Las mujeres tienen la cualidad de la resiliencia, la capacidad de adaptarse a situaciones adversas con una entereza y fortalezas sorprendentes.
Ante la terrible muerte de Jesús tuvieron que sacar el máximo de sí mismas. Solo unos días antes María Magdalena había lavado con lágrimas los pies y ungido con perfume al Maestro.
Hay que hacer lo que hay que hacer. Aquel mismo día, antes que se pusiera el sol y se secaran las lágrimas, compraron lo necesario para el rito mortuorio de Jesús.
Mientras tanto, en otro lugar, los sacerdotes se sentían aliviados. Fueron testigos de primera mano de la culminación de su plan: Jesús, el falso rey, el falso Mesías, había sido crucificado y murió ante sus ojos. Sabían que el fin del movimiento de Jesús sería la muerte de su Maestro. Ahora podían dormir tranquilos, en una tumba en el Gólgota yacía enterrada la raíz de sus preocupaciones. Con la muerte de Jesús estaban ahora aseguradas sus riquezas, salarios, y posiciones políticas, nadie más desafiaría su autoridad como guías espirituales de Israel, nadie más socavaría la estabilidad política que habían alcanzado con el Imperio Romano, nadie más amenazaría el negocio que tenían en el templo con los cambistas y vendedores de animales.
Por su parte, Pilato, con las manos limpias se sentía sucio por dentro, dice una tradición cristiana que se menos de cuatro años caería en desgracia política acabaría suicidándose. Pero aquella noche se sentía astuto, inteligente, poderoso, se había librado de un sedicioso, de un contrincante político, y lo había hecho de manera que el pueblo mismo fuera quien lo condenara.
Aquella noche, unos durmieron en paz, otros en desesperanza.
Un día completo pasaría, el día de reposo sería el día de la consolidación, en el cielo el silencio era terrible, en la tierra los poderosos caminaban con paso firme, seguro, satisfecho, los derrotados se escondían y lloraban, lamentando la muerte del Maestro. En el infierno los espíritus encarcelados se enteraron de que Dios había muerto.
24 horas de desánimo, de frustración, de remordimiento, de ¿qué pudimos haber hecho diferente? ¿qué hicimos mal? ¿cómo pudimos haberle ayudado? 24 horas pensando y repensando cada uno de los eventos del día anterior.
La biblia dice: “El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas”.
Las mujeres prácticamente madrugaron y vinieron “algunas otras mujeres con ellas”, esto implica preparación previa.
Por el camino, el silencio debió de ser sepulcral, algunas acostumbradas, al dolor caminaban con paso firme, “al mal paso darle prisa”, probablemente pensaban. Otras más jóvenes seguramente estaban desconsoladas y seguían con pasos cortos y nerviosos a las más experimentadas. De cuando en cuando se escuchaba un suspiro largo, como si el dolor quisiera escaparse del corazón en una intensa bocanada de aliento frío. Dos de ellas iban abrazadas mientras una sollozaba desconsolada. El silencio de la mañana no era sobrio, era brutal.
Ellas no lo sabían, pero iban rumbo a hacer los servicios funerarios a la derrota del bien sobre el mal. La esperanza de la humanidad estaba en aquella tumba, destrozada, agujereada, desprovista de vida.
Historia de la muerte
Toda gran batalla termina con la muerte, toda gran historia termina con la muerte, desde que la muerte entró al mundo, esa maldición no solo había dictado el fin de toda diferencia entre los hombres, también había dictado su tónica. Desde el Edén la vida no había sido la misma, la humanidad era esclava de un chantaje universal. La vida es corta y un día te será arrebatada.
El terror a la muerte fue el incentivo a aprovechar bien la vida y el amor a la muerte fue el incentivo a aprovechar bien la vida. Los hombres se atribuyeron el derecho a dar vida y a dar muerte en todas partes, daban vida con la condición de la obediencia, daban muerte como pago por la desobediencia, por el pensamiento diferente, por el juicio inteligente. El caos fue tan grande y prolongado se convirtió en una nueva normalidad. Aceptamos para siempre la muerte, pero nunca había sido así. Ahora decimos siempre ha sido así.
En el mundo espiritual el enemigo de Dios victorioso, andaba desafiante. Hacía y deshacía a su antojo, era el dios de este mundo y su imperio era un imperio de muerte. Su arma más poderosa: la muerte. Entre los pasillos de los cuarteles endemoniados de los ángeles caídos los papeles se iban amontonando unos sobre otros, rigurosos, organizados, los demonios archivaban todos nuestros pecados en un ciclo de muerte. El procedimiento era sencillo de tres pasos, las estrategias específicas eran las que cambiaban de un demonio a otro de un humano a otro.
Tres pasos que se repitieron durante toda la humanidad: tentación, pecado, extorsión. Empeñados en mancillar la creación de Dios, movidos por su odio hacia Dios los ángeles caídos habían volcado toda su majestad a embelesar a los hijos de los hombres y a guiarles lejos de Dios.
De cuando en cuando un loco se atrevía a hacerles frentes, y un poco de luz visitaba la tierra, pero no duraba mucho, la muerte como siempre jugaba su rol ganador, chantajista, mutilador.
¡Hasta un día!
Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, un coro celestial de ángeles de Dios cantó y aquel día todo cambió. Una gran luz visitó la tierra y consternó y confundió el universo conocido. Las tinieblas que rodearon la tierra huían despavoridas y la luz resplandecía con fuerza, aquella luz era luz contagiosa, miles le seguían recibiendo luz y llevándola consigo a todas partes. El mundo espiritual estaba siendo conmovido, por todas partes el orden establecido estaba siendo desafiado, los demonios eran derrotados y las ciudades eran conmovidas. Surgía una esperanza y esa luz debía ser destrozada.
Le tentaron, pero fallaron
El bajo consejo satánico se reunió ante el riesgo que presentaron y siguieron los tres pasos conocidos: tentación, pecado, extorsión. Y tentaron a Jesús, ¡mira si le tentaron! Una y otra vez lo intentaron, en el desierto, en los discursos, con la ira, con la moneda, en la teología, y en el amor reino de Dios, pero no pecaba.
Toda la sabiduría del bajo-mundo chocaba impotente como olas contra la Roca inconmovible de los siglos.
Tentaron a los hombres, y le mataron
Entonces, en una jugada desesperada, decidieron matarle, no quedaba de otra. Cambiaron la estrategia, tentarían a sus amigos, tentarían a sus enemigos, tentarían a todos los que le rodeaban. Y la tierra se inundó de tinieblas, las huestes celestiales se desdoblaron sobre la tierra y nunca antes tantos demonios habían inundado una ciudad como aquella última semana.
Poco a poco los hombres, débiles, falibles, predecibles fueron cayendo ante los pensamientos y situaciones que los demonios pusieron delante suyo. Cada cual hizo su parte, los fariseos, Judas, Pedro, los soldados romanos, Pilato, el pueblo enardecido.
Victoria con la muerte
En el infierno celebraban exuberantes, finalmente, la luz se extinguía, en el infierno mismo se preparó una gran ceremonia. En el mayor salón del inframundo, Satanás puso una pantalla gigante e invitó a todos sus principados y potestades a ver el show de la derrota del único que se había atrevido a desafiarle.

Comiendo palomitas y bebiendo champaña infernal los demonios se felicitaban mientras observaban a Jesús siendo abofeteado, azotado, insultado. A uno se le ocurrió un toque sádico e hizo que alguien gritara: “si eres hijo de Dios, bájate de esa cruz”. Los demonios rieron desaforadamente. Un grito de júbilo se escuchó en el Seól cuando Jesús expiró. A la muerte de Jesús sonó la orquesta del inframundo y todos allá comenzaron a danzar. En el centro del salón, se levantaba la espada de Damocles, la muerte inminente, el arma definitiva, a maldición de Adán, y la habían usado de nuevo ¡Jesús había muerto!
Tres días y tres noches duró la fiesta, hasta que uno de ellos, mirando la pantalla que ya nadie veía seguía a aquellas mujeres camino a la tumba a preparar el cuerpo de Jesús.
Hizo silencio mientras se deleitaba en los sollozos silenciosos de aquellas mujeres, quiso ver un poco más de su dolor e hizo que la cámara les acompañara hasta la tumba. Sonriente, el príncipe de las tinieblas observó la escena:
Entonces se acercaron a la tumba, allí en el próximo giro a la izquierda, detrás de aquella piedra, justo delante de aquel árbol. Al girar hacia la gran roca que cubría la piedra un grito ahogado escapó de una de las guías: ¡la piedra estaba removida! El grupo de mujeres se amontonó a trompicones ante la puerta, hasta que de poco a poco fueron entrando. Y hallaron la tumba vacía.
Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; 5 y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, 7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.
Las mujeres, entonces comprendieron, en ese momento recordaron una por una todas las palabras de Jesús, miraron la tumba, los sudarios en el modo en que estaban puestos, recordaron la muerte, el cadáver, vieron al ángel y creyeron. Corriendo las mujeres fueron a avisar a los discípulos, pero María Magdalena no creyó, el dolor era muy grande, la vida le había golpeado tantas veces que la esperanza no era una opción.
Abajo en el Seól, se había hecho un silencio terrible. Algunos miraban estupefactos la espada gigante. Otros observaban en el centro de la habitación la Espada de la Muerte quebrada sobre su altar. En algunos lugares los demonios miraban hacia las esquinas a hurtadillas, habían perdido su arma infalible, ¿qué harían ahora?
La profecía de Oseas se hizo realidad:
De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol…
(Oseas 13:14 [RV60])
En el cielo millares y millares de ángeles recibían gozosos al Hijo de Dios, victorioso y conquistador. En sus manos las heridas, en su rostro el gozo de la victoria.
A sus pies, destrozados, los libros de los decretos del infierno en contra nuestra y quebrada la espada de la muerte. El Padre se levantó de su trono celestial y los Satanás, avergonzado fue humillado públicamente, el acusador, quedó para siempre siendo el acusado.
Pablo lo diría poco después de un modo más poético
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? 56 ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
(1Cor 15:55-57 [RV60])
Consecuencias
¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
La frase de los ángeles sigue resonando hoy a través de la historia, muchos siguen como si Jesús hubiera muerto. Su victoria es la liberación total de la esclavitud del pecado y sus consecuencias. Ya no somos esclavos sino libres ¡libres para vivir como queramos! ¡La tentación es rechazada! ¡Las amenazas son rechazadas! ¡El chantaje es rechazado! ¡El pecado es rechazado! ¡La muerte es rechazada!
- Ahora, «justificados tenemos paz con Dios, por medio de Jesucristo, y por tanto entrada por la fe a la gracia de Dios». (Romanos 5:1-2)
- Ahora, reina la vida: «Así como por la trasgresión de uno, Adán, reino la muerte para todos, ahora por la victoria de uno, Cristo, reina la vida para todos» (Romanos 5:17)
- Ahora reina la libertad: «Antes, por temor a la muerte, éramos esclavos del pecado y obedecíamos al pecado, ahora, en la obediencia a la doctrina, a la Palabra de Dios (Romanos 6:17), somos libertados del pecado, y somos hechos siervos de justicia».
¿Cómo podemos disfrutar de la libertad gloriosa conquistada en la resurrección victoriosa de Cristo?
- Presentando nuestros cuerpos para servir a la justicia (Romanos 6:19)
- Teniendo por fruto la santificación (Romanos 6:22)
- Teniendo como meta la vida eterna (Romanos 6:22)
La paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna.
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