Cristianos en Crisis… ¿dónde está Dios?

Otra gota, esta vez sobre su espalda, un escalofrío intenso recorrió su cuerpo que temblaba con espasmos incontenibles. Hacía rato que su ropa estaba empapada.

Los relámpagos daban un tono tenebroso al lugar, afuera llovía de nuevo, y los truenos retumbaban con terribles ecos en aquel hosco lugar. El frío y la humedad calaban sus huesos, pero salir no era una opción. Aunque por momentos escampaba, afuera el frío cortante era peor que la humedad dentro. Además, sabía que sus enemigos le buscaban y ese era el único lugar que le quedaba donde esconderse.

Atrás quedaban los tiempos en que su gente le aclamaba como héroe, y sus amigos le anunciaban un futuro próspero. Atrás quedaban las miradas enamoradas de las jóvenes de su ciudad, su andar seguro, su confianza en el futuro. Atrás quedaba la admiración de los militares y los políticos. Atrás quedaban sus sueños. Atrás quedaban las promesas y asociaciones prósperas con los grandes de su país.

Mírame, y ten misericordia de mí, Porque estoy solo y afligido.

Las angustias de mi corazón se han aumentado;  Sácame de mis congojas.

Mira mi aflicción y mi trabajo, Y perdona todos mis pecados.

Mira mis enemigos, cómo se han multiplicado, Y con odio violento me aborrecen.

Guarda mi alma, y líbrame;  No sea yo avergonzado, porque en ti confié.

Salmo 25:16-20

Todos le habían abandonado, sus amigos, sus soldados, hasta su mujer. Hacía meses que no sabía de su padre o sus hermanos. Todo le había fallado, sus planes, sus inversiones, sus ideales, todo estaba saliendo mal. Cada día se cerraba el cerco. Lo único que «mejoraba» era el número de sus enemigos. Si antes eran uno o dos, ahora eran miles que le buscaban para matarle.

Los cambios indeseados producen frustración, desánimo, desesperación

David estaba en una crisis, su aspecto había cambiado notablemente, incluso sus pasos decididos y su pecho orgulloso habían dado lugar a una mirada torva y desconfiada. El peso de su dolor era demasiado grande para su pecho y le encorvaba la espalda. Su barba descuidada, sus ropas harapientas después de tantos meses de fuga.

Su alma, sin embargo, no dejaba de orar a Dios. Fue en esa cueva donde escribió los salmos 57 y 142. En ellos habló de cómo se sentía, palabras fuertes escribió, palabras que tienen más peso en su corazón que las letras que la componen. David se sentía quebrantado (57:1), acosado (vv. 3-4), angustiado (142:2); desamparado (v.4), muy afligido (v.6), sentía que su alma era prisionera (v.7).

Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre (Salmo 142:7)

Hay un momento en la vida cristiana en que derrotamos algún gigante con la ayuda de Dios y el mundo parece chiquito ante este dúo invencible. Miramos a nuestro lado y vemos al Dios Creador del Universo peleando por nosotros y nos sentimos absoluta y totalmente invencibles. La fe crece en nuestros corazones y estallamos en cánticos de alabanza y adoración. Nos regocijamos profundamente en nuestro Hacedor y sentimos que nada nos golpeará jamás. Entonces llega la crisis.

El Cambio

Toda crisis es producto de un cambio y todo cambio produce una crisis. Hay cambios que decidimos y hay cambios que no pedimos. Pero la vida está llena de cambios. Y, por ende, de crisis. Hay cambios para mejor, y hay cambios para peor. Siempre hay cambios.

Un problema, creo, está en nuestra valoración del cambio. Tenemos la tendencia a creer que una buena vida está dada por el éxito que tenemos en doblegarla a nuestro favor. En las películas llaman “perdedor” a quien no ha tenido éxito en la vida. Y ese éxito se define en una buena familia, un buen empleo (con buen salario por supuesto), una buena casa, una buena reputación, etc. Evaluamos el éxito o fracaso de nuestras vidas según nuestro éxito familiar, económico, social. Así que valoramos los cambios como buenos o malos en función de nuestras metas y sueños.

Vivimos en una carrera contra la sociedad, y con nosotros mismos. Y esta carrera requiere superación constante de nuestra parte, sea intelectual, social, económica, o territorial. Poedemos abrazar los cambios y crisis que nos llevan en ese rumbo. Cada una de esas crisis producen tensiones, estrés, y exigencias que aceptamos de mejor o peor manera como sacrificios necesarios para lograr lo que nos proponemos. Cuando nos mudamos, cuando escogemos una carrera, cuando tenemos un eámen, cuando empezamos un nuevo trabajo, cuando nos lanzamos en un negocio, cuando escogemos pareja, cuando nos casamos, cuando nacen nuestros hijos. Todos esos cambios producen crisis tremendas, pero mal que bien las campeamos como parte de la vida.

Un problema está en cuando los cambios vienen a interrumpir nuestros planes.

Se desbaratan nuestros sueños e ilusiones ¿por qué?

De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.

Juan 12:24

He descubierto que Dios tiene la costumbre de matar los sueños. Abram, que soñaba con ser padre enaltecido fue padre de nadie durante décadas viendo como su sueño moría lentamente con cada año que pasaba. José el soñador fue lanzado a un pozo para ser vendido como esclavo alejándolo de aquellos que creyó que le honrarían alguna vez, Moisés quería liberar a Israel y terminó siendo un prófugo exiliado. La historia se repite una y otra vez en la Biblia.

¿Por qué mata Dios nuestros sueños?

Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras; mas tú, teme a Dios.

Eclesiastés 5:7

Salomón tenía razón, somos vanidosos, somos egocéntricos. Dios mata sus sueños en ti, porque te los has robado ¿Recuerdas a José? Su sueño era el de Dios. Pero José tuvo que perderlo para comprenderlo.

Cuando mueren nuestros sueños, nuestro corazón se quebranta

Espero que me entiendas, no estoy hablando de la superficie de tu alma, hoy estamos haciendo una inmersión a profundidad. Busca allí en lo profundo, mira tus sueños ¿Por qué te gustan? ¿Cómo te ves? ¿Por qué brillas tanto y sonríes al verlos en tu imaginación? Seguro muchas ideas vienen a tu mente, pero todas se resumen en esta respuesta: Porque son tuyos.

Jesús decía:

Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Mateo 6:21

Te esfuerzas por hacer lo que haces porque lo haces para ti, y cuando llega el cambio sufres, porque te sientes traicionado, desviado de tu senda hacia el éxito, robado de tus logros y metas.

¿La verdad? Mientras el sueño sea tuyo, la gloria será tuya también, mientras todo salga bien, te sentirás afortunado, y creerás que cada buena decisión que tomaste te llevó hacia el éxito: el mérito es tuyo.

Entonces, de repente, ocurre que el sueño te es arrebatado, con todas sus ilusiones, pretensiones, promesas, logros, y laureles. Jesús empieza a sacar tus garras del sueño que le pertenece. Pero tú te aferras con toda tu alma, no lo quieres dejar ir, no puedes renunciar. Tanto tiempo lo has atesorado, tanto tiempo has trabajado por él, tanto tiempo planificando, ¡es tu sueño, nadie te lo va a quitar!

Jesús está haciendo una cirugía a corazón abierto… sin anestesia

Tu alma tiembla de dolor, de pánico, de terror. Tratas de aferrarte a los remanentes de tus planes, haces llamadas, halas algunos hilos, pero el cerco se estrecha cada vez más y te vas quedando sin palabras, Dios te está despojando de lo que más aprecias. Entonces lloras, te quejas, te lamentas, culpas a Dios (Salmo 142:2). Y Dios habla, pero no entendemos, porque no dice lo que queremos que diga. La cirugía sigue extrayendo cada trozo de esperanza, cada delirio de control, cada perspectiva de resurrección.

Entonces, en lo más oscuro de la noche, soltamos el timón del barco, con lágrimas en los ojos vemos las olas y las ondas de Dios pasando sobre nosotros y nos sentimos morir, sin propósito, sin sentido. El sueño ha muerto, han desfallecido tus fuerzas y has agotado tus recursos. En tu corazón se doblan las rodillas, caen los brazos, llueven las lágrimas.

Es en esos momentos en que nos percatamos de que somos impotentes. Hemos fallado y no hay solución. El pus en nuestros corazones es quitado y nos vemos tal cual somos, pobres mortales en un mundo cruel y ennegrecido. ¿Qué podemos hacer contra tanta maldad y necesidad a nuestro alrededor?

Cuando Dios quita el sueño, con él se van las falsas pretensiones, el orgullo, la vanidad, y vemos sin esos espejuelos. Entonces empezamos a ver con una pureza liberadora. vemos la necesidad como realmente es, vemos el propósito real más allá de nosotros mismos, vemos el dolor en su color más intenso, vemos el poder de Dios donde realmente está.

Señor, no pude, no puedo, soy incapaz

Es en este punto que solo nos queda una llamada. Y esta no es una llamada como un recurso más entre otras tantas, no es una llamada como el compromiso de hablar con alguien para que sienta parte del proyecto. Es una llamada de emergencia. Dios, solo Tú puedes salvarme de mí mismo. Han muerto mis mentiras, y veo quien soy en verdad, yo no puedo, pero Tú sí.

Clamé a ti, oh Jehová; Dije: Tú eres mi esperanza, Y mi porción en la tierra de los vivientes.

Salmo 142:5

Es en ese momento en que nuestra heredad deja de ser terrenal y nuestros sueños dejan de estar aquí. Nuestro tesoro es Jesús y nuestro corazón está donde Él. “Mi porción está en la tierra de los vivientes”, decía David en la cueva de Adulam. No quiero palacios, no quiero aplausos, no quiero victorias, te quiero a Ti, mi Dios.

Clamé a ti, oh Jehová;
Dije: Tú eres mi esperanza,
Y mi porción en la tierra de los vivientes (Salmo 142:5)

El Statu Quo o Zona de Confianza

Seamos sinceros, a todos nos gusta la comodidad, hay un momento en la vida en que nos gustan las cosas como están y quisiéramos que estuvieran siempre así. Nos acurrucamos en esa situación y nos adueñamos de la comodidad. No me saques de aquí, no me muevas de aquí. Aquí estoy bien. Aquí estoy en control. Aquí mando yo.

Pero encapsulados en nuestra zona de confianza no vamos a crecer. Queremos mantener el estado actual de las cosas o Statu Quo y deleitarnos eternamente allí.

Pero hay un problema: necesitamos crecer y el estancamiento no nos deja.

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

2da a los Corintios 3:18

El estilo de Dios es la transformación, el crecimiento, la santificación, la revelación. Cuando un cristiano se achanta, es probablemente porque se ha estancado su comunión con Dios. Dios siempre te está llevando más allá. Recuerda, no estás aquí para vivir cómodo, sino para ser instrumento de su gloria, de gloria en gloria en gloria en gloria, ¿comprendes? Siempre avanzando, siempre creciendo.

El gran problema de ese plan divino seguimos siendo nosotros. Cuando estamos en nuestra zona de confianza, vemos allí las herramientas imprescindibles para lograr lo que queremos o lo que creemos que Dios quiere. Por eso queremos quedarnos allí.

David estaba en su zona de confianza en palacio con Saúl. Ya lo tenía todo planificado: «Voy a ir escalando poco a poco y terminaré siendo rey de Israel, tengo de mi lado al ministro de tal cosa, y el general de más cual está a mi favor, poco a poco iré creciendo y el pueblo me respaldará hasta ser rey». Ese era el sueño de Dios, sí. Pero no era el camino de Dios. ¿Por qué? No lo sé. Quizás el palacio le hubiera vuelto engreído, orgulloso, hubiera corrompido su comunión con Dios, quizás en palacio David, al cabo de los años, llegaría a creer que logró ser rey por sus esfuerzos y astucia. No lo sé.

Pero tengo una teoría, creo que Dios tenía un plan con algunas personas a las que David probablemente nunca hubiera mirado estando en palacio. Había que sacar a David de su zona de confianza, por eso ocurrió el cambio, por eso llegó la crisis.

“Es casi imposible ver el propósito de Dios en medio de la crisis, solo el tiempo en retrospectiva te puede dar algunas pistas”

La cueva de Adulam

La gota seguía cayendo, pero sus ojos ahora se habían acostumbrado a la oscuridad, solo, temblando miró el lugar donde estaba. Un relámpago a la distancia le permitió ver mejor. Gracias a Dios por ese relámpago. El lugar no era tan malo, no era un palacio, claro, pero podía hacerse algo allí. Aquel día lloró toda la noche, lamentando su miseria. Cada día era una rutina peor que la otra, clamaba a Dios y Dios no respondía, lamentaba su situación, y se quejaba ante su Hacedor por su desdicha.

Con el tiempo su padre pudo enterarse de donde estaba, y vino a David con sus hermanos, y toda la familia. La situación estaba cambiando. Para entonces David ya había acomodado algunas cosas en la cueva. No era el palacio, claro, pero estaba descubriendo una nueva felicidad. El tiempo fue purgando sus mezquindades, y limpiando los malos hábitos que había adquirido viviendo entre políticos en palacio. Dios estaba sanando su alma.

Un día llegó un hombre afligido a la cueva. La empatía de sus desgracias creó lazos que cambiarían para siempre la vida de David y de aquel, más afligidos se acercaron, también comenzaron a venir muchos endeudados, y otros tantos con amargura de espíritu. Lo peor de Israel se estaba acercando a David. Pero allí el joven despreciado entendía a los despreciados. Comprendió sus desgracias y les ayudaba, creó para ellos una familia. Y surgió una nueva comunidad. David por primera vez, fue rey (1ro de Samuel 22:1-2). Rey de unos pocos, pero rey. Los principios que aprendió en la cueva de Adulam serían los que luego utilizaría para reinar en Israel.

En la caverna descubrió que en palacio solo tuvo un amigo, Jonatán, los demás eran aliados por conveniencia. En la Adulam comprendió que por cada quinientos que le rechazaron en el día de la prueba, Dios le había levantado un amigo que valía por cinco mil. Es en las crisis donde descubrimos quién realmente es amigo y quien solo está a nuestro lado por lo que tenemos.

Solo entiende el dolor ajeno, el que lo ha experimentado en su propia alma

Aquellos despreciados, miserables, endeudados, y afligidos habrían sido rechazados por todos los que tuvieran dos dedos de frente. Pero esos eran los que Dios traía a David. De esos hombres surgiría luego el ejército de David, entre ellos destacarían los 30 valientes que luego terminarían matando gigantes igual que había hecho David antes (2do de Samuel 23:8-39). En la cueva Dios puso a un matador de gigantes destruido y lo multiplicó en cuarenta valientes que hicieron leyendas con sus propios dones y peculiaridades (2do de Samuel 21:17-22).

Adulam, la cueva de sus desdichas, la demostración de que Dios le había abandonado, se convertiría en su centro de comando (2do de Samuel 23:13-14). La cueva de las miserias se convirtió en el lugar fuerte de David.

Pasaron años antes de que David pudiera finalmente ver el sueño de Dios cumplirse en su vida, para ese entonces, ya no era su sueño. Ya no era su mérito, era mérito de Dios. Pasaron años antes de que David pudiera mirar en retrospectiva y comprender todo lo que Dios había estado haciendo en su vida, y lo que ello había implicado para él, para sus amigos, para su nación, para su misión. Las crisis de Dios a veces duran años, Moisés pasó 40 años en el desierto, Abraham esperó décadas la promesa, José estuvo prisionero muchísimos años, David esperó muchos años por el cumplimiento del plan de Dios para su vida.

Si pudiera borrar lo que he sufrido, pero eso implicara dejar de ser quien ahora soy, prefiero vivir con el dolor de lo que he vivido.

Si tengo que volver a sufrir lo que sufrí para aprender lo que aprendí de Dios, aceptaría hoy de nuevo, sin dudarlo dos veces.

Confesión de un amigo

Reevalúa tu crisis

Los Salmos son cánticos de adoración y alabanzas…, pero 72 de ellos mencionan la amenaza y ataques de los enemigos, casi la mitad. La vida cristiana es una vida de crecimiento, y eso implica cambio. Lee la Biblia. Observa. Todos los que han seguido el camino de Dios han experimentado crisis.

Estas son las fases de los cristianos en la crisis

  1. Tratar de volver a la zona de confianza: usan todos los medios humanos posibles.
  2. Orar a Dios: piden que se normalice la situación que se está saliendo de control.
  3. Quejarse ante Dios: porque no responde la oración como la pedimos, lamentarse, desahogarse, regodearse en el sufrimiento (Job 6). En esta etapa abunda la depresión, y el desánimo.
  4. Buscar culpables: Los culpables están en todas partes, la culpa no cae al suelo, la ira, el resentimiento, pueden surgir en esta etapa, tratar de inculpar a otros o a nosotros mismos es el paso lógico. Pero no aprovecha, una vez hallados los culpables, reales o imaginarios, la situación continúa, la crisis continúa.
  5. Perretas espirituales: nuestra incapacidad de ver lo que Dios está haciendo nos hace incapaces de ver más allá de nosotros mismos, entonces usamos métodos espirituales para que Dios “entre en razón” y haga lo que queremos que haga:
    • tratar de negociar con Dios, si me das esto te lo voy a agradecer siempre, o voy a dar testimonio en la iglesia o nunca más haré esto otro.
    • arrepentirse de todos los pecados conocidos y desconocidos, por si acaso, porque esto «definitivamente es un juicio de Dios». En esta etapa abundan los amigos espirituales que en lugar de consolar hunden y acusan (Job 8)
    • empezar a reprender y a echar fuera al devorador rompiendo maldiciones generacionales y buscando pactos antiguos.
  6. Aceptación de la situación: Dios está en control, Él sabe lo que hace (Romanos 8:28).
  7. Reevaluación de las metas: No sea lo que yo quiero, sino lo que Tú quieras (Mateo 26:36).
  8. Reevaluación de los métodos: ¿qué tengo a la mano? ¿qué puedo hacer con lo que tengo?
  9. Paz incomprensible: la crisis permanece, la paz crece, en medio de la aflicción del mundo, prospera la paz de Jesús (Juan 16:33)
  10. Visión de necesidad: Sin pensarlo, se ayuda, se sirve, se consuela, se enseña. El propósito va tomando forma y ni nos damos cuenta. La vista hacia la necesidad se hace aguda, el corazón más sensible, las personas lo notan. Los necesitados vienen.
  11. Glorificación a Dios: En esta fase comienzan a caer las conchas de nuestros ojos. En las etapas anteriores andábamos por fe, sin entender que hacía, glorificábamos a Dios por fe, no por vista. Ahora vemos su propósito en retrospectiva, miramos hacia atrás y comprendemos el plan de Dios. Entendemos nuestras miserias y descubrimos su plan. Nos maravillamos de su sabiduría y agradecemos su proceso. Miramos la cicatriz en nuestra alma, recordamos el dolor, palpamos sus huellas, y sentimos alivio. El tumor maligno ha sido extirpado, éramos ciegos. Ahora vemos. Vivíamos engañados ahora somos libres (Job 42:1-6)

¿Es cruel Dios?

Obviamente, muchos no entenderán esto que escribo, Dios les parecerá cruel, insensible, perverso. Pero es todo lo contrario.

Somos niños malcriados. Queremos un Dios estilo genio de la lámpara, que conceda nuestros deseos y sirva a nuestra voluntad. Somos ególatras, nos creemos el centro del universo y Dios gira a nuestro alrededor. Somos orgullosos, nos creemos que nos las sabemos todas y que mientras controlemos nuestras vidas todo irá bien. Somos egoístas, nos trazamos metas que satisfacen nuestros sueños y fantasías, a veces les ponemos prefijos lindos “ministerio de…”, pero en realidad queremos saciar nuestro ego sediento de gloria, entonces damos para que nos vean, predicamos para que nos aplaudan, oramos para que nos admiren, cantamos para que seamos glorificados (y por supuesto, de paso Dios), somos capaces, por nuestros sueños de pisotear o ignorar a todo el que nos estorbe con tal de lograr el «propósito de Dios». Somos ciegos.

Como Padre, Dios puede dejarnos atrofiados en nuestro engaño, pero decide enseñarnos y llevarnos más allá, hacia la madurez y el verdadero crecimiento.

Recuerdo cuando mi hijo tenía unos pocos años y me enseñaba lo bien que nadaba… con flotadores. En su tierno modo de pensar se sentía capaz, exitoso, satisfecho, y orgulloso de sí mismo. Y eso fue un progreso importante pare él. Ahora se sentía seguro en el agua. Pero era también un engaño. Mi misión como padre era enseñarle a nadar. Así que un día le quité los flotadores. Seguro de sus habilidades de natación se soltó y trató de hacer lo que mejor sabía… nadar con flotadores. Entonces se hundió. El agua a su alrededor le cubrió, la sal le ardía en los ojos, el líquido indolente entró por su nariz, sus manos desesperadas buscaron aire mientras su cuerpo se hundía, en unos segundos mis manos le sacaron del agua y se aferraba aterrado a mis hombros sin querer soltarse.

¡Dame los flotadores! ¡Yo quiero los flotadores! Él quería regresar a su zona de confianza, yo no lo dejé. El agua seguía ahí, la crisis seguía ahí. Con el tiempo, fue adaptándose a estar sin los salvavidas. Aprendió a patalear, a flotar en el lugar. Poco a poco, fue atreviéndose a nadar distancias más grandes, ¡un día llegó a nadar dos metros completos! Cuánta alegría. Cada vez los retos fueron mayores, cada vez la crisis le empujó más lejos. Hoy es un nadador seguro. Recorremos con snorkel grandes distancias y nadamos durante horas en mar abierto descubriendo un universo increíble de hermosos corales y machas de peces multicolores bajo el agua.

En retrospectiva. Fue bueno quitarle los salvavidas, era parte del proceso tragar un poco de agua, nunca hubo un peligro real, yo siempre estuve a su lado incluso cuando el agua le cubría, el agua dejo de ser crisis no porque desapareciera, sino porque él aprendió a nadar en ella. Mirando hacia atrás, valió la pena.

Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. […] Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Hebreos 12:6, 11

Una nota al margen: los que no soportan la disciplina, no son hijos de Dios, no son transformados (Hebreos 12:8), en lugar de adorar en la aflicción se alejan lamentándose de que Dios no hace lo que ellos quieren, o resisten el cambio engañando y aprovechando toda oportunidad para hacerse su propio camino, en aalgunos lugares hay unos pocos así, falsos cristianos, falsos ministerios, nunca han muerto para Cristo, solo viven para ellos.

La respuesta a la pregunta, ¿dónde está Dios en la crisis?, es: Dios está a tu lado, Él es tu mayor crisis, Él es tu mayor reto, Él es tu agente de cambio, Él es quien te hace crecer cada día hacia tu mayor potencial.

¡Confía en Él!

Él está en control.

(Enlace externo, puede consumir datos móviles desde Cuba)

Descubre más desde Vida Cristiana en Acción

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio