres y quién eras. No te disfraces de cristiano, o de santo. Sé natural, reconoce tus errores, exalta la misericordia de Dios a pesar de ellos. Testifica a Dios, como responde a tus oraciones, su fortaleza en medio de tu debilidad. Lee la Biblia estudia a tu Maestro, aprende de Él. Se como Él.
Una última aclaración
Tú no cambias a las personas. Las personas no cambian porque tú las convenzas. Tú solo predicas la palabra, el Espíritu Santo convence, Dios da crecimiento a Su palabra en sus corazones, y finalmente ellos se convierten.

Antes de desesperar por la lenta respuesta de otros ¡Recuerda tu conversión! ¡Cuántos años estuvo Dios esperando por ti, mandándote señales! Las personas a quienes predicas llevan décadas aprendiendo de una forma, y por una o dos horas de debate no van a cambiar quienes son. Da lugar a Dios. Da lugar al Espíritu Santo y al crecimiento de la Palabra de Dios. Se paciente, amoroso, comprensivo. No seas intolerante con el pecado y recuerda la misericordia que Dios ha tenido contigo. No seas insensible. Es importante predicar el evangelio, pero también lo es enseñarlo. Enseña con paciencia las bondades, el secreto de la oración, del arrepentimiento, del perdón de pecados, de la renovación, de la voz del Espíritu Santo, de las promesas en las Escrituras, de la vida eterna, de la vida abundante ahora aquí, hoy.
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