Después de una travesía de 8 meses desde Londres, y una preparación de 9 años para estar listo para su titánica y peligrosa empresa, Roberto Morrison, llegó a China en 1807 como el primer misionero evangélico en predicar a Jesucristo en esa inmensa nación.
Quisiera persuadirte de que me acompañaras. Ten en cuenta las 350 millones de almas que no tienen cómo conocer a Jesús como Salvador
Robert Morrison, carta a un amigo
Ninguna sociedad misionera había enviado a alguien a la China, el gran Jhon Wesley bromeaba diciendo: “el idioma chino fue un invento del diablo para que no se pudiera predicar el Evangelio a los chinos”.
Aprender chino sería su misión, tenía que ser capaz de aprender y enseñar a otros. De paso, traducir la Biblia, crear un diccionario, predicar el evangelio. La labor de por sí era titánica en condiciones normales.

El segundo misionero a la China, Milne, al enfrentarse con las complejidades del idioma chino, dijo: “para aprender el chino se necesita: un cuerpo de bronce, pulmones de acero, cabeza de roble, ojos de águila, corazón de apóstol, memoria de ángel …y la vida de Matusalén”
Había obstáculos insalvables.
Su misión a China, por romántica que fuera, no iba a ser fácil. Las noticias que le llegaban de allá prometían un futuro difícil para el joven misionero. Pero eso no le amedrentó.
- Los chinos tenían prohibido enseñar el idioma a los extranjeros, bajo pena de muerte.
- Nadie podía permanecer en China a no ser con propósitos comerciales.
- La iglesia católica, protegida por los portugueses, sería amargamente hostil a la predicación del evangelio allá. Y motivaría al pueblo a expulsar al misionero protestante.
Lleno de pasión, sus primeras experiencias fueron un incentivo para que cualquier otro abandonara la misión que Dios había puesto en su corazón.
Al llegar, lo primero que hizo fue aliarse con algunos del pueblo quienes comenzaron a enseñarle el mandarín, un idioma que solo usaban las clases altas. Pero sus ayudantes tenían miedo a las promesas de muerte por medio de terribles torturas si los atrapaban enseñando el idioma a un extranjero, estaban tan asustados de las torturas, que siempre llevaban colgado del cuello un pomo con veneno para suicidarse si los descubrían.
Por esas razones, Morrison, tenía que vivir en aislamiento casi completo. Tenía miedo de ser visto en las calles. Sus ayudantes chinos lo estafaban, le exigían sumas exorbitantes de dinero. Alguien le vendió un par de libros chinos, y cobró excesivamente en la transacción. Morrison estaba alarmado por sus gastos.
Intentó vivir encerrado en una habitación, hasta que alguien le advirtió que si seguía haciéndolo enfermaría con fiebres. Se sentía oprimido por la absoluta soledad que le rodeaba. El futuro era extremadamente sombrío. Esa no es la imagen que tenía de su servicio a Dios.
Con el tiempo Morrison fue adaptándose a las costumbres chinas, comía comida local, usaba palillos, y se dejó crecer el pelo hasta hacerse una cola. Sin embargo, aquello no le funcionaba: un extranjero vestido con ropas chinas suscitaba sospechas, y daba la impresión de que intentaba introducir en China su religión de contrabando. Por eso decidió volver a las vestiduras europeas.
Solo un año después enfermó, como ya hablaba bastante el mandarín y el cantonés, pudo pedir ayuda a alguien, pero esta persona le cobró un precio inmenso por una habitación destartalada en un último piso. No pasó mucho tiempo antes de que el techo le cayera encima por el mal estado en que estaba. El dueño rápidamente lo reparó poniendo algún tipo de cubierta ligera pero subió el costo del alquiler un 30% así que el misionero se vio de nuevo en la calle con la añadidura de sentirse terriblemente mal y solo.
A pesar de todo, su servicio a Dios no menguó. Cada día añadía nuevas palabras a su diccionario. Incluso oraba en idioma chino derramando su alma ante Dios por el pueblo de esa nación. Enfermo como estaba y sin dinero, seguía perseverando.
Un chino llamado Tsae A-ko, lo ayudaba mucho. Iba por las noches a su casa, cerraban bien las puertas y las ventanas, para que desde afuera nadie viera lo que hacían, y se ponía a traducir o corregir, mientras que Morrison le enseñaba las verdades del Evangelio.
Fue por esa época que conoció a la que sería su mujer y con quien tuvo tres hijos, pero el primogénito murió el mismo día en que nació, añadiendo dolor y sufrimiento a la nueva familia.
María, su esposa, enfermó terriblemente, y su enfermedad se agravó al tener que enterrar a su primogénito al costado de una colina, porque los chinos no le permitieron hacerlo en el cementerio local.
Su vida mejoró un poco cuando lo contrataron como traductor, lo que le permitió dominar mejor el idioma, y moverse con más libertad y sin miedo. Sin embargo, su servicio misionero todavía era peligroso, los ataques de piratas eran abundantes y cada viaje que hacía predicando era un riesgo.
Un incidente de navegación puede ilustrar los peligros de esos días, así como la fortaleza de Morrison. Después de una terrible tormenta, los pasajeros se alarmaron al oír el ruido metálico de las espadas y el ruido de armas de fuego. Pronto se dieron cuenta de que un motín había estallado entre los marineros, y que habían tomado posesión de la sección de proa del buque con la intención de usar el cañón en contra de los oficiales del buque. Fue un momento crítico. Morrison caminó tranquilamente hacia los amotinados, y, después de algunas fervientes palabras de persuasión, indujo la mayoría de ellos a regresar a sus lugares.
Al final, aunque los europeos eran benévolos con el matrimonio, por su trabajo de traductor, la realidad es que no respetaban su fe. Y se burlaban y les consideraban tontos. Y a pesar del tiempo transcurrido, Morrison no lograba todavía que los asistentes chinos que tomaba dejaran de robarle constantemente.
El misionero, sin embargo, no dudaba en su amor por el pueblo chino. Para 1812, ya había traducido el libro de los Hechos, luego pasó a traducir el libro de Lucas y también lo imprimió. Un año después había terminado de traducir el Nuevo Testamento completo. Más adelante imprimió un libro de gramática china, y su diccionario chino-inglés. Con esto estaba garantizando el futuro de las misiones en China, pues los misioneros futuros tendrían materiales para aprender el idioma y para enseñar el evangelio.
Pero incluso despues de tantos años y esfuerzos, los contratiempos no desaparecían. El obispo católico en la ciudad donde estaba mandó a tomar todos los materiales impresos y los quemó por heréticos. Las altas esferas en China, por su parte, al leer los materiales, decidieron promulgar un decreto contra aquellos que trataban de socavar la religión china.
En virtud de este decreto, imprimir y publicar libros cristianos en chino fue declarado un crimen capital. El que lo hiciera sería sometido a la pena de muerte. Todos sus ayudantes recibirían diversas formas severas de castigo. Se ordenó a las mandarinas, y a todos los jueces, actuar con energía a fin de enjuiciar a cualquiera que pudiera ser culpable de infringir este edicto.
Morrison remitió una traducción de esta famosa proclama a la sociedad misionera en Inglaterra, al mismo tiempo que anunció a los directores de su misión que se había propuesto seguir avanzando en su labor, en silencio y con decisión.
Tardó doce años en traducir la Biblia y dieciséis en hacer el diccionario, que era de cuatro tomos con unas cuatro mil quinientas páginas cada uno.
Le tomó 7 años para Tsa A-Ko comprender finalmente que lo que el misionero le enseñaba era la Verdad y se bautizó en 1814. Tsae A-Ko fue así el primer cristiano evangélico chino.
En una fuente de agua, que sale a los pies de una colina elevada, a la orilla del mar, lejos de la observación humana, lo bauticé en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo… que sea los primeros frutos de la cosecha.
Roberto Morrison
Durante su vida, Morrison, consiguió la conversión de pocas personas, pero el trabajo que hizo traduciendo la Biblia y preparando el diccionario y la gramática, hizo posible la conversión de millones después de su muerte. En su peregrinaje por China, fundó además una universidad, y un hospital, planificó el evangelismo para toda la nación. Su trabajo como hombre apasionado por las almas perdidas fue la semilla que permitió que hoy en China existan más de 60 millones de cristianos evangélicos que dicen haber conocido a Jesucristo como su Salvador personal.
¿Qué fue lo que hizo que este hombre común venciera obstáculos extraordinarios?
Ser cristianos, es más que ir a la iglesia, ser cristianos es descubrir a un Dios inteligente en el universo. Es descubrir que Él nada hace al azar, todo tiene un propósito. Incluso nosotros. Ser cristianos significa rendir nuestros propósitos y abrazar los de Dios.
Morrison lo hizo, y lo hizo con una pasión inquebrantable, con una pasión que no era suya.
Jeremías dijo en una situación similar:
Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí.
8 Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.
9 Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.
Jeremías 20:7-9
Una de las características menos enseñadas del Espíritu Santo es su manera sutil e insistente de llevarnos a hacer la voluntad de Dios. Hoy muchos son más dados a los espectáculos y creen que si no hay fuegos artificiales Dios no ha hablado.
Lo cierto es que la experiencia de Jeremías es la misma de todo cristiano que es guiado por Espíritu divino. Hay varias características del Espíritu que Morrison y otros grandes guerreros de Dios han experimentado en su peregrinaje con Dios.
- Dios nos seduce (v.7). Esa seducción se manifiesta mediante una serie de emociones intensas hacia una tarea o labor específica. Es decir en una pasión por la obra de Dios.
- La seducción de Dios es fuerte, es externa, vence nuestra voluntad y razonamientos. Es común que la pasión de Dios sea contraria a toda lógica y prudencia que presentemos. Sin embargo, es insistente, y consigue vencernos en su amor (v.7)
- La obediencia a la Palabra de Dios muchas veces no trae gloria, o aplausos, sino escarnios y burlas (v.8). Contrario a lo que piensan algunos que se lanzan al servicio a Dios, servir a Dios es literalmente servir. Es un trabajo que requiere esfuerzo, y muchísimas veces burlas y escarnios.
- El hecho de haber sido enviados por Dios no implica total victoria y resultados inmediatos, muchas veces nuestra exposición de la Palabra de Dios solo trae problema (v.8). La predicación del evangelio es ofensiva para quienes perseveran en lo malo. Quisiéramos que todos se arrepintieran al escuchar el mensaje de Dios. Pero la mayoría de las veces la predicación del evangelio solo trae contratiempos, y confrontación.
- Lo conflictos son tantos, que hay momentos de depresión y desánimo, con ganas de renunciar y dudas sobre nuestro llamado. Ser cristiano no significa vivir una vida llena de tranquilidad, seguridades, y confianzas, tomar el camino de la fe no implica que todo saldrá bien según los estándares seculares. Los cristianos obedientes a Dios tienen dudas, se deprimen, batallan en su interior (v.9). La seguridad está en las promesas de Dios, no en nuestro entorno, por eso se llama vivir por fe.
- Dios incrementa su pasión en nosotros. Cuando el desánimo nos golpea, muchas veces esperamos una confirmación poderosa de que este es el sendero de Dios, queremos una intervención espectacular de parte de Dios, una visión, una voz poderosa desde los cielos, una profecía hermosa que nos dé ánimos. Pero la respuesta de Dios es simplemente incrementar la pasión en nosotros, y a pesar de los contratiempos, nos impulsa a seguir adelante. No entendemos cómo lo hace, pero la pasión crece y entonces nos levantamos del polvo, y seguimos sirviendo. ¿Por qué?, porque su pasión está en nuestros huesos (v.9)
El resultado de este sistema se ve claramente en la vida de Morrison, pero también en la de Noé, Abraham, Moisés, Sansón, Jefté, Samuel, David, Isaías, Daniel, y todos y cada uno de los hombres y mujeres que Dios ha usado en la Biblia y en fuera de ella.

Incluso Jesús era movido por el celo o pasión de Dios.
[Viendo a Jesús] Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.
Juan 2:17
No resistáis al Espíritu

¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.
Hechos 7:51
Cuando leo esta cita del discurso de Pedro en Pentecostés, concluyo que Pedro tenía razón: hay personas en la comunidad de creyentes quienes son tocados por el Espíritu Santo, perciben la presencia de Dios, sienten el fuego del Espíritu Sant…, pero lo resisten.
Duros de corazón, la agenda de Dios es un estorbo para sus planes. Y entonces la confrontan, y cuando los argumentos del Espíritu son demasiado fuertes, entonces los tuercen haciendo maldades (Hechos 6:10-11).
La sentencia es severa. Es importante que entiendas algo: el ser guiados por el Espíritu no es una opción para los cristianos y que deben seguir los “llamados al ministerio a tiempo completo”, tampoco es algo que deben seguir solo los “espiritualmente maduros”. Todos los creyentes deben ser guiados por el Espíritu de Dios. Pablo decía:
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
Romanos 8:14
Esta es una declaración muy fuerte. Radical, absoluta, definitoria. No todos somos hijos de Dios. Eso es difícil de aceptar para los no-creyentes, pero los cristianos lo sabemos. Pero en este texto de Romanos 8, Pablo va un poco más allá del conocimiento cristiano general. No todo los que aceptan a Jesucristo como Salvador con sus labios son hijos de Dios. Solo los que son guiados por el Espíritu de Dios.
Esta es una afirmación profunda y tiene fundamentos:
Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. 13 porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.
Romanos 8:11-13
En el mismo capítulo, Pablo nos da una tremenda revelación: nuestro cuerpo llevado por los deseos de la carne va rumbo a la muerte. por tanto, decimos que somos cristianos, pero no dejamos que el Espíritu Santo nos vivifique (revirtiendo la muerte en nosotros) y santifique (purificando nuestras obras), entonces, en realidad, solo estamos hablando de dientes para afuera cuando alabamos a Dios.
Somos hipócritas y nos engañamos a nosotros mismos, no a Dios cuando no permitimos que Dios obre en nuestras vidas. La verdad es que no queremos que Él obre, y sus directrices no son las nuestras, sus pasiones nos son las nuestras, sus leyes no son las nuestras. Por tanto, Él no es nuestro Dios, nosotros somos nuestro dios.
Se imponen muchas preguntas
Al leer la vida de Morrison, y la de tantos héroes de Dios en la Biblia y fuera de ella, vemos la huella indeleble del Espíritu de Dios llevándoles más allá de sus fuerzas naturales, insuflando en ellos una pasión divina por cuestiones que a nadie más le importarían si no fuera por el celo de Dios. La lista de los héores de la fe en Hebreos 11 se extiende a nuestros días por la mano de hombres y mujeres que fueron guiados y apasionados por Dios. Increíblemente, cuando les preguntas, todos experimentaron frustraciones, contratiempos, desánimos, dudas, alegrías, y quebrantos. Si les preguntas, ninguno se consideraron héroes, Héroe es su Maestro, quien murió sobre la cruz por nosotros. ¿Qué eran entonces? Eran simplemente cristianos.
La historia de la iglesia está llena de hombres ue hicieron hobras poderosas, cruzaron océanos, enfrentaron caníbales con nada más que sus manos desarmadas, alimentaron huérfanos, caminaron miles de kilómetros predicando el evangelio, enfrentaron leones, descubrieron ciudades, enterraron a sus hijos y cónyuges, enfrentaron burlas, pestes, enfermedades, pobreza extrema, persecusión, críticas, desprecio, torturas, la muerte. Si les preguntas por qué lo hacían, la respuesta sería la de Jeremías:
había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.
Jeremías 2:9
Conviene entonces que te hagas estas preguntas
- ¿Eres guiado por el Espíritu de Dios?
- ¿Cómo es tu comunión con Dios?
- ¿Cuántas veces has sentido la insistencia del Espíritu Santo y lo has resistido?
- ¿Permites que el Espíritu Santo crucifique en ti tus pasiones y deseos?
- Cuando oras ¿buscas en tu oración tener un encuentro con Dios en Su Espíritu?
- Cuando oras ¿derramas tu alma delante de Dios presentándole tus preocupaciones y luego, en su presencia, aun de rodillas en tu corazón, meditas con el Espíritu cuál sea sabiduría de Dios para esa situación específica?
- ¿Le has entregado tus sueños, ilusiones, deseos, anhelos, carrera, planes, a Dios sometiéndolo todo a Él y confiando todo a Él?
Todas estas preguntas se resumen en una sola: ¿Eres cristiano?
Romanos 8:14
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