Había llegado el día tan esperado, se habían designado diferentes comisiones para recibir a tan excelsa figura. Cadenetas multicolores cruzaban las calles en casi todas las esquinas, una banda invitada llevaba tres días ensayando para recibir al distinguido visitante. El delegado de la ciudad y los líderes políticos se habían reunido unos días antes para organizar a que grupos culturales se les iba a dar el privilegio de participar en la actividad de bienvenida. Ya se había declarado este día como feriado, en las calles los niños llenos de emoción y alegría, no se sabe si por tener el día libre o por la excitación reinante en el lugar, correteaban por las esquinas llenando el ambiente de alegría con sus sonoras carcajadas.
El anciano que venía era una de esas personas sorprendentes que habían desgastado su vida como misioneros en las selvas inhóspitas. Se decía que donde quiera que llegaba siempre Dios hacía algo tremendo, leyendas, más que historias le precedían siempre. Se dice de una ocasión en que un esposo celoso le trajo a aquella joven llorando, todavía se veían en su rostro las marcas de la ira de su cónyuge.
– ¿Para qué la traes a mí? – preguntó.
– Oh Señor para que cambies a esta mujer que es depravada en todos sus pensamientos, no se puede confiar en ella Señor – respondió el iracundo hombre.
– Si no confías en ella ¿por qué sigues junto a ella?
– Porque la amo Señor –respondió confundido esta vez.
– Si le amas ¿porque le pegas?- el hombre hizo silencio.
– El hombre que pega a su mujer no muestra otra cosa que cobardía y necedad, cobardía porque teme ser menospreciado en su hombría, y necedad porque cree que con los golpes va a lograr que ella cambie, le ame, y por tanto va a confiar más en ella, sin embargo lo único que logra en ella es que le sienta pánico, y se aleje, aumenta la distancia y lo menos que logra es acercarse. Realmente la está perdiendo. El hombre que pega a su mujer se porta como un animal, cobarde, incapaz de enfrentarse con el problema que tiene con su pareja de otra forma que con la fuerza bruta.
Se dice que una vez le programaron un viaje en una limosina, al ver él que sobraba espacio en el vehículo, hizo parar al chofer por toda la carretera para recoger a todos los que estaban sin transporte.
Otra vez le prepararon una mesa sueca, cuando entró y vio que solo él y unos pocos comerían de tan abundante y delicioso manjar salió y dejó a los comensales intrigados, al rato viró con todos pobres, niños, mujeres y mendigos que encontró. En una terminal de trenes cercana estaban, los trajo consigo y con una sonrisa satisfecha aseguró:
– Es mucha comida para mí.
Dionisio, ese día se levantó melancólico, él es una de las figuras más importantes del pueblo y nadie, absolutamente nadie había sugerido siquiera entregarle una parte de los preparativos. ¿Quién iba a dudar de sus capacidades organizativas? ¿Quién se atrevería a poner en tela de juicio siquiera sus capacidades de liderazgo? Ya había visto que Fernando estaba encargándose de las actividades culturales, «ese que no es ni siquiera la chancleta mía», pensaba. Sabía que luego el anciano se reuniría con todos los líderes y tendría con ellos unas palabras, se moría por saber que hablaría. ¿Qué diría un hombre tan consagrado a Dios? ¿Cuáles serían sus palabras? ¿Sería como todos, otro religioso envuelto en sus vestiduras monásticas?
«Quizás por que soy bajito… ná, no es por eso, bajito y tó llevo unos cuantos años dirigiendo el Banco del pueblo. Lo cogí en cero y mira ahora donde estás… jejejeje, eres un caballo Dionisio, si no fuera por ti… bueno…» dudó por un instante «El fin justifica los medios» se dijo «para levantar cualquier empresa algunos tienen que ser afectados ¿será por eso que no me aceptan? Bueno, desde hace algunos años la gente no es la misma conmigo»

Dionisio estaba en lo cierto, aunque él no lo hubiera notado sus verdaderos amigos se habían alejado de él paulatinamente. Ahora, es cierto, tenía otros amigos, pero la mayoría eran de esos amigos que solo lo serían mientras permaneciere su prosperidad y no apareciere alguien más importante cerca, definitivamente ese día le virarían la espalda. Sin darse cuenta había perdido aquello por lo que más había luchado: la aceptación.
¿Pueden coexistir en una misma persona la saciedad y el hambre, la satisfacción y la insatisfacción? Ese era el caso de Dionisio. Algo sin embargo le decía que la aceptación de aquel anciano sería significativa. Algo cambiaría en él si lograra tan solo hablarle, o quizás menos, tan solo verle. Dentro de sí sus pensamientos como oleadas se debatían curiosos acerca de esta figura.
A mediado de mañana los automóviles fueron desviados y los policías hacían un cordón humano para garantizar el orden y la seguridad del venerado anciano. Dionisio por su parte utilizó todos sus contactos para estar en la tribuna, sentado entre los magnates del pueblo, o al menos en la comitiva de recepción. Todo fue en vano, aquí y allá caras desconfiadas le miraban como al menos indicado para estar entre los que recibirían al visitante. Simplemente, aunque nadie se lo dijo, pareciera que la gente deseaba que él estuviera lo más lejos posible del anciano.
Pensarían quizás que avergonzaría la imagen del pueblo si el magnate se enterara del desarrollo corrupto de Dionisio, la finca que le quitó a Marta la viuda había sonado, a la gente no le había gustado, ¡Bueno ella no pagó los intereses! Había exclamado él, pero lo cierto era que quería tener ese pedazo de tierra para edificar una casa de retiro para sí y su familia cerca del lago. Algunos decían que el carnicero estaba endeudado de por vida con el banco por algunos movimientos raros que no estaban claros entre él y el gerente, solo que en el negocio el gerente salió ganando.
Dionisio comprendió demasiado tarde que no podría estar entre los principales del pueblo y se dijo que lo importante era al menos verlo, así que corrió a rentar un sitio en las gradas, pero el dependiente le explicó que se habían agotado desde temprano, «quizás si usted hubiera venido una hora antes» le dijo. Así estuvo corriendo el poderoso banquero de un lado a otro hasta quedar exhausto y escuchar a lo lejos las voces que aclamaban que ya se acercaba el automóvil con el visitante.
Dionisio desesperado dejó sus trámites por inalcanzables y fue hacia la multitud, empujó aquí y allá, pero solo lograba algunas miradas incómodas, vio una caja a la orilla de la multitud y saltando se subió a ella, miró y solo pudo ver las cabezas de los que estaban más adelante. Es curioso como su pequeñez molestaba ahora en el momento más inoportuno.
De un vistazo calculó por donde habría de pasar la multitud y adelantándose examino el camino para ver desde donde el podría ver mejor, subió a un balcón, pero había un árbol enfrente, más allá vio a un camión a la orilla de la carretera, se vio a sí mismo subido allá y justo cuando iba a ir hasta allá el camión arrancó y se fue movido por un policía.
Si tan solo ese árbol no estuviera allí, una Ceiba centenaria obstruía su vista. La miró nuevamente y sin darse cuenta examinó los bordes buscando por donde trepar. Caminó hacia ella. La multitud se acercaba. Se pensó subido en el frondoso árbol, la guayabera se le iba a estropear, y lo peor, la moral, si alguien le viera, ¿Qué diría? El gerente de los bancos del pueblo estaba subido como un niño chiquitico en un árbol para ver al vejestorio que vino al pueblo.
La multitud se acercaba más, era ahora o nunca, una vez arriba podría ocultarse, al principio quería hospedar al convidado, luego pensó en estrecharle la mano, más tarde al menos saludarlo a la distancia, a esta hora de la mañana solo pensaba en verlo, «si tan solo le viera», pensaba, algo en su interior le decía que el agasajado sería él, que recibiría en lugar de dar, que su vida podría cambiar al contacto con el sabio. No lo pensó de nuevo, subió como en los tiempos de su niñez rápido poniendo sus pies en los gajos más firmes y buscó la mejor vista. Luego partió unas ramas y se cubrió con ellas «no sea que alguien me vea y haga mofa de mí» pensó.
Ya la multitud estaba aquí, de lejos veía que el anciano no venía en un automóvil de lujo, sino en un modelo sencillo desde donde de cuando en cuando agitaba la mano para saludar al público, globos multicolores amarrados se agitaban con el viento mientras las bocinas de las motos de patrulla aullaban con toda su potencia. «ni siquiera le podré ver, desde aquí solo se ve su mano», los pensamientos en su mente se agolpaban uno tras otro, vez tras vez se reprochaba el ser tan pequeño, se reprochó los robos y las estafas, se reprochó su orgullo, haber perdido a sus amigos se reprochó tantas veces que sentía asco de sí mismo.
Casi no notó que el auto se detuvo un poco antes del árbol, vio cuando el anciano descendió y miró hacia la Ceiba en que estaba Dionisio, con el rabillo del ojo notó que los que le rodeaban se preguntaban estupefactos por la conducta del anciano, alguien más allá abrió una carpeta, evidentemente para ver si esta era una parada preescrita en el itinerario. Dionisio sintió que el viejo le miraba directamente a él, luego se acercó a su asistente que ya estaba junto a él y le señaló el árbol haciéndolo algunas señas incomprensibles para él. Escondido entre las ramas trataba de no moverse para no llamar la atención, con la vista recorría todo su cuerpo verificando que ningún pedazo de él fuera visible desde abajo. El joven dio algunos pasos en su dirección y a modo de bocina gritó: «¡Hey, el del árbol, baje, queremos hablar con usted!… ¡baje hombre que no tenemos todo el día!»
Como un niño tomado in fraganti en una mala movida, lentamente bajó de su escondite. Se acercó al anciano, miraba su guayabera que estaba sucia y rasgada en uno de sus bolsillos. El anciano a su vez caminó hacia él y con una sonrisa enigmática le dijo «Amigo, es necesario que yo pose en su casa esta noche» ¿se habrá vuelto loco? Pero ¿y el itinerario? ¿y el hotel? ¿y los planes para hoy?, el hombre se acercó aun más y le tendió la mano, nuevamente sintió las miradas de recelo de sus conciudadanos, comprendió que su benefactor tendría que darse cuenta de eso, inclusive alguien susurró a sus espaldas «Señor, es un estafador y abusador», pareciera ser que el anciano estaba ya un poco sordo a causa de sus años, o que no quiso oír, lo que sí pasó fue que le tomó del brazo y le invitó a subirse al carro.
Él no sabe lo que ocurrió en sí, pero poco a poco ese día un cambio ocurrió en su corazón, las palabras del anciano, suaves, llenas de sabiduría y amor taladraron su corazón, entre risas y platos de potaje de la improvisada comida criolla, los recuerdos de su inocencia volvieron a él. La tarde más impresionante de su vida fue aquella, sentía que no tenía que agradar o enmascararse ante el anciano, total aun sabiendo quién era él, se había invitado a su casa. Por una vez sintió que era querido por lo que era, no por lo que podía, o por lo que tenía. Por una vez rió libremente, sintiéndose importante, sabía que afuera algunos le envidiaban, pero él solo podía escuchar las historias del anciano. Atolondrados por un sabroso almuerzo rieron acerca de los que afuera le esperaban llenos de orgullo y vanagloria, el anciano mostraba una sonrisa satisfecha a la vez que le narraba anécdotas de su pasado.
De súbito, Dionisio se levantó, corrió hacia el cuarto y apresurado se dirigió hacia la puerta, su mujer, y parte de la familia le siguieron con la vista extrañados, el anciano sonrió. Dionisio abrió la puerta de la calle de par en par y quedó cegado por los flashes de los periodistas que inmediatamente le acosaron con preguntas. Él sonriendo hizo una señal con el dedo, todos callaron, algunos acercaron sus micrófonos y otros unas pequeñas grabadoras, esperaban escuchar la última noticia acerca del anciano.
– ¡Hasta hoy me había considerado rico, hoy entendí que mi mayor riqueza era precisamente mi pobreza, había sacrificado lo más precioso a fin de ganar lo menos valioso, me había vuelto esclavo de mis riquezas, traicioné los principios de mi infancia! – hizo una pausa, tomó aire y con seguridad afirmó: – La mitad de mis riquezas las doy para la comunidad, los hospitales y los asilos. – la noticia no era la que ellos esperaban pero de inmediato comprendieron que era una noticia importante, una afirmación de esa magnitud hecha por el hombre de corazón más frío en el pueblo era, sin dudas, un notición, «pero por supuesto», pensaron algunos, «es una maniobra política para ganarse el respeto del pueblo», mientras tanto Dionisio continuó: – ¡Si en algo he defraudado a alguno se lo devuelvo cuadruplicado y con los intereses!
No acababan de salir de su asombro los periodistas cuando otra sorpresa se aventuró, el anciano estaba al lado del Gerente. – Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto Dios ha querido buscar y salvar lo que se había perdido, él también es hijo de Adán. – a su lado Dionisio lloraba, entre las lágrimas su ojos brillaban, una gran carga había sido liberada de su corazón, de su alma. El día se le antojaba ahora más iluminado, la vida se le antojaba más atractiva « debí haberlo hecho antes» susurró sonriendo a su confundida esposa que descubría en él al audaz y temerario joven de la adolescencia.
Esa semana los titulares de los periódicos aseguraban: “Anciano excéntrico y místico visita la localidad de… y un gerente echa su vida por la borda movido por el fanatismo religioso”
Inspirado en el relato bíblico de Zaqueo y Jesús, Evangelio de Lucas 19:1-10
Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. 10 Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.
Lucas 19:9-10
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