¿Por qué a veces Dios no sana?

Hoy por hoy, en pleno siglo XXI la mayoría de las iglesias protestantes hemos dejado de lado la incredulidad hacia los milagros de Dios para abrazar la fe en la intervención sobrenatural divina en el día a día del creyente.

En todas partes escuchamos de cómo Dios responde sobrenaturalmente a las oraciones de su pueblo y vemos la mano de Dios sanando y haciendo prodigios y señales. Aunque muchas veces no haya una cámara filmando los milagros de Dios, los que hemos andado con Dios sabemos que, como un témpano de hielo, los milagros que se cuentan son solo un pequeño por ciento de los milagros que ocurren. El poder de Dios es real, su intervención no es la excepción, Dios responde las oraciones de su iglesia.

En mi más de veinte años de caminar con Dios, he visto milagros maravillosos, fiebres desaparecer, dolores intensos de cabeza, bursitis y espolones ceder ante la oración, columnas enderezarse, hernias desaparecer, enfermedades de la piel huir, he visto ciegos ver, cojos andar, sordos oír, cánceres desintegrarse, enfermos de SIDA sanados, casándose, teniendo hijos, y viviendo la vida plena de una persona normal, la lista es interminable y ello ha afirmado la fe en mi corazón de que Dios sigue sanando hoy.

Sin embargo, otra realidad también nos confunde. Muchos creyentes oran a Dios para ser sanos y no lo son. Al menos no inmediatamente, al menos no todavía algunos pasan años y no ven la sanidad.

¿Qué impide que ocurra la sanidad?

En mi estudio de la Biblia encuentro solo tres razones por las cuales Dios NO sana a los enfermos en respuesta a la oración.

  1. La voluntad de Dios no es que sean sanos (2do de Reyes 13:14; Juan 11:6).
  2. La incredulidad de los espectadores (Marcos 6:5-6).
  3. La poca fe de los que oran (Mateo 17:20)

Sabiendo que Dios sana frecuentemente a los enfermos. ¿Qué podemos hacer para evitar que estas razones impidan la sanidad de Dios?

Primera razón: La voluntad de Dios no es que seamos sanos

La verdad es que no conocemos la voluntad de Dios. Todos tenemos que morir, y es natural que muramos de algún fallo de nuestro cuerpo. A estos fallos los llamamos enfermedades. En la Biblia, todos murieron, y ello implica que hubo un momento en que sus cuerpos dejaron de funcionar, y que la voluntad de Dios era que los que murieron debían descansar ya de sus obras. La muerte forma parte del destino de los hombres.

Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,

Hebreos 9:27

Y así ha sido, al menos en casi todos los casos (recordemos a Enoc y a Elías). La muerte no fue el diseño de Dios, pero al rebelarnos contra Dios y alejarnos de Él, esa es la consecuencia. La enfermedad, es decir, la muerte, es la ausencia de Dios, la ausencia del poder de la vida.

Eventualmente, todos morimos para descansar hasta la consumación de los tiempos en que algunos resucitemos para vivir eternamente con Dios, y otros para juicio y muerte en sufrimiento eterno lejos de Dios.

A pesar de que Dios ha establecido un día en el que moriremos, y de que la muerte es un tipo de fallo o enfermedad de nuestro organismo, la Biblia registra ocasiones en que el Padre, en respuesta a la oración, extendió la vida de una persona (2do de Reyes 20:1-6; y Juan 11:41-43). De modo que, incluso cuando la voluntad de Dios es que descansemos, Dios parece inclinarse y atender el clamor de sus hijos que piden a Él con fe.

Cuando tenía 19 años mi mamá enfermó de cáncer terminal, en solo seis meses su estado físico empeoró de una manera terrible. Muchas iglesias estuvieron orando fervientemente para que Dios le sanara, pero su condición era cada vez peor. Los médicos nos miraban como fanáticos y nosotros creíamos con todo el corazón que Dios no permitiría que ella partiera. Pero el fin se acercaba. Yo no aceptaba en mi corazón que mi madre dejaría de estar con nosotros. Así que me tomó por sorpresa cuando aquella noche en el hospital dejó de respirar. Las enfermeras corriendo de un lado a otro trataron de hacer todo lo posible, pero nada servía. Hacía días que ella estaba inconsciente y yo miraba sin creer que perdería a alguien tan importante para mi vida. La mirada de la enfermera especializada que atendía aquella sala del Hospital Oncológico me preparó para lo peor. No había esperanzas. Era el fin.

Esos minutos de cara con el silencio me despertaron a la realidad. Mimi se estaba yendo.

Caí de rodillas junto a la camilla y clamé insistentemente a Dios diciendo: “Si te la vas a llevar, Señor permite que podamos despedirnos de ella”. Cuando abrí los ojos mamá me estaba mirando con los ojos llenos de lágrimas. Después de varios días sin despertar y luego de un fallo tan crítico mamá despertó.

Por 24 horas habló animadamente con nosotros, fue tiempo suficiente para que todos los que la queríamos pudiéramos despedirnos, el tiempo alcanzó para que algunos rezagados pudieran visitarla “casualmente” en ese lapso. Ella pudo decirnos sus últimas palabras a cada uno, a la vez que nos daba paz verla yendo feliz a los brazos de Jesús. Al día siguiente, justo antes de partir, me contó cómo veía a Jesús a los pies de su cama llamándola, no estaba delirando, no estaba asustada, estaba feliz. Partió con el Señor, y ninguna de mis oraciones en ese momento sirvió de algo. Papá había escuchado mi oración, le había dado un tiempo más de vida, pero ahora llamaba a su presencia.

Ciertamente pudiera citar el testimonio de otros, quizás más notorios. Pero prefiero compartir aquella experiencia de la que puedo dar fe de primera mano, donde la gracia y la mano de Dios forcejeando con mi oración se expresaron en un amor tierno y maravilloso.

Creo firmemente, basado en la Biblia y en experiencias similares a esta, que nuestro Padre celestial presta atención a nuestras oraciones y nos hace partícipes de su toma de decisiones, en su voluntad soberana. Sin que esto implique que tengamos el poder para doblegarle. Dios siempre atenderá la oración de un hijo que le pide con fe.

La voluntad de Dios de no sanar a alguna persona, no nos motiva a dejar de orar o de pedir a Dios con fe. Al contrario, nos anima hablar con Dios, Él escucha nuestras oraciones. A veces dice ‘Sí’, a veces dice ‘Espera’, a veces dice ‘Está bien’, y otras dice ‘No’. Pero siempre atiende a nuestras oraciones.

De vez en cuando mi niño se acerca con la misma petición una y otra vez. “Papá déjame jugar un ratito más antes de dormir”. Siempre tengo en cuenta lo que me dice. A veces le digo que no (al otro día hay escuela), o un ratitico más (porque aún no es tan tarde), en ocasiones lo dejo jugar mucho más (porque es viernes y mañana no habrá escuela). Su insistencia y pasión me hablan de su corazón de su confianza en mí, de su obediencia. En todos los casos mi respuesta es diferente, en todos los casos disfruto sus fogosidades, su crecimiento, interactúo con él, me deleito en su felicidad. Dios siempre escucha tu oración y te tiene en cuenta al tomar decisiones.

Cuando alguien se rehúsa a orar por un enfermo y presenta la voluntad de Dios como excusa, la verdadera razón es que no conoce bien a Dios, no sabe que su Padre celestial está atento al clamor de sus hijos (Salmo 34:15). La voluntad de Dios no es lo que nos impide orar, sino la falta de confianza en la relación que se tiene con Dios. A veces es el temor a ser avergonzado públicamente, o a sentirnos defraudados, por eso preferimos asumir por defecto la voluntad negativa de Dios. Como Pilato, nos lavamos las manos pasando por alto los mandamientos a orar y sanar a los enfermos (Marcos 16:17-18; Mateo 10:8; Lucas 10:9; Santiago 5:14).

Segunda Razón: la incredulidad de los espectadores

No todos los que escuchaban a Jesús le creían

En cuanto a la segunda razón: no tenemos modo de cambiar los corazones de quienes están a nuestro alrededor. Sin embargo, en el versículo que citamos, notará que incluso a pesar de la incredulidad del pueblo, Jesús sanó a unos pocos.

Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos. 6 Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando.

Marcos 6:5

La incredulidad es diferente a la “poca fe’. Incredulidad es no creer o confiar en Dios, poca fe es creer poco en Dios. Para muchas personas estos términos son sinónimos, no para Dios.

Cuando hay incrédulos, Dios reprime sus manifestaciones de poder. Un incrédulo seguirá siéndolo, aunque vea milagros. Un incrédulo nunca dará gloria a Dios cuando vea una gran manifestación de su poder, la justificará, aplaudirá a la gran “madre naturaleza” o glorificará a la “casualidad”, pero nunca dará gloria a Dios. Dios se aleja de los incrédulos. Por esa razón Jesús, habiéndose despojado del poder de Dios (Filipenses 2:6-7) y viviendo dependiente del Espíritu Santo solamente, como nosotros, no pudo hacer milagros, sino solo unas pocas sanidades: El Espíritu de Dios se había alejado de los incrédulos, aunque no de Jesús.

Cuando hay personas con poca fe, Dios se deleita en corregirles, y animarles (Mateo 6:30; 8:26; 14:31; 16:8; 17:20). Dios hace milagros delante de las personas de poca fe.

Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?

Mateo 6:30

Ahora, la incredulidad de otras personas no es algo que podamos controlar, o que deba limitar nuestra fe en Dios. Por el contrario. La incredulidad de las personas que nos rodean nos invita a buscar modos de incrementar la presencia de Dios en nuestras vidas. Por eso los creyentes, además de rodearnos de no cristianos, para ser testimonio en medio del mundo (Juan 17:15), nos rodeamos de creyentes para ayudarnos y animarnos unos a otros a la fe (Santiago 5:16; Mateo 18:20).

Tercera Razón: La poca fe de los que oran

La última razón que encontré en las Escrituras por la que no ocurre sanidad en la Biblia es la poca fe.

Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora. 19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? 20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.

Mateo 17:18-20, énfasis mío

Y este es un elemento en el que los creyentes estamos de acuerdo. La sanidad sobrenatural en respuesta a la oración depende de la fe del creyente que pide a Dios (Mateo 15:28; 9:29; Juan 11:40).

Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.

Mateo 9:29

¿Qué hacer entoces?

Al analizar las razones por las que no ocurre sanidad en la Biblia, llegamos a la conclusión de que:

  • La voluntad de Dios es intrínsecamente sanar, exceptuando casos especiales. Esto es evidenciado por el número de sanidades de Jesús en los evangelios en respuesta a las oraciones y las pocas negativas o retrasos que encontramos en el mismo pasaje. Por otro lado, el pasaje de Marcos 5:29-30 y 34, nos muestra que la bondad sanadora de Dios se activa automática y naturalmente cuando un creyente ora con fe. Ello implica que es correcto orar siempre creyendo que Dios va a sanar al enfermo, sea la enfermedad que sea.
  • No tenemos control sobre la incredulidad de las personas, pero podemos elegir acercarnos a personas que sean creyentes como nosotros y nos ayuden a creer.
  • Aunque podamos sentir que no tenemos control sobre nuestra poca fe, hay modos bíblicos para hacer crecer nuestra fe.

Cuando leemos las conclusiones a estas tres razones, descubrimos que el punto de inflexión no está, como dicen algunos, en la voluntad de Dios, sino en nuestra poca fe.

¿Cómo incrementar nuestra fe?

La definición bíblica de fe es:

La fe es la confianza de que en verdad ocurrirá lo que esperamos; es lo que nos da la certeza de las cosas que no podemos ver (Hebreos 11:1. Nueva Traducción Viviente)

Fe es esperar con confianza, no se tiene fe en algo que ya se tiene. Por tanto, fe implica ausencia de algo. Fe implica también esperar con anhelo, con confianza, con seguridad de que llegará. Fe implica saber cierto algo que no vemos. Creer en algo que vemos no es fe, es conocimiento, la fe involucra la ausencia de evidencias tangibles, es un modo de ceguera.

porque por fe andamos, no por vista

2da a los Corintios 5:7

Debemos reconocer que nos cuesta trabajo creer y confiar en la manifestación sobrenatural de Dios en algunas áreas de nuestras vidas. El materialismo, hedonismo, y egoísmo que nos rodean desde pequeños nos predisponen hacia la incredulidad, nuestras experiencias con Dios hacia la fe.

Aunque, generalmente, no perdemos la batalla cayendo en la incredulidad, muchas veces terminamos agotados sin poder alcanzar a la certeza de lo que se espera, a la convicción de lo que no vemos: terminamos con poca fe.

Pablo veía la fe como una batalla, una carrera, un esfuerzo:

He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

2da a Timoteo 4:7

La fe, no es algo que llegue a nuestros corazones y se quede allí, la fe nos transforma desde adentro hasta modificar nuestro modo de vivir. Por eso Santiago decía que la fe sin obras es muerta, no existe. Porque una vez que creemos, terminamos viviendo según lo que creemos.

Es entonces que nos enfrentamos a la gran interrogante ¿Cómo lidiar con mi poca fe? ¿cómo hacer crecer mi fe? Tres consejos en la Biblia.

La palabra de Dios

Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

Romanos 10:17

Son innumerables las exhortaciones que Dios hace a que no solo leamos la Biblia, sino que meditemos en ella (Salmo 1; Salmo 119; Josué 1:8; Mateo 7:24; 1ra de Pedro 2:2 y muchos otros).

Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.

Josué 1:8

Muchos cristianos se conforman con leer la Biblia desde un promesario, o un simple devocional que alguien escribió, o con simplemente escuchar el sermón que alguien preparó. La exhortación bíblica no es a comer la comida que alguien ya masticó, si entiendes lo que quiero decir. Sino a que mastiquemos nosotros mismos nuestra comida. Hagamos que la Palabra de Dios sature nuestra mente, nuestro ser, nos llene, nos modifique desde adentro (Ezequiel 3:1-3; Apocalipsis 10:8-10). Meditar en la Palabra de Dios significa considerarla, pensarla, analizarla, estudiarla, experimentar con ella, atesorarla, creerla, escudriñar en ella su verdadero significado, vivir nuestras vidas desde la verdad que ella entraña.

de día y de noche meditarás en ella

Cuando los apóstoles dijeron a Jesús: ‘Auméntanos la fe’, les dio palabra de Dios como respuesta (Lucas 17:5-6).

Pocos cristianos leen la Biblia organizadamente, un libro a la vez. Pocos cristianos meditan largo tiempo en un pasaje que no entienden y escudriñan las Escrituras para encontrar respuestas hasta tener la mente de Dios (1ra a los Corintios 2:16). Pensando como Dios comprenderemos sus propósitos, confiaremos en Él, entenderemos sus expectativas y planes.  La fe es por el oír y el oír y el oír y el oír y el oír la palabra de Dios ¿Quieres fe? Medita en las Escrituras, usa todos los medios posibles, pero sobretodo, la lectura de la Biblia.

La comunión con Dios

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.

27 Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.

Ezequiel 36:26

Otro enfoque a la meditación en la Palabra de Dios es la comunión con Dios. La comunión con Dios en oración crea una poderosa interacción entre el creyente y su Padre celestial. Es allí donde el Espíritu Santo nos habla, consuela, enseña. Esto es la revelación de Dios, esto también es Palabra de Dios. La comunión con Dios es parte esencial del crecimiento del cristiano. Es en la comunión con Dios que conocemos a Dios en la práctica, comprendiendo su carácter, naturaleza, y voluntad en nuestras vidas. Es en la comunión con Dios donde la teoría de la Biblia comienza a cobrar sentido en la práctica.

La comunión con Dios es una de las formas en que nuestro conocimiento de Dios toma forma

Un creyente sabio atesora las revelaciones del Espíritu Santo y se rinde ante su transformación. Llenos del Espíritu Santo los creyentes reciben capacidades sobrenaturales, valor para predicar el evangelio, y coraje para enfrentar al mundo hostil, todo eso en nombre de un Dios que no ven, de promesas que esperan: eso es fe (Isaías 59:21; Ezequiel 11:19-20).

La admiración de obras de Dios

¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría;  La tierra está llena de tus beneficios.

Salmo 104:24

La contemplación de los testimonios de la mano de Dios tanto en la naturaleza como en la vida diaria de los creyentes y no creyentes es una demostración para nuestros corazones de la lógica de creer en Dios.

Por eso, es importante compartir nuestros testimonios con otros siempre que podamos, y prestar atención a los testimonios de otros creyentes pues pueden animarnos en nuestra fe.

Aquí es importante prestar atención a un detalle, son los testimonios de Dios los que edifican nuestra fe, los que no son de Dios la destruyen, confundiéndonos hacia caminos de muerte.

Es por eso recomendable juzgar los testimonios a la luz de la Palabra de Dios. No es sabio creer cualquier testimonio que vemos en internet o que alguien nos comparte. La falsa enseñanza o la poca fe pueden dañar nuestro crecimiento espiritual.

La naturaleza y sus maravillas nos hablan también de la grandeza de su Creador, saber que Dios hizo el universo con su voz solamente es adrenalina que enciende la fe de nuestro corazón ambiguo.

La fe en acción

La fe se manifiesta en acción. Sin obras, la fe es muerta (Santiago 2:17). Pablo, decía:

Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.

Romanos 1:17

La manifestación de la justicia de Dios es por fe, y para fe. La intervención de Dios es respuesta a la expresión de la fe, y esa respuesta produce más fe en nosotros. Este es el ciclo creciente de la fe en el creyente, un ciclo infinito que nunca debe detenerse.

Piensa por un momento, ¿qué hubiera pasado con la mujer del flujo de sangre si no se mete entre la multitud y toca el manto de Jesús, con Pedro si no salta al agua cuando Jesús le invitó a caminar sobre el mar de Galilea, con la hermana de Lázaro si no hubiera quitado la piedra de la tumba, con el ciego si no hubiera ido a lavarse al Siloé, o con el cojo del templo de la hermosa si no hubiera obedecido poniéndose en pie cuando Pedro y Juan le ofrecieron algo más que dinero? ¿Qué ocurrió con la fe de estos que pusieron en acción lo que creyeron en su corazón?

Muchos creyentes quieren ver a Dios obrando en su vida, pero nunca se atreven a hacer algo que realmente requiera fe. ¿Quieres ver a Dios sanando enfermos?, ora por un enfermo, ¿quieres ver a Dios deteniendo la lluvia o haciendo llover?, ora por el clima. ¿Quieres ver a Dios haciendo cosas sorprendentes en tu vida? Ora pidiendo cosas sorprendentes. ¿No ves respuesta?, vuelve a orar, medita en la Palabra de Dios, escucha los testimonios de Dios, contempla la obra de sus manos, pasa tiempo en intimidad con él, y entonces vuelve a intentarlo.

sobre los enfermos pondrán las manos y sanarán

Extremismos de la oración por los enfermos en la iglesia

… yo soy Jehová tu sanador (Éxodo 15:26)

Éxodo 15:26

No puedo terminar este análisis sin poner hacer un llamado de atención a los errores que se comenten hoy en la iglesia al buscar sanidad de una enfermedad.

Los seres humanos tenemos la tendencia a buscar atajos a todo lo que pueda parecernos trabajoso, y para algunos es penoso orar, estudiar la Biblia, edificar la fe, y atreverse a actuar viéndose en ridículo pidiendo algo científicamente imposible en pleno siglo XXI.

Algunos de estos atajos son:

  • Declaración por fe. Es la doctrina que dice que si proclamas muchas veces que estás sano eso es fe. Y hay muchos cristianos que viven negando su enfermedad: “yo declaro por fe que estoy sano”. En ninguna parte de la Biblia veo a alguien acercándose a Jesús diciendo yo declaro por fe que estoy sano. La sanidad es un milagro sobrenatural: ocurrió, o no ocurrió. Si una persona tiene una enfermedad crónica y todos los análisis médicos lo certifican, es fanatismo y necedad decir “yo estoy sano”. Porque en realidad no lo está. Eso no trae gloria a Dios, sino descrédito al pueblo de Dios y da la impresión de que somos unos desequilibrados. Si Dios te sanó, proclámalo, testifícalo. Si no te ha sanado, reconócelo, y sigue orando.
  • Evitar medicamentos con ligereza. Algunos creyentes terminan evitando medicamentos para demostrar su fe. Nada más absurdo. En la Biblia vemos sabiduría y evidencia visible del milagro, podía certificarse visiblemente la sanidad de ciegos, cojos, leprosos, fiebres, sordos, etc. Hoy, la ciencia ha avanzado y muchas enfermedades que se han descubierto no son visibles a simple vista (SIDA, hipertensión arterial, diabetes, insuficiencia renal, etc.) En estos casos, es recomendable orar e ir al médico para certificar oficialmente la ocurrencia del milagro. La toma de medicamentos en este caso, hasta llegar al médico, es un testimonio de sabiduría, prudencia, obediencia, y sujeción a los sistemas establecidos.
  • Correr inmediatamente en busca de medicamentos como primera opción ante un nuevo evento de enfermedad. Uno de los problemas que enfrentan los cristianos de hoy es su dependencia y confianza primaria en la medicina moderna. Las personas viven dependiendo constantemente de sus pastillas y como antes la avaricia había llegado a ser idolatría (Efesios 5:5), hoy muchos idolatran a la medicina y la adoran como a su sanador. Sin embargo, la Biblia dice que Dios es nuestro Sanador (Éxodo 15:26). Esto no implica deshacerse de la medicina, como tampoco significó en la Biblia deshacerse del dinero, sino ponerle en su justo lugar. Dios debe ser nuestra fuente primaria de sanidad, la medicina nuestra fuente secundaria. Cuando nuestra fe falle y, la enfermedad continúe, entonces debemos recurrir a los médicos con sabiduría, no al revés.

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