¿Cómo saber a qué me llamó Dios?

Una de las primeras dudas que tenemos, a medida que vamos creciendo en el conocimiento de Cristo, es ¿cómo puedo servirle?, ¿cómo puedo retribuirle tantas bendiciones a mi vida?

Definitivamente, nuestra salvación no puede ser pagada por muchas buenas obras que hagamos, y sabemos que no es por eso que servimos a Jesús. Nos sentimos motivados por tanta gracia y misericordia sobre nuestras vidas, por tantas bondades a pesar nuestro, por tanta paciencia en nuestra testarudez, por tantas fortunas inmerecidas.

Descubriendo los ministerios

Cuando llegamos al reino de Dios tenemos la tendencia a querer imitar a los modelos visibles que nos muestran qué podemos hacer. Allí emergen las figuras del pastor, el discipulador, los ministros de alabanzas y músicos, los evangelistas, los maestros, los profetas, los apóstoles.

En algún momento posterior, descubrimos las listas de dones que aparecen en Efesios 4:11, 1ra a los Corintios 12:8-11, Romanos 12:6-8 y nos percatamos de que el servicio a Dios no es por elección nuestra, sino por llamado o gracia divina.

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12 a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;

Efesios 4:11

Al referirse a las labores que podemos realizar al servicio de Dios, la Biblia dice: “[Dios] constituyó a unos…”. En fin, la labor que realicemos en la iglesia no depende tanto de nuestro gusto, como del llamado de Dios. Él preparó un camino de buenas obras específico para cada uno (Efesios 2:10). De ahí la diversidad de dones, porque todos tenemos llamados diversos al servicio a Dios. Por eso, algunos siervos de Dios sobresalen de manera supernatural a pesar de sus incapacidades humanas: porque fueron llamados por Dios a esa labor y allí son sobrenaturalmente eficaces.

Nuestro éxito y eficacia en el servicio a Dios no depende entonces tanto de cuánto trabajemos con nuestras fuerzas, sino de cuán obedientes seamos al llamado de Dios.

Es entonces que surge la gran pregunta: ¿Cómo puedo saber cuál es el propósito de Dios para mi vida? ¿Cómo puedo saber cuál es el llamado de Dios para mí?

¿Evangelista? ¿Pastor? ¿Adorador? ¿?… ¿Cuál es el mío?

Muchos creyentes pasan años preguntándose cuál es su lugar en el cuerpo de Cristo

Vamos por paso, vas demasiado de prisa. En la Biblia lo que somos es superior a lo que hacemos. De hecho, la salvación no se condición a nuestro servicio a Dios, sino a nuestra comunión con Dios (Mateo 7:20; Gálatas 5:22-23).

Hoy hay un auge de superministerios. A las personas les encantan los títulos y reconocimientos y no quiero que te contagies de esa mala costumbre. Nunca vi a Jesús diciendo llámenme Mesías, ni a Eliseo diciendo, no me llames por mi nombre, yo soy profeta del altísimo.

Las etiquetas ministeriales se han convertido hoy en un símbolo de poder antes que de sacrificio. No quiero que seas limitadas por ellas. He visto a muchos hermanos condicionados en su servicio a Dios porque ellos o alguien ya les ha etiquetado ministerialmente. Yo soy evangelista, no discipulador, o yo soy maestro no evangelista, o yo soy músico no diácono. No está mal estar ministerialmente enfocados, pero todo depende de qué hay detrás de tu enfoque: ¿tu ego? ¿el servicio? ¿tu etiqueta?

El servicio a Dios no es estático ni está limitado por una etiqueta

Los títulos ministeriales son buenos, pero pueden convertirse en un obstáculo cuando nuestro enfoque está en el ministerio antes que en el Dios al que servimos.

La realidad es que somos cristianos, y servimos a Dios. En el peregrinaje cristiano, nuestro ministerio va progresando a medida que crecemos en Cristo. Pablo, por ejemplo, no siempre fue reconocido apóstol, primero fue discípulo (Hechos 9:19), evangelista-apologeta (Hechos 9:20-22), recibió entrenamiento ministerial (Hechos 11:25) luego profeta y maestro (Hechos 13:1), después apóstol (Hechos 14:4). Escuchando las palabras de Jesús en su conversión (Hechos 9:16) Pablo debió suponer algunas de las vicisitudes que le esperaban en su camino con Cristo, pero es poco probable que supiera con detalles todo lo que terminaría haciendo para Jesús y cómo glorificaría su nombre en tantas naciones.

Buscando la revelación bíblica

La pregunta entonces es: ¿cuál es el primer paso? ¿Debo predicar el evangelio? ¿Debo cantar canciones a la iglesia? ¿Debo ser diácono? ¿Debo empezar a discipular? Sí y no. Todas estas labores son mandamientos de Dios a la iglesia en general. Son actividades que todos debemos realizar cualquiera sea nuestro llamado.

Lo que estamos buscando, en realidad es cuál es la labor de servicio específico que Dios quiere que yo realice.

La respuesta está en este mandamiento de Jesús:

Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.

31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.

Marcos 12:30-31

Siempre es bueno regresar a los principios, a los fundamentos de todo. Y el fundamento de todo lo que hacemos y somos está en estos dos mandamientos.

Si tratamos de descubrir los propósitos de Dios en ellos (Jesús dice que estos mandamientos resumen a todos los demás), podemos concluir que el plan divino para nosotros tiene un triple enfoque

  • Personal: “amarás”, el amor es algo interno, personal, individual, nadie puede obligarme a amar, pero podemos cultivar el amor en nosotros.
  • Espiritual: “a tu Dios”, ese amor a Dios se traduce en un servicio de obediencia a Dios, a sus mandamientos, a la guía del Espíritu Santo, a la cruz que Dios nos entrega cada día
  • Social: “a tu prójimo”, del mismo modo ese amor no es enajenado y solo espiritual, sino que se desborda en un servicio a nuestra familia, a nuestros hermanos de la fe, a nuestros vecinos no creyentes.

El verbo “amor” es el fundamento de estos mandamientos. Primero debemos amar a Dios, segundo debemos amarnos, tercero debemos amar a los demás.

El énfasis de Dios implica que el amor es el eje alrededor del cual gira todo su propósito para nuestras vidas.

No estamos hablando de un amor pasivo, egoísta, mezquino, sino de un amor consagrado, sufrido, benigno, alegre. Cuando Dios habla de amor habla de sí mismo (1ra de Juan 4:8), y conocemos que su expresión de amor es Jesús. ¿Recuerdas: “De tal manera amó Dios… que entregó…” (Juan 3:16)?

El amor genuino actúa, no puede callar, se entrega y no puede retener. El amor divino es el filtro que debemos usar en nuestra relación con Él. Amarás al Señor tu Dios. Y para que no nos confundamos, Jesús añade: “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”.

El servicio a Dios es una expresión de nuestro amor a Él, no de nuestra capacidad, o de nuestra popularidad, o de nuestra jerarquía. El servicio a Dios es una manifestación que surge de lo profundo de todo nuestro ser.

Por eso la Biblia especifica que debe ser:

  • Con todo el corazón, se refiere a todas nuestras emociones, todo lo que sentimos debe estar filtrado por el amor hacia Dios.
  • Con toda nuestra alma, se refiere a nuestro espíritu de vida. Al aliento de vida que tenemos que nos sostiene que nos motiva a seguir adelante. Amarle desde la consciencia de que existimos por Él y para Él.
  • Con toda nuestra mente, se refiere a nuestro intelecto. El amor a Dios es racional, lógico, nadie es tan digno de ser amado como Dios, y ese es un razonamiento lógico. Pablo hablaba de presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios como una adoración “racional” o inteligente (Romanos 12:1)
  • Con todas nuestras fuerzas, se refiere a nuestras acciones, no se ejerce fuerzas haciendo nada. El amor es activo, no parcialmente activo, sino totalmente activo, moldeando todo lo que hacemos, decimos, vivimos para que glorifique a aquel a quien amamos.

Jesús fue radical, añadió el adverbio “todo” a cada elemento que describe el amor a Dios. Para Él, no es suficiente parte de nuestro corazón o de nuestra alma, o de nuestra mente, o de nuestras fuerzas. El amor verdadero involucra todo nuestro ser y se expresa en todas nuestras acciones.

La metáfora del corredor

¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.

1ra a los Corintios 9:24

Mi hijo entrena patinaje deportivo de velocidad. Tiene 13 años y disfruta grandemente la sensación de rapidez que le dan los patines. Desde el comienzo demostró su disposición a ser el mejor. Iba hacia la línea de partida, se alistaba para correr, ponía su mirada en la meta, tensaba los músculos y salía despedido como un bólido. Bien pronto descubrió, sin embargo, que había otros deportistas con él, y ellos eran más veloces. Entonces tuvo que retroceder y prestar más atención a las lecciones de técnica de su entrenador.

Con tiempo aprendió que había patinaddores más veloces que él

¿de tal manera…?

Cualquiera puede aprender a patinar. Con esfuerzo y dedicación finalmente encontrará modos de mantener el equilibrio, de impulsarse, de doblar en diferentes ángulos, de frenar. Pero, aunque “sabe” patinar, realmente no lo hace con eficiencia. Para tener buen rendimiento en términos de aprovechamiento muscular, velocidad, estabilidad, aerodinámica, respiración, debe volver a los inicios: bajarse de los patines.

Volver a los inicios es a clave para correr mejor

Cada día de entrenamiento el profesor Rainer, un joven licenciado del INDER, dedica unos 30 minutos de ejercicios de patinaje… sin patines. Durante ese período los muchachos repasan lentamente los movimientos de velocidad, estáticos en lugar, su profesor los corrige, sus músculos adoptan la postura del patinador, de tanto repetir los ejercicios su cuerpo comienza a adaptarse a esos movimientos tan poco comunes. Luego salen a la pista y tratan de hacer los mismos movimientos sobre las ruedas. No patinan rápido, lo hacen despacio, pensando cada movimiento, la meta no es la meta, la meta es comprender la esencia del patinaje.

Fue así cuando nos dimos cuenta. Los deportistas que patinan rápido, realmente rápido, no son los más fuertes o de piernas más largas, son los que volvieron a las raíces del patinaje y volvieron a aprender, y entrenaron tanto que ahora su técnica es impecable, ahora los vemos y son bellos sus movimientos, parece tan fácil aquello que sabemos requiere esfuerzo, para ellos es como una sola danza fluida sobre ruedas, ahora comprenden lo esencial, el esfuerzo es menor, el rendimiento mayor, el deleite inefable.

Pablo decía: “Corred de tal manera que lo obtengáis” (1ra a los Corintios 9:24). Hoy en día muchos corren la carrera del servicio a Dios, pero su enfoque está en la meta: “Seré un gran predicador”, o “un gran músico” o “un gran evangelista”, o “un gran profeta”. Cualquiera que sea el ministerio al que nos encaminemos no es malo nuestro enfoque, pero está adelantado. Creo firmemente que muchos de los fracasos y escándalos ministeriales que escuchamos a nuestro alrededor se debe a hombres y mujeres que corren chapuceros por la carrera ministerial.

Sin ánimo de ofender, cualquiera cae en la carrera (Gálatas 6:1). Pero un corredor chapucero, tiene una idea general del deporte, pero le falta el conocimiento profundo, por eso siempre retrasa al equipo, se desgasta más, respeta menos las reglas, se frustra, trae descrédito a su profesión. Engañará a muchos durante un corto tiempo, como un amateur habilidoso corriendo junto a profesionales, pero eventualmente fracasará dañando quizás a otros con su caída.

Es común ver a hombres y mujeres sirviendo a Dios y ostentando altos cargos mientras carecen de los rasgos esenciales del Maestro. Cuando nuestro enfoque está en la meta solamente, perdemos de vista la carrera, la esencia del recorrido. Nos empujamos unos a otros para llegar primero, buscamos la mejor posición con tal de tener ventajas, nos amargamos ante los fracasos, no trabajamos en equipo, salvo cuando nos convenga, y cuando llegamos a la meta, lo hacemos destrozando a otros en el trayecto.

Los dos mandamientos que hemos compartido hoy son la esencia del llamado de Dios a tu vida.

Entrenando hacia el ministerio

Para que me entiendas, Dios no es impresionado con tus habilidades oratorias, o tu poder de convencimiento (aunque tú no convences sino el Espíritu de Dios, Juan 16:8), o tu preciosa voz, o tu dominio de un instrumento musical, o tu habilidad para dar consejos; ¡todo te lo dio Él! Dios se impresiona por tu amor hacia Él, se deleita en ti cuando tú te deleitas en Él: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”.

Y Él espera entonces que entrenes en esa área. Independientemente de cuál sea tu ministerio, el fundamento es tu amor a Dios. Por eso meditarás en la voz de tu amado (Salmo 1). Por eso harás lo que los grandes héroes de la Biblia y pondrás tu vida por amor a Dios (Hechos 5:41).

Sin embargo, los seres humanos no somos impresionados por tu amor a Dios. Somos incapaces de ver lo profundo de tu corazón, de tu alma, y solo somos podemos ver lo exterior. El segundo mandamiento es “Amarás a tu prójimo”. Harás tu servicio a Dios para agradar al prójimo. Y ello requiere excelencia, estudios, preparación en el área de servicio donde me desempeño. El amor a Dios nada dice a los demás sino se traduce en amor a tu prójimo.

Prepárate en todas las áreas posibles

Es importante que el Espíritu de Dios esté presente en nuestros servicios a Dios, pero esa no es justificación para la mediocridad en lo que hacemos. Hay tantos cristianos que solo dependen del Espíritu Santo como si fuera lo ÚNICO que Dios quisiera de nosotros. Pasan por alto que el mismo Espíritu Santo nos exhorta a buscar la sabiduría (Proverbios 7:4).

Ciertamente Dios nos sostiene y ese es el componente sobrenatural del ministerio cristiano, un elemento indispensable de todo el que quiera servir a Dios. Pero Dios usa también nuestra preparación personal. Solo piensa en las epístolas de Pablo, el apóstol estudió a los pies de Gamaliel (Hechos 22:3), uno de los mejores eruditos de las Escrituras de su época. Ese conocimiento, potenciado por el Espíritu de Dios, dio forma a la teología cristiana que hoy estudiamos en todo el mundo. Piensa en David, el dulce cantor de Israel, cuántas horas habrá pasado practicando el dominio de sus instrumentos de música, ese conocimiento Dios lo utilizó luego para hablarle a Israel por generaciones en los libros de los Salmos.

El amor de Dios nos impulsa a buscar a servir a Dios conforme a su Palabra, el amor al prójimo nos impulsa a buscar y servir al prójimo aplicando la Palabra de Dios para tocar los corazones de los hombres.

Dios no necesita estudiar instrumentos de música o aprender Biblia, nosotros sí. Y cuanto más preparados estamos en nuestra área de ministerio mejor servimos al prójimo y más gloria damos a Dios.

Si eres músico estudia solfeo, armonía, interpretación de la música domina tu instrumento; si eres predicador estudia homilética, exégesis, retórica, hermenéutica; si eres administrador estudia contabilidad, liderazgo, administración. Servimos a Dios y todos ven a un cristiano en lo que hacemos. Un obrero chapucero no da gloria a su Señor. Cuando servimos a los hombres con excelencia, nuestro servicio glorifica a Dios.

Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; 6 no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; 7 sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres

Efesios 6:5-7

No importa cuál sea el área donde estás sirviendo a Dios “corre de tal manera que obtengas el corazón del prójimo”, prepárate de tal manera que puedas tocar cada alma con tu excelencia y amor.

¿Cómo saber entonces el llamado específico de Dios a mi vida?

Lo más importante: ama

Dios te ha llamado a amar con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, Dios te ha llamado a amarte a ti mismo, y a amar a tu prójimo.

¿Recuerdas la frase en Corintios? El amor no busca lo suyo. Alrededor tuyo hay necesidades. Tu amor por Dios y por el prójimo será despertado por ellas. Y actuarás. Ya estás sirviendo. No veo indicios en la Biblia de que Pablo pensara ser apóstol alguna vez, más bien veo a un Pablo sorprendido (1ra a los Corintios 15:8). Pablo actuó siempre por amor. Y poco a poco ese amor le fue llevando por el camino hacia el ministerio que Dios había señalado para él.

¿Recuerdas a Pablo?: discípulo, evangelista, maestro, profeta, apóstol Ahora obsérvalo todo a través de los lentes del amor que el mismo apóstol describe en 1ra a los Corintios 13.

Un paréntesis importante, el amor al prójimo no implica amar a la humanidad que no conocemos y antes que a la familia que tenemos, no es lo uno a lo otro. El amor al prójimo parte del amor por nosotros mismos (Mateo 22:39), hacia el amor a nuestra familia (Efesios 5:25), pasando por el amor al pueblo de Dios (Gálatas 6:10), y alcanzando a todos los seres humanos.

Lo imprescindible: escucha

Escuchar tu llamado es indispensable, y es aquí donde muchos se traban al comienzo. Una de las cuestiones más difíciles es aceptar que Dios habla. Y una vez aceptado, entonces es “lograr que Dios ME hable”.

Tenemos la tendencia hollywoodense de esperar una voz de trueno con fuegos artificiales de fondo. Y, aunque esto en ocasiones ocurre, es más común que Dios nos hable en la intimidad. A veces fallamos tratando de ver ángeles poderosos y señales en el cielo, cuando el Espíritu nos está susurrando en el silbo apacible.

… porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Filipenses 2:13

Ya hablamos de cómo el amor debe motivar todo lo que hacemos a nuestro alrededor, empujándonos a áreas de servicio que no hubiéramos considerado si no fuera por su causa. Sin embargo, la lista de tareas que hacemos por amor puede parecer difusa y abstracta. Son demasiadas, y también muy diferentes unas de otras, ¿cómo saber entre tantas cosas que hago por amor, a cuáles me llamó Dios?

En el proceso de la revelación del llamado de Dios pueden darse dos situaciones en cualquier orden:

  1. Que notes cómo Dios te usa especialmente en una o varias de esas áreas de servicio, y que comiences a notar la gracia divina sobre ti en ese sentido. Puede que algunos hermanos te comenten la bendición especial que significó tu ayuda. En este caso, considera que tal vez Dios te esté hablando mediante el derramamiento de capacidades sobrenaturales en este servicio.
  2. Que comiences a sentir en tu corazón una pasión intensa por algún área, y tu deseo y deleite al realizarla resalte en comparación con otras áreas de servicio. En este caso es posible que Dios esté poniendo “el querer como el hacer por su buena voluntad”. Puede aparecer cierta oposición en algunos hermanos. A veces, cuando el Espíritu de Dios pone una pasión en nosotros, no tenemos “pinta” de poder hacerlo bien. Como David con el gigante, parecemos pequeños ante la tarea que emprendemos, y muchos hermanos tratan de protegernos del fracaso. Si crees que Dios te está impulsando avanza, insiste, prueba, verás la victoria.

Nota que no he mencionado aquí la voz del llamado de Dios. A menudo, Dios llama usando su voz poderosa. Y será bueno que obedezcas la revelación divina. Pero si ese no es el caso, no quiere decir que esté haciendo silencio, sino que te está hablando directo al corazón y mediante el Espíritu Santo, debes aprender a escucharle también de ese modo. Recurda, Dios se adaptó a ti en Jesús, ahora tú te adaptas a Él por el Espìritu.

Sin embargo, si Dios no te habla directamente, y te habla mediante un profeta, ten cuidado con las profecías al ministerio. Recuerda que las profecías deben juzgarse y confirmarse (1ra a los Corintios 14:29). Hay muchos profetas superficiales alrededor que buscan llamarse profetas cuando solo escuchan sus propios pensamientos.

Hace veinte años, Dios me habló mediante un profeta llamándome al ministerio de enseñanza. Al comienzo dudé de la lógica de lo que me había sido dicho, pero retuve la palabra en mi corazón. Finalmente, Dios la confirmó, y su propósito comenzó a cobrar sentido. Su amor me impulsaba a enseñar.

He visto personas lanzarse al ministerio porque les dijeron, para luego sentirse frustradas, fracasadas, decepcionadas. Un profeta no sustituye tu relación o amor a Dios. Considera las profecías, júzgalas, confírmalas en tu relación con Dios.

Ningún profeta puede sustituir tu relación íntima con Dios

De cualquier forma, esto requiere esfuerzo, superación, comunión con Dios y obediencia a su Espíritu.

Es en esta etapa donde los dones espirituales (1ra a los Corintios 12) comienzan a activarse. Hay tantos creyentes que anhelan dones espirituales, pero nada hacen. Nunca los descubrirán sentados en un banco.

Hay creyentes que, como en la parábola de Jesús, han enterrado sus talentos para nunca usarlos (Mateo 25:14-30) ¿Quieres dones de sanidad?, los verás cuando tu amor te haga orar por los enfermos. Ahora, cuando los tengas, no dejes de usar esos dones cada vez que puedas. Lo mismo se aplica con todos los dones y áreas de servicio. Los dones espirituales, contrario a lo que piensan unos no es la esencia (el amor es la esencia), ni el fin (el servicio es el fin), son solo las herramientas.

Algo sobre los Dones y Ministerios

Hay cuatro elementos que dan forma al servicio que finalmente desempeñaremos para Dios ((Romanos 12:3-8).

  • El llamado de Dios (Gálatas 1:15)
  • El conjunto de los dones espirituales que se tienen (1ra de Pedro 4:10)
  • Y las cualidades innatas dadas por Dios (Efesios 2:10)
  • La preparación personal (Josué 1:9)

Siempre debes recordar que la lista de dones espirituales y ministeriales solo es representativa. En la biblia aparecen muchos más dones y ministerios que los enumerados allí. Y cada uno de estos dones de servicio toma formas increíbles cuando se funden con las habilidades innatas y el propósito de Dios y nuestra preparaci{on personal.

Un músico adorador que recibe el llamado a la enseñanza, al fusionar estos dos ministerios, se convierte en un maestro sobrenatural del ministerio de adoración (Marcos Barrientos), un hombre de oración puede recibir el llamado sobrenatural al ministerio de repartir y terminar transformando la vida de decenas de miles de personas a su alrededor (Jorge Müller), un simple agricultor puede recibir el llamado a la administración y sustentar ministerios de impacto internacional poderosos (Demos Shakarian).

Tu impacto ministerial puede que ocurra en la iglesia, o en la calle, o en la escuela, cuando estás motivado por el amor, y guiado por el Espíritu de Dios, verás que la visión de Dios muchas veces se sale de los marcos preestablecidos por los hombres.

Corre de tal manera que lo logres.

Es probable que lo que haces actualmente no sea tu propósito final de Dios para tu vida, sino un entrenamiento para llegar allá ¿Recuerdas el proceso de Pablo? Él fue actuando motivado por amor, luego comenzó a notar dones y habilidades que le confirmaron el respaldo de Dios en su vida, la pasión por los perdidos le consumía y el Espíritu Santo se volvió su compañero inseparable, así fue pasando de uno a otro ministerio donde dio lo mejor de sí. Estudiaba, escribía, se preparaba, todo lo que hacía era una preparación hacia su labor final: apóstol a los gentiles. En su apostolado se combinaron los ministerios de evangelismo, apologética, enseñanza, misiones, y profecía.

Preguntas para meditar

  • ¿Cuál es tu motivación ministerial? ¿El amor o tu superación personal? ¿Por qué?
  • ¿Cuán atento estás a la voz de Dios en tu vida? ¿Te atreves a dejarte llevar por esa pasión que Él pone en ti?
  • ¿Qué lugar de tu servicio a Dios ocupa tu familia? ¿El primero? ¿El último? ¿Por qué?
  • ¿Cuánto tiempo dedicas a tu entrenamiento ministerial para que glorifique a Dios ante los hombres?
  • En tu servicio a Dios, ¿de qué dependes más, de tus habilidades naturales, o del Espíritu de Dios? ¿Cómo puedes incrementar tu dependencia del Espíritu de Dios?
  • ¿Qué capacidades en tu vida puedes identificar como sobrenaturales y dadas por Dios para tu servicio al reino? ¿Estás dando uso a esos dones? ¿Cómo?

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