Domingo de Ramos
Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste? Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea. 12 Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; 13 y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. 14 Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó.
Mateo 21:10.14
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Como seguro sabes, el Domingo de Ramos recuerda la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Se le dice “de Ramos” porque el pueblo emocionado tomó mantas y los que no tenían tomaron ramas de los árboles cerca para hacer una especie de alfombra para la entrada de alguien tan importante como Jesús.
¿Quién es este?
Aquellas multitudes sabían quién era Él, cantaban cánticos y danzaban llenos de alegría, de alguna manera habían sido impactados por sus milagros, enseñanzas, e influencia. Sin embargo, dentro de la ciudad, había personas quienes miraron estupefactas esas expresiones de alabanzas y regocijo ante el paso de Jesús.
“Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?” (versículo 10).
La pregunta es sincera, es genuina, es una reacción lógica al ver expresiones de gozo y alabanzas en medio de este mundo adverso. Jerusalén, vivía entonces oprimida por el imperio romano, con un gobierno que no satisfacía los intereses del pueblo, y con partidos religiosos insensibles que peleaban entre sí sobre cuestiones sin importancia a fin de mantener su poder. Por si fuera poco, no faltaban los estafadores quienes ponían una carga mayor a cualquier compra o gestión que fuera a hacer el pueblo. No era de extrañar que de tanto en tanto se crearan pequeñas rebeliones contra el gobierno y que a nivel de la calle las personas vivieran con desconfianza, inseguridad, miedo, desesperanza. Como hoy había plagas y enfermedades (Marcos 3:10) que como azotes incontenibles minaban a las comunidades, mientras los médicos, incluso con sus mejores intenciones, no sabían cómo lidiar con ellas (Lucas 8:43).
Afanados en el día a día, llegó el momento en que muchos se adaptaron a la desesperanza, a las caras serias, al entrecejo fruncido, al día sin risas, a la frustración, al pensamiento fatalista. Entonces aparece esta multitud llena de gozo en medio de la incertidumbre, todos rodean y rinden alaban y gloria a un hombre, danzan, ríen, cantan ¿Cómo es posible?: ¿Quién es ese que produce gozo, esperanza, alegrías en medio de este caos?
En el pasaje que estudiamos hoy, hay 3 respuestas a esta pregunta, una respuesta la da el pueblo, y las otras dos las da Jesús. Veámoslas una a la vez
Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea (v. 11)

La primera respuesta la da el pueblo que había escuchado algo sobre Jesús: “Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea” (v.11). Y como sucede con la mayoría de los criterios de los que conocen solo de referencia, tenían razón. Pero, solo en parte.
Hoy en día muchas personas afirman que Jesús fue un gran profeta, otros dicen que un gran maestro, o un iluminado, un mártir, e incluso un revolucionario. Los criterios sobre Jesús pueden variar, pero todos concuerdan en algo: Jesús fue alguien extraordinario.
La verdad parcial es, sin embargo, falsa.
Te pongo dos ejemplos, de esta verdad a medias, donde la opinión pública, aunque refleja parte de la personalidad de Jesús, fracasa al ocultar toda la inmensidad de su grandeza y cegarnos a su contemplación. Jesús como un profeta, así argumentan muchos, Jesús como un gran maestro, que es el argumento de otros.
Jesús fue, como decían aquellos judíos: un gran profeta, pero fue más que un profeta:
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Hebreos 1:1-2).
Más que todos los profetas que le precedieron, Jesús habló de Dios desde la posición de Hijo, quien conoce las intimidades de Dios. ¿Quién puede acercarse al Rey mejor que su propio Hijo? ¿Quién puede hablar las intimidades de Dios mejor que Jesús? Más que un profeta, más que un vocero, más que un enviado, más que un siervo del Rey, Jesús habla como quien sabe, porque Jesús es el Hijo de Dios.
Por otra parte, si Él fue un gran maestro, ¿no deberían seguirse sus enseñanzas?, pero hay un problema, ¿cómo aceptar que Jesús fue un gran maestro, y a la vez rechazar sus afirmaciones en la Biblia? Aceptar a Jesús como maestro plantea una contradicción irreconciliable, o es un maestro digno de ser seguido, o no lo es, y entonces es un lunático que debe ser olvidado. Sin embargo, todo historiador y estudioso de Jesús reconoce que Él es un maestro sin igual, aunque les cueste trabajo aceptar sus declaraciones más maravillosas. Las enseñanzas de Jesús superan por mucho todas las enseñanzas de todos los maestros antes y después de Él. No enseñó ciencias, o letras, nos enseñó a Dios, y al hacerlo, nos enseñó quiénes realmente deberíamos ser, nos recordó nuestro diseño, nuestro propósito, nos enseñó a rectificar, a perdonar, a retomar la senda antigua, a valorar lo que realmente vale y a buscar lo que merece en verdad ser buscado. Jesús, es un gran maestro, sí, pero es el más grande Maestro.
Yo soy Dios
La segunda respuesta que nos da el pasaje, es la primera que da Jesús. En los versículos 12 y 13 de Mateo 21, vemos un ejemplo de una de sus declaraciones más controversiales.
“Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; 13 y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”.
En aquella época, venían a diario creyentes judíos de todas las clases sociales a ofrecer sacrificios a Dios. Bien pronto algunos sagaces se percataron del gran negocio que esto representaba, y llenaron los atrios del templo de Dios de mesas de venta para este público necesitado. El amor al dinero hizo que aquello se convirtiera en un burdel de la moral, se levantaban los precios por encima de lo normal, las tasas de cambio eran las más altas de la ciudad, y se estafaba a diestra y siniestra. El negocio en los atrios del templo de Dios era lucrativo y obviamente los sacerdotes y líderes religiosos se salpicaban de ese lucro. Al llegar Jesús, mandó a parar “El celo de tu casa me consume” (Juan 2:17).
Antes de proseguir, quiero hacer una aclaración. Basados en este pasaje, algunos líderes prohíben vender literatura cristiana en las iglesias, pasando por alto que los edificios no son el “templo de Dios”, nosotros somos el templo de Dios (1ra a los Corintios 3:16). Lo que se llama popularmente iglesias son solo edificios transitorios donde se reúne LA IGLESIA de Dios, que somos nosotros (1ra de Pedro 2:5). Además, es correcto que las comunidades de creyentes autofinancien los recursos que muchas veces dan a precios muy bajos para satisfacer las necesidades comunitarias. La impresión, transportación, y entrega de estos materiales generan costos negativos para el fondo de la comunidad cristiana que pueden reintegrarse de este u otro modo sin caer en la extorsión de las necesidades de espirituales de las personas.
Hecho este paréntesis, me llama la atención la respuesta de Jesús: “Mi casa, casa de oración será llamada” (v.13). Pero antes, en el versículo 12 la Biblia dice: “el templo de Dios”. Entonces, ¿qué?, ¿el templo de Dios es la casa de Jesús?
Hebreos 3:3, hablando de Jesús dice que Él hizo la casa de Dios, y luego añade, que Dios hizo todas las cosas (Hebreos 3:4) y Jesús es Hijo sobre su (propia) casa (Hebreos 3:6).
1 Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús […] 3 Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste [Cristo Jesús], cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo. 4 Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios. […] 6 pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza.
Hebreos 3:3-6
Un poco confuso ¿verdad? Jesús hizo la casa de Dios, pero Dios hizo todas las cosas, y también la casa, la casa es de Jesús como Hijo y creador de la casa, pero es de Dios como Hacedor de todas las cosas. La Trinidad de Dios se ve claramente expresada en esa sola frase: “Mi casa”. Todo el celo de Dios, toda la ira de Dios, toda la pasión y amor de Dios expresada en dos palabras: “Mi casa”.
Nunca antes en la historia de la revelación de Dios alguien se atrevió a usar una frase semejante: “mi casa”. Ningún profeta, maestro, erudito, sabio, salmista, sacerdote, levita, o rey jamás se pensó siquiera tener autoridad y posesión sobre la casa de Dios.
Jesús lo dijo claramente: “mi casa”. Yo soy Dios y estoy horrorizado con lo que han hecho con “mi casa”.
El diseño de Dios para los lugares de comunión nunca fue el enriquecimiento de los hombres.
El diseño de Dios de sus lugares de reunión es la comunión de los creyentes consigo. El horror de Jesús se debía a que habían sustituido la comunión con Dios con los rituales, con las formas. La esencia había sido olvidada: Dios quiere tener comunión contigo, quiere hablarte, quiere escucharte hablarle. “Mi casa será llamada casa de oración”.
Yo soy vida abundante (v.14)
La segunda y última respuesta de Jesús en este pasaje no está en sus palabras, sino en sus actos.
“Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó” (Mateo 21:14)
Vivimos en una sociedad sin Dios, y no porque Dios quiera estar fuera de nuestra sociedad, sino porque nosotros mismos nos empeñamos en sacar a Dios de nuestra ecuación. Y esto tiene consecuencias.
No existe el vacío de poder. Si no ponemos a Dios en el medio de nuestras vidas y comunidades y naciones, alguien lo hará, y esperamos que no sea alguien o algo malo.
La triste verdad es que la Biblia dice que no hay persona justa sobre la tierra, ni aun uno (Romanos 3:10). Si, en lo psicológico, tomamos el lugar de Dios, no solo somos menos buenos que Dios, sino que somos malos.
Y en lo espiritual, otro dios ha venido a llenar el vacío en nuestros corazones (2da a los Corintios 4:4), padre de mentira Satanás y sus demonios, han sustituido el amor por el egoísmo, la honestidad por el robo, la misericordia por la venganza, la sabiduría por la necedad, el deleite profundo por el placer efímero, el matrimonio por el “amor libre”.
Nada ocurre sin consecuencias. El mundo se va deteriorando y sufren los impíos, pero también los justos (Salmo 34:19; Juan 16:33).
Las enfermedades son un tipo de la imperfección, del despropósito, del fracaso, de la incapacidad de ser plenos. Jesús asalta esa imperfección sanando, devolviendo vida, devolviendo esperanza, restaurando a la plenitud, al propósito, a la perfección.
Jesús es el Creador, acercarnos a Él es acercarnos al Mecánico Divino. Es experimentar las manos del Diseñador restaurándonos al propósito original.
Él puede sanarnos todas nuestras enfermedades físicas, y espirituales, y psicológicas, y psiquiátricas, y morales.
Por eso Jesús decía:
“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
¿Quién es este?
Por doquier se oye a una iglesia viva y vibrante trayendo esperanza en medio del dolor, me llegan por diferentes fuentes cánticos de gozo y alabanzas a Dios en hospitales en Latinoamérica, en barrios en cuarentena en la Italia adolorida, vecinos adorando a Dios de un edificio a otro sin salir de sus casas, iglesias reuniéndose en sus casas celebrando el altar familiar, médicos cristianos orando en sus ratos libres a un Dios más poderoso que cualquier pandemia, estudiantes en medio de las pesquisas testificando a Dios en los barrios de Cuba. Los creyentes reparten alimentos a los necesitados, algunos confeccionan nasobucos y los entregan gratuitamente. Los grupos de WhatsApp, Facebook, Youtube, Telegram están ahora más activos que nunca. El evangelio se está moviendo en modos increíbles. Incluso la Televisión Cubana ha entendido lo importante que es el mensaje de Dios a nuestra nación y ha concedido que los líderes cristianos se dirijan a la nación durante esta Semana Santa. Dios está obrando hoy, y lo hace a través de su pueblo mostrando un gozo inefable y una confianza sobrenatural.
Como entonces, muchas personas miran ahora a los cristianos y les preguntan: ¿Quién es ese Jesús a quien adoras? ¿Cómo es posible que tengas gozo, tranquilidad, confianza en medio de una situación tan crítica? Esta es una buena oportunidad para testificar a otros de lo que Cristo ha hecho por ti. De contarles del amor y esperanza y vida abundante que hay en Él. De poner tu manto y logros a sus pies y reconocer que todo lo has logrado mediante Él y gracias a Él.
Tristemente, en la situación actual, donde millares mueren en todas las naciones, quizás esta sea la última oportunidad de conocer a Jesús que tengan algunos a tu alrededor.
Más que un maestro, Jesús es Dios hecho carne para nosotros, síguelo como a Dios sobre su casa, busca comunión con Él en oración hasta tener un encuentro con su presencia y, sobre todo, busca en Él la plenitud de vida.
Hay sanidad en Jesús en medio de esta pandemia, hay propósito en Jesús en medio de esta pandemia. Dios no se ha callado, no se ha acortado su mano. Al contrario, su mano poderosa se mueve hoy más que nunca en medio de su pueblo.
Si algo nos enseña este pasaje, es que hay personas que saben valorar a Jesús por quién Él realmente es y reciben su gozo, sanidad, y enseñanzas, pero otros solo se preguntan desde la distancia ¿quién es este?
¿Quién es Jesús para ti?
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