El Camino hacia la Vida Abundante es Morir

Hacía un mes que las provisiones habían dejado de llegar. En una esquina de la cocina, una vieja cubeta tenía telas de araña donde antes se almacenaban granos para un mes. La mujer tomó las últimas onzas de harina que quedaban y las dejó caer sobre la olla, sus ojos se perdían en el espacio infinito de la pared que tenía frente a sí.

Bajó la vista y, evitando mirar la cazuela donde había puesto el harina, fue hacia la parte de atrás de la casa. Rutinariamente salió al patio y comenzó a caminar entre los surcos de tomates, y frijoles y boniato, y yuca. La tierra estaba seca, tan seca como la arena del desierto, y también sus sembrados.

La tierra que fluía leche y miel ahora produce espinas y polvo. Hacía décadas que el pueblo escogido por Dios había escogido honrar a otros dioses, a otras ideologías, a otras voces, y la bendición había abandonado a la tierra.

Si malos habían sido los reyes anteriores, el último era más malo que todos ellos. Se decía que la maldad del rey se había extendido sobre toda la tierra, y por eso Dios había secado los cielos.

Ahora la situación era pésima, el último puñado de harina apenas alcanzaba para una ración. Una lágrima seca trazó un surco sobre el polvo de su rostro y se paralizó antes de llegar a su barbilla. La mujer dio un giro brusco y regresó a la casa. Sus pasos eran firmes, había tomado una decisión. Al entrar en la casa observó a su hijo, inocente jugaba en una esquina de la casa con algunos juguetes hechos de madera.

«Esta es la última comida que comeremos, pero la comeremos bien» La viuda se acercó a unos troncos que había amontonado junto al camino mientras aquellos lúgubres pensamientos inundaban su mente.

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150 kilómetros más al sur, a una semana de viaje, Dios le hablaba a un profeta y le decía «Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente» (1ro de Reyes 17:9), durante 7 días caminó el hombre de Dios por fe, sediento y hambriento en una tierra maldecida por el pecado, hasta una ciudad de no-creyentes.

Sarepta era una ciudad que no creía en Jehová, de hecho. Adoraban a Astarté, diosa guerrera de la fecundidad, y a Eshum dios sanador. [i]

Por siete días perseveró en obediencia a la voz de Dios, encontró pueblos y ciudades por el camino, pero ninguna era Sarepta. Allá, se decía el profeta «Dios avisó a una viuda y ella me está esperando».

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En su mente los preparativos estaban completos. Tampoco era que los ingredientes dieran para más, con el fondito de aceite y el puñado de harina decidió hacer una tarta al carbón, el plato favorito de su hijo. No había más que hacer. Nadie la había querido ayudar, nadie la iría ayudar. No había vuelta atrás.

Entonces, cuando las fuerzas comenzaran a faltar, se acostaría con su hijo en la cama, y dejarían que la fatiga hiciera su parte hasta nunca más levantarse.

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Elías miró y vio allí a aquella mujer. En su interior sintió el empujón característico del Espíritu de Dios señalándole a la mujer que había recibido órdenes de Dios para recibirle y sustentarle. La mujer vestía una ropa vieja y desgastada, aunque limpia. El hombre le hizo una seña, pero la mujer no le vio, ensimismada en sus pensamientos se dirigía hacia un lugar donde había unos troncos.

¿Cómo sería esta la mujer a quién Dios había dado órdenes de sustentarle si obviamente ella no le estaba buscando?

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«Buenas tardes señora», la viuda desvió su mirada hacia el sucio forastero. Lentamente le miró de arriba abajo y se alegró de no estar tan mal como él. «¿Me puede traer un poco de agua?».

Sin decir una palabra, la mujer miró sus ojos y con un gesto apenas perceptible dio a entender que la iría a buscar. Arrastrando los pasos, de mala gana, comenzó a desandar el camino recorrido en busca del preciado líquido.

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El Espíritu Santo dio un nuevo empujón la profeta, quien insistió un poco más… «… Y si es posible me trae un poco de comida» … Aquella mujer no aguantó más y estalló en una catarsis emotiva:

“Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir”

(1ro de Reyes 17:12).

En algún modo ella le había reconocido, muchos dioses había en Fenicia, pero este hombre viene de Israel, la tierra donde adoran a un solo Dios. El juramento de la mujer hace una comparación entre dos verdades. Así como Jehová vive, así también yo moriré con mi hijo. Al afirmar que Jehová vive, sin mencionar a los dioses de su nación, la viuda estaba dando la espalda a quienes le habían fallado una y otra vez, y miraba hacia el Dios que vive.

¡A veces se dice tanto con tan poco! Cuando el dolor te corroe por dentro hasta dejarte sin fuerzas, comienzas a darle peso a tus palabras: “Vive Jehová tu Dios”. No es mi Dios, pero sé que vive.

Cuatro Detalles Importantes

1.      ¿A quién dio Dios la orden? ¿A quién llamó Dios?

Jesús dijo que había muchas viudas necesitadas en Israel en aquellos días, por qué tuvo que recorrer Elías 150 kilómetros para encontrar a esta mujer. Seguramente había muchas viudas pudientes en aquella época mejores abastecidas para “sustentar” al profeta ¿Qué tenía aquella viuda que dar?

Nada tenía aquella mujer, de hecho, ya estaba pensando echarse a morir. La mejor pregunta sería, ¿qué no tenía aquella mujer que tenían todas las demás en Israel? Aquella mujer no tenía orgullo, aquella mujer se sabía insuficiente, aquella mujer, estaba insatisfecha.

De modo que Dios no eligió a esta mujer en base a lo que tenía, sino a lo que no tenía. Y es una realidad que todos conocemos por nuestra propia experiencia. Cuando estamos satisfechos, no buscamos a Dios, cuando somos suficientes no necesitamos a Dios, cuando el orgullo nos inunda Dios es un estorbo.

Jesús lo diría siglos después:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos verán a saciados”

(Mateo 5:6).

Todos tenemos un concepto de la justicia que es egocentrado. Cuando la vida nos favorece entendemos que somos suficientes, que nos lo merecemos, y que tenemos el futuro en nuestras manos. Nuestro ego nos endiosa y estimamos que somos arquitectos y señores de nuestro destino. Como peces en una pecera olvidamos que si nos alimentamos es porque alguien provee alimento a su tiempo, que si vivimos es porque alguien garantiza que el clima sea adecuado, que si no enfermamos es porque alguien mantiene un entorno amigable a nuestro alrededor.

Dioses de mentira, ególatras autoengañados vivimos en un mundo donde la justicia universal es la que dictamos con nuestras propias percepciones limitadas. Pero llega ese momento en que la catástrofe nos golpea, en que la suficiencia desaparece, la impotencia se yergue ante nuestros ojos y desechados por el destino anhelamos esa justicia que una vez despreciamos. Cuando ese anhelo surge, cuando despierta ese deseo de la justicia basada en el amor de Dios entonces estamos a punto de ser saciados.

2.      ¿Cómo dio Dios la orden? ¿Cómo llama Dios?

Lo curioso de esta historia es la cronología del tiempo, dijo Dios “yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente”, pero Elías estaba a 150 kilómetros de Sarepta de Sidón, caminando le habría tomado unos 7 días en llegar. Y al llegar, aquella mujer estaba lista para preparar su última comida y echarse a morir.

¿Dónde estaba la orden de Dios? Uno pensaría que al llegar Elías del penoso recorrido estaría la mujer a las puertas de la ciudad con una suculenta cena esperándole, porque Dios había “dado orden allí a una mujer viuda que te sustente “. Pero nada de eso encontró Elías, no solo la mujer era pobre, ni siquiera estaba pensando en sustentar a Elías.

Entonces, ¿dónde estaba la orden de Dios? Nota que siete días atrás ya la orden había sido enviada “yo he dado orden”. Así que, ¿dónde estaba la orden de Dios? ¿Qué había logrado la orden de Dios?

¡Vive tu Dios! Hay tanto en esa frase de la viuda. Ella era fenicia y tenía sus dioses, generalmente, cuando alguien jura lo hace por lo más preciado que tiene. Aquella mujer juró por el Dios de Elías, el Dios de Israel. Y no solo juró, sino que confesó: Yo sé que tu Dios vive. No es mi Dios, pero yo sé que vive. Hay una esperanza en esa frase que más que una queja, era un clamor de ayuda. Mis dioses no viven, el tuyo sí. Vive Jehová tu Dios que estoy en el borde de la desesperación. Había un anhelo de Dios en aquella viuda no había en otras viudas de Israel (Lucas 4:26).

La orden de Dios fue la de crear esperanza contra esperanza, de poner hambre y sed de algo mejor, de despertar un anhelo de redención, de alimentar una ilusión imposible: Hay un Dios en los cielos que vive y puede.

Las personas reaccionan de diferentes modos a la necesidad, hay quienes endurecen sus corazones contra Dios como un niño airado aventando golpes al aire contra su Padre amoroso y en lugar recibir la mano que se extiende para salvar maldicen y sentencian su futuro en desolación y destrucción (Apocalipsis 16:10-11).

Pero hay otros que comprenden la realidad, cuando nada puedo, mi Padre puede, cuando soy impotente, Él es omnipotente, cuando no llego, Él llega, cuando no sé, Él sabe. Como hijos se acercan confiados al abrigo del Altísimo y moran bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). La orden divina iluminó el corazón de la viuda de Sarepta despertándola a la realidad: Hay un Dios que vive, hay un Dios que sabe, hay un Dios que puede.

3.      ¿Cómo se materializa la orden? ¿Cómo obedecemos a Dios?

El tercer detalle que llama la atención en esta historia es el modo en que se cumplió la orden de Dios. Hay una diferencia grande entre ser llamado por Dios y ser bendecido por Dios.

La Biblia dice que muchos son los llamados, pero pocos los escogidos (Mateo 20:16). Dando a entender que la misericordia de Dios está al alcance de todos, pero pocos llegan en realidad a recibir la bendición.

¿Cuál es esa diferencia? La diferencia es el salto de fe. Aunque se piensa en la fe como una cualidad exclusiva de la vida espiritual, en realidad la fe es una cualidad de todos los seres humanos. Todos tenemos fe, y generalmente depositamos esa fe en nuestros propios planes.

Aquella mujer había analizado y estudiado y comprendido que la única solución posible era prepararse un último plato de comida y morir con dignidad abrazada a su hijo. Probablemente había planificado cada detalle, el fuego, la receta, la comida, quizás había preparado los detalles del último día y como se iban a consolar uno al otro mientras perdían las fuerzas a medida que el hambre arreciaba.

Algo extraño ocurre cuando desarrollamos un plan: nos enamoramos del plan. En el proceso de creación lo apreciamos, valoramos, y atesoramos como la mejor solución posible. Ponemos en él nuestra fe y nos encomendamos a protección. La viuda tenía un plan.

Pero entonces llega Elías y, con una frase le propone alterarlo todo, comenzando por la primera etapa del plan.

Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. 14 Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.

(1ro de Reyes 17:13-14 [RV60])

La palabra del profeta era un atentado a todo lo que ella había planificado tan cuidadosamente. Elías le estaba pidiendo dar un salto de fe, no confiando en lo que ella había preparado, sino en lo que Dios decía: “la harina no escaseará”.  

Es en ese momento en que sentimos morir por dentro, debemos deshacernos del amor que tenemos por lo nuestro por nuestro sueño, anhelo, ilusión, por aquello de lo que nos enamoramos.

 Y todo depende de la luz que Dios arroje a nuestras vidas y de nuestra habilidad para percatarnos de que, por buenos que sean nuestros planes, no se comparan al plan de Dios para nosotros. Tenemos esa tendencia humana de aferrarnos y fanatizarnos con nuestros proyectos de vida, y cuando escuchamos la “loca” idea renunciar a nuestros planes y metas y confiar nuestras vidas a Dios entonces damos la espalda a Dios y seguimos adelante con nuestro método.

Creer en Dios, confiar en Dios, renunciar a nuestros proyectos, vivir por fe, saltar a un mar embravecido creyendo que podremos caminar sobre las aguas, conquistar una tierra llena de gigantes y ciudades con tecnología militar superior a la nuestra, atravesar un mar rojo, predicar el evangelio en una ciudad de violentos fanáticos religiosos, o renunciar a mi último plato de comida y a todo lo que ello implica.

El gran problema de nuestro apego a nuestros planes es que con nuestra vista limitada no nos percatamos de que por buenos que sean nuestros planes, por mucho que hayamos dedicado en su organización, no son, ni remotamente, tan buenos como los planes de Dios para nuestras vidas.

Tenemos planes de estudios, negocios, inversiones, matrimonios, y de tantas otras cosas, y los atesoramos porque en ellos está nuestro corazón, nuestro tesoro. Pero por buenos que sean si no coinciden con los planes de Dios ni son tan buenos ni son planes de vida. Somos ciegos al propósito de Dios pues vemos solo lo terrenal, lo temporal, lo perecedero, sin darnos cuenta de que hay un plan superior y es digno de toda nuestra confianza.

El plan de Dios es digno de TODA nuestra confianza

Hay fruto en el camino de Dios, pero ese camino comienza con la muerte de nuestros sueños y planes:

De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

(Juan 12:24-26 [RV60])

4.      ¿Hay algún beneficio para mí?

Uno de los mayores obstáculos para la fe es nuestro instinto de auto preservación. Sabemos que en este salto de fe lo arriesgamos todo, y probablemente perdamos todo lo que atesoramos. Muchos ante el llamado de Dios se arriesgan a perder a su familia, seres queridos, empleo, reputación, recursos, y ante tanto riesgo la pregunta es: ¿qué hay para mí? ¿qué gano al perderlo todo?

La viuda decidió dar un salto de fe, decidió morir a sus sueños, para vivir para los sueños de Dios. Su plan, por bueno que fuera terminaba en muerte, el plan de Dios, por arriesgado que fuera, terminaba en vida y vida en abundancia.

El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia

(Juan 10:10 [RV60])

Ciertamente hay una recompensa visible en esta historia, si la viuda se hubiera aferrado a su último plato de comida, si hubiera confiado en ese alimento como su salvador, hubiera muerto. Ella decidió confiar en la promesa de Dios y la Biblia dice:

Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días. 16 Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías

1ro de Reyes 17:15 [RV60]

La historia de esta mujer no es una fábula o leyenda, tampoco es una manifestación única de la gracia de Dios sobre quienes creen en Él. Esta historia se repite hoy en todos los que están dispuestos a creer en las promesas de Dios en la Biblia y en la guía del Espíritu Santo, los milagros de Dios siguen manifestándose en el siglo XXI en medio de la pandemia que conmueve a la humanidad. Hay vida abundante para quienes creen en las promesas de Dios.


[i] https://www.ecured.cu/Fenicia#Religi.C3.B3n


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