Regocijaos en el Señor… ¿siempre?

Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”

Filipenses 4:4

Los mensajeros llegaron corriendo, sudorosos, agitados. La mirada en sus ojos transmitía urgencia y miedo, mucho miedo. Al llegar ante el rey se postraron y sin aliento le dieron las malas: “Una gran multitud viene contra esta ciudad, todos vamos a morir”. Varias naciones se habían unido contra ellos y venían camino a Jerusalén. La descripción era aterradora, una “gran multitud viene” y además están muy cerca.

Josafat se dejó caer sobre su trono e hizo silencio, su mirada se perdió en sus pensamientos. A su alrededor la corte murmuraba. Un consejero recomendó pedir ayuda a otras naciones aliadas. Los militares enviaron mensajeros a los barracones a preparar las tropas. Los adinerados salieron en silencio buscando desde ahora salvaguardar sus bienes ante la catástrofe venidera. A dos semanas de camino se encontraba un ejército contra el que Jerusalén no tenía oportunidad. No había tiempo de llamar aliados, el mensaje tomaría varios días en llegar, y para cuando el ejército amigo se alistara y llegara habría pasado más de un mes, demasiado tarde. Los militares presentaban una estrategia tras otra, tratando de sofocar el pánico con órdenes precisas que no evitarían la desgracia.

Media hora había pasado y el rey seguía en silencio. Sin darse cuenta, los que hablaban fueron haciendo silencio hasta que en la corte solo se escuchaba el viento pasar.

Entonces el rey se levantó de su trono y cayó sobre sus rodillas, postró su rostro sobre el suelo del palacio y oró a Jehová. Algunos miraron incrédulos, pero otros se le unieron. De repente habían comprendido, si había alguna esperanza para Jerusalén, esta esperanza vendría de Jehová, el Dios fundador de esa nación, el Dios creador de los cielos y la tierra.

Aun sobre sus rodillas el rey hizo venir al escriba real. La proclama fue escrita de rodillas y leída después en todos los lugares importantes de la ciudad. La ciudad estaría ahora humillando su rostro ante Dios, en ayuno y oración. Se cerraron las puertas de la ciudad, se cerraron los negocios y puntos de venta. Toda la tierra se postró en adoración a Dios.

Por todas partes se escuchaba el susurro característico de la oración, en la ventana del primer piso, o en la taberna de la calle de David, en la puerta del templo o en la salida de la ciudad, incluso los guardias, firmes en sus postas, movían sus labios adorando el nombre de Dios y rogando su misericordia para la ciudad.

Poco a poco la noticia se fue expandiendo y vinieron muchos de las ciudades vecinas a adorar y rogar a Dios. Cada día el templo de Dios estaba lleno y el pueblo clamaba a Dios con todas sus fuerzas.

El ejército enemigo se acercaba indetenible. La urgencia y el temor crecían con cada día que transcurría.

El día antes de la llegada del ejército enemigo, el rey fue al templo y fue a los atrios, toda la ciudad y la nación hizo silencio para escucharle. Pero no habló al pueblo. Sus palabras no fueron las de un político que buscaba evitar el pánico en la población, tampoco las de un fanático diciendo que morirían con valor, no culpó a los sacerdotes echándoles en cara que después de aquellos días de oración el enemigo seguía acercándose. El rey habló directamente a Dios.

Oró recordando la grandeza de Dios (2do de Crónicas 20:6) y sus promesas hechas a los padres de Israel, también las victorias de Dios sobre las batallas que se libraron para tomar la tierra prometida (7). Recordó como sus padres habían confiado en Dios y edificado un templo para adorarle y encontrarse con Él en momentos de necesidad (v.8). Dios había prometido que su presencia estaría en esta casa y ante esa presencia estaba Josafat y todo el pueblo.

nos presentaremos delante de esta casa, y delante de ti, (porque tu nombre está en esta casa,) y a causa de nuestras tribulaciones clamaremos a ti, y tú nos oirás y salvarás.

2do de Crónicas 20:9

Por último, el rey meditó en lo injusto de la situación (vv.10-11) Y terminó quebrantado en su corazón clamando a Dios:

¡Oh Dios nuestro! ¿no los juzgarás tú? porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros: no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos.

2do de Crónicas 20:12

Entonces el Espíritu Santo de Dios descendió sobre uno de los levitas: Jahaziel, un adorador de la familia de Asaf.

2Chr 20:15 Y dijo: Oid, Judá todo, y vosotros moradores de Jerusalén, y tú, rey Josafat. Jehová os dice así: No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande; porque no es vuestra la guerra, sino de Dios. 17 No habrá para qué peleéis vosotros en este caso: paraos, estad quedos, y ved la salvación de Jehová con vosotros.

2do de Crónicas 20:15-17

Al escuchar esta palabra de parte de Dios, el rey y todo el pueblo cayeron postrados en agradecimiento y adoración ante el Salvador de Israel. Unos minutos después, atrás, a la izquierda, donde los músicos, comenzó a sentirse fuerte el sonido de un tambor mezclándose con el murmullo del pueblo que oraba agradecido. Aquellos golpes rítmicos latían al ritmo de los corazones de Jersusalén. El pueblo conocía la canción y cuando los hijos de Coré y de Coat comenzaron a cantar, su voz encontró eco en todo el pueblo.

Poderoso, Poderoso

El León de Judá nunca perderá

Porque es el Poderoso, Poderoso

Es el Santo de Israel, nada temeré

Porque es el Poderoso, Poderoso

A la mañana siguiente, el pueblo tuvo consejo y decidieron seguir alabando y glorificando el nombre de Dios. Y mientras salía el escaso ejército armado para la batalla, el rey puso a algunos que cantasen y alabasen a Jehová y que dijesen: “Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre”.

Los panderos y los instrumentos de cuerda junto a los de percusión pronto ahogaron los sonidos de los lamentos de algunos, las alabanzas hicieron que los pasos de los soldados fueran más fuertes, y, a medida que avanzaban, las lanzas comenzaron a golpear los escudos al ritmo de la música, y unánimes el pueblo, los sacerdotes, los soldados, cantaban con todas sus fuerzas:

El León de Judá nunca perderá

Porque es el Poderoso, Poderoso

Ahora, el siguiente es uno de los versículos bíblicos que más me ha impactado en la Biblia, fue uno de los primeros cuya ubicación me aprendí cuando comencé a caminar con Dios.

2Chr 20:22 Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab, y del monte de Seir, las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros.

2do de Crónicas 20:22

Tres días estuvo el pueblo recogiendo las riquezas de los que habían perecido en la batalla. Ninguno en Judá tuvo que levantar su espada para pelear. Se había cumplido la profecía: “No habrá para qué peleéis vosotros en este caso: paraos, estad quedos, y ved la salvación de Jehová con vosotros” (v.17).

¿Cuál fue la clave de esta victoria?

Indiscutiblemente, todos hemos pasado por situaciones similares en nuestra vida. Momentos de desesperación tremenda y sin posibilidad alguna de escape o alivio. Momentos de injusticia en que somos víctimas de enemigos o situaciones más poderosas que nosotros.

La depresión y desánimo son reacciones muy comunes ante las crisis

Hay dos preguntas que me hago al leer esta historia

  1. ¿Cuál es la clave para la intervención sobrenatural de Dios en nuestras crisis?
  2. ¿Qué papel jugó la alabanza en toda esta historia?

¿Cuál es la clave para la intervención sobrenatural de Dios en nuestras crisis?

Para responder la primera pregunta, debemos observar la conducta del rey y del pueblo. Tristemente, tendemos a centrarnos en nuestras desgracias, a lamentarnos y regodearnos en lo que nos afecta. Hubo un momento crítico en que este pudo ser el caso en esta historia: la llegada de los mensajeros, los cálculos de los militares, el estudio de las probabilidades de victoria, todo era negativo. Pero Josafat sabía mejor.

La tendencia natural ante la crisis es la de exaltarnos a nosotros mismos y quejarnos ante Dios. Una persona normal, en el lugar de Josafat hubiera dicho: “Ay Dios mío por qué me tienen que pasar estas cosas a mí, yo que no le hago mal a nadie…. Ay por qué me persiguen las desgracias, hasta cuando Dios mío”.

La postura de este rey fue un muy diferente:

  • Se humilló ante Dios. Significa reconocer nuestras limitaciones, responsabilidades, errores, y pequeñez ante Dios (v.3).
  • Exaltó la grandeza de Dios. Implica reconocer a quién nos dirigimos, su poder y su grandeza (v.6).
  • Recordó las promesas de Dios. Significa aferrarse a la Palabra de Dios. Confiar en que Él no cambia. Y lo que dijo una vez, lo cumplirá por siempre. Muchos cristianos de hoy no conocen la Biblia, no conocen la mente de Dios, no recuerdan sus promesas ¿Cómo van a creer?, ¿en qué van a creer? (v.7, 9)
  • Clamó pidiendo la ayuda de Dios. Muchas personas se saltan este paso. Imaginan un Dios estilo ángel guardián, o mayordomo, con el que ninguna relación tienes y quien tiene el deber de satisfacer todas tus necesidades antes de que digas algo. Y cuando Dios no hace lo que “sabe que tiene que hacer” nos insultamos y molestamos con Él. Josafat sabía mejor: “El clamó a su Padre celestial, humillado, recordando sus promesas”. Te digo un secreto, Dios nunca responderá una oración que no haces. Ora Dios, Josafat lo sabía y por eso clamó (v.12).
  • Perseveró. La perseverancia forma parte de la oración. La Biblia no dice cuántos días estuvieron de ayuno y oración, sin duda fue suficiente para que vinieran personas de otras ciudades de Judá a participar en estas convocaciones (v.4). Lo cierto es que muchos creyentes se rinden al orar y no ver respuesta, Jesús enseñó que el reino de los cielos requiere esfuerzo (Mateo 11:12; Lucas 15:8; Lucas 18:5-7). La sabiduría nos enseña que todo lo valioso requiere esfuerzo, nos esforzamos por tantas cosas, insistimos en tantas cosas, pero no en la presencia de Dios. El Salmo 37:4 dice: Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón. La perseverancia en oración no es un sacrificio, sino un deleite. Cuando perseveramos en oración lo hacemos disfrutando cada momento con Él. El ayuno narrado en esta historia es una expresión externa de la aflicción interna de sus corazones, no un requisito de un Dios cruel que se regocija en nuestro sufrimiento. Perseverar es hablar con Dios, como un niño cuando insiste a su padre por alguna razón.
  • Buscó la presencia de Dios. El rey y el pueblo sabían que una oración, si no llega a la presencia de Dios, es solo palabras lanzadas al viento. En aquellos tiempos la presencia de Dios se encontraba en el templo de Jerusalén. Hoy tenemos el regalo del reino de Dios (Lucas 17:21). La presencia de Dios está disponible para nosotros toda vez que queramos. Pero muchos creyentes solo se quedan en oraciones superficiales, no pelean la batalla con sus almas (Salmo 103) hasta rozar el borde de las vestiduras de Jesús en el trono de Dios. La oración solo tiene efecto en la presencia de Dios, y la presencia de Dios es la meta de toda oración. Ya mencioné al Salmo 37:4, el secreto está en esa frase “deléitate asimismo en Jehová”.

¿Qué papel jugó la alabanza en toda esta historia?

La segunda pregunta nos refiere a algo más que hizo el pueblo en aquella crisis: alabó el nombre de Dios.

Es común alabar a Dios después que ya respondió la oración. Cuando vemos el milagro ocurrir. Pero este pueblo alabó a Dios antes.

Lo curioso es cómo se invirtieron los eventos en la historia bíblica. Note la frase “cuando comenzaron a cantar cantos de alabanza…”.

Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab, y del monte de Seir.

2do de Crónicas 20:22

¿Lo ves? El «cuando» señala el momento puntual en que se liberó el poder de Dios para liberación del pueblo: Cuando comenzaron a alabar. En el orden natural hay que ganarse las alabanzas, si tu hijo saca buenas notas felicítalo. Si tu cónyuge hizo algo bueno congratúlalo. Por esa razón algunos se amargan en las pruebas y contratiempos, si las cosas salen mal entonces Dios no es tan amoroso, ni tan bueno, ni tan poderoso, Dios tiene limitaciones y me doy cuenta de que este camino quizás no es el correcto.

Pero el mandamiento bíblico es diferente: Alaba a Dios en todo momento, en las buenas y en las malas. Cuando ocurre el milagro, y cuando aún no ha ocurrido.

Muchos creyentes no ven más de Dios en sus vidas porque están tratando a Dios como a cualquier persona. Le alaban solo cuando Él hace algo sorprendente. Y eso no es malo, pero pierden de vista la naturaleza de Dios.

Se alaba a Dios porque Él es digno de toda la alabanza, Él no tiene que ganárselo. Él es y punto. Cuando un creyente no alaba a Dios en medio de la prueba o de la aflicción no es porque Dios no lo merezca, sino porque esta persona no ha comprendido cuán digno es Dios. Nuestra incapacidad de alabar a Dios en algunas situaciones no resalta sus deficiencias, sino nuestra dificultad para comprender su grandeza.

Evidencias de su grandeza hay innumerables, la creación, la existencia de Israel conforme a las profecías, la prevalencia de la Biblia a pesar de las persecuciones, la historicidad de Jesús dividiendo la historia de la humanidad con su llegada a la tierra, su sacrificio en Calvario por nuestros pecados y su resurrección venciendo a la muerte para darnos vida eterna, los milagros que Dios hace tantas veces en nuestras vidas, el derramamiento del Espíritu Santo sobre la iglesia, su provisión, protección, y amor a pesar de nuestras faltas y pecados. La lista es interminable, incluso la creación habla de la grandeza de Dios, como decía el salmista:

Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Salmo 19:1

El pueblo de Judá, prefirió aquel día alabar a Dios antes que lamentarse ¿Por qué? ¿Qué ganaría con ello? No hubo un por qué para alabar a Dios, ni una moneda de cambio, nada tuvo que hacer Dios para recibir la alabanza de toda aquella nación. Cuando alabamos a Dios no lo hacemos para conseguir un mlagro, lo hacemos porque Él es digno de toda alabanza. El pueblo contempló a Dios y creyó a sus promesas: la alabanza es el resultado lógico de creerle a Dios.

Pero alabar al Dios del universo no es algo que ocurra sin consecuencias, Dios habita en las alabanzas de su pueblo (Salmo 22:3), cuando alabaron a Dios su trono se estremeció, y sus cimientos fueron trasladados al lugar donde el pueblo cantaba, sin saberlo ellos, la gloria de Dios descendió inundó sus corazones e incrementó la fe que ya tenían.

Cuando alabas a Dios

  • Tu mirada se traslada desde los problemas terrenales hacia la grandeza de Dios.
  • Tu alma se contagia de gozo por la carga emotiva de la música y letra de los cánticos.
  • Tu mente medita en las Escrituras, sobre todo si los cánticos que usas están saturados de la Palabra de Dios.
  • La presencia de Dios desciende y confirma en tu interior las promesas de Dios, transformándote y renovándote, incrementando tu fe.

En fin, alabar a Dios con cánticos espirituales incrementa tu fe en Dios, y esa fe desencadena milagros.

En el sermón de la semana pasada, “¿Por qué a veces Dios no sana?” hablábamos de la fe en Dios para la oración por los enfermos, y de cómo hacer crecer nuestra fe. Allí mencionabamos un método cíclico para incrementar nuestra fe. Si te fijas, la alabanza es otro método de crecimiento cíclico. Ellos tenían fe en Dios, por eso le alabaron, y esa misma alabanza incrementó su fe, y Dios intervino, confirmando aún más la confianza que ya ellos tenían en Él.

Ya puedes imaginar al ejército de Judá marchando hacia un enemigo que le superaba en número, los pies se arrastraban renuentes a ir hacia la muerte, las mujeres llorando, los niños llorando. Entonces los levitas comienzan a correr la voz:

Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre… Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre… Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre

La perspectiva de la situación comienza a cambiar, están acordándose de las promesa de Dios. Algunos se abrazan pensando que ahora hay esperanzas, Dios es misericordioso. Todavía quedan algunas lágrimas de desesperación, pero se están agotando. Entonces comienza a sonar un tambor. Todos reconocen la música, recuerdan la profecía, recuerdan las promesas, recuerdan al León de Judá. Entonces los ejércitos enemigos parecen diminutos. Las alabanzas se levantan poderosas y el pueblo lleno de júbilo ya no ve el peligro, ahora contempla satisfecho al Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de David, de sus Padres, a Jehová Sebaot, el Dios de los Ejércitos de Israel.

Hay una razón por la que la Biblia manda a alabar el nombre de Dios. No es que Él lo necesite, aunque Él indiscutiblemente se deleita en que su pueblo le alabe. Es más porque nosotros lo necesitamos. Necesitamos comprender cuán grande es Él.

En la alabanza crece nuestra fe y certeza de Dios y de sus obras. Por eso la Biblia dice que Dios habita en las alabanzas de su pueblo (Salmo 22:3). Por eso Eliseo pidió un tañedor cuando no podía profetizar bien a causa de la incredulidad y pecado a su alrededor (vea el artículo “Las Enseñanzas del Guajiro de Abel-Mehola parte III, Final”). Por eso el rey David ordenó rodear el templo de Dios de alabanzas día y noche. Por eso cuando tú y yo alabamos a Dios experimentamos la presencia de Dios en nuestras vidas.

Una aclaración necesaria

La alabanza a Dios exalta el nombre de Dios, no el ego de los que le escuchan, la alabanza a Dios habla a Dios, no al cantante, no a la iglesia, es alabanza a Dios. Muchos cánticos de hoy hablan de temas buenos y necesarios para hacernos meditar en muchas verdades de las Escrituras y de la vida, pero hay que estar claros, nos hacen meditar y agradecer, pero en esos temas no terminamos alabando directamente a Dios con nuestras gargantas.

Cuando la Biblia dice en el Salmo 118

Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos; La diestra de Jehová hace proezas.

Salmo 118:15

Está hablando de lo mismo. La alabanza desencadena el poder de la diestra de Dios haciendo proezas, eso no ocurre con una alabanza muerta, vacía, que solo presume de una excelencia externa, sino con una llena de júbilo y alegría más enfocada en Dios que en los hombres, más enfocada en glorificar a un Dios glorioso que en quedar bien delante de la congregación.

La adoración, a diferencia de la alabanza, tiene un contraste más marcado que busca matar nuestro ego. En la adoración, como los veinticuatro ancianos (Apocalipsis 4:10). Arrojamos nuestras coronas delante de Él, nuestros logros, nuestros sueños, nuestras vanidades, nuestros méritos, y le damos a Él toda la gloria por todo lo que somos. No porque Él quiera despojarnos de gloria, sino porque en realidad, nada hubiéramos logrado sin Él.

La adoración tiene la capacidad de resaltar nuestras incapacidades bajo las suyas. La alabanza tiene la cualidad de resaltar Sus capacidades sobre las nuestras.

Hay un momento en la vida en que las vicisitudes y problemas nos amargan y convierten en seres entristecidos llevados por la vida como náufragos llevados por las mareas del mar.

La alabanza entonces, nos enfoca en la esperanza que representa Dios, no en una esperanza vana, estilo placebo, sino en una esperanza prometedora, y más aún si quien prometió es el Dios del universo, ¿quién impedirá que Él cumpla lo prometido?

Luz en las tinieblas, las tropas de Élite del reino de Dios

La alabanza trae a tu vida el gozo de conocer y tener por Padre a un Dios tan maravilloso, justo, bueno, poderoso. Y ese gozo nos transforma por dentro convirtiéndonos en temerarios de la fe, soldados de élite del reino de los cielos en un mundo corrompido.

Es en ese gozo que las personas se asombran, porque no es un gozo condicionado por las circunstancias, y eso es extraño. Alrededor nuestro, el mundo se goza cuando todo parece estar saliendo bien. Los creyentes nos gozamos en nuestros éxitos, pero también en nuestras tribulaciones (Romanos 5:3; 2da a los Corintios 7:4), y en nuestros padecimientos (1ra de Pedro 4:13).

Contrario a como ocurre en todas partes, el gozo del Señor se manifiesta cuando nos persiguen, cuando nos injurian, cuando nos maltratan (Mateo 5:12). Y no es un gozo vengativo, sádico como he visto en algunas personas, sino un gozo genuino de sana alegría: Dios está conmigo ¡Dios está conmigo!

Es por eso que Pablo decía desde sus prisiones:

Phil 4:4 Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”


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