Se levantó de sopetón. No tenía más remedio, hoy hablaría con él. Ya lo tenía todo pensado. Hay un momento en la vida en que debemos tomar nuestras propias decisiones y este es. Necesito mi aire, mi espacio, quiero lo que me pertenece.
Carlos se acercó a su padre con rostro firme, desafiante, a medida que se aproximaba, sus pasos se hicieron más vacilantes y su mirada se fijaba en el suelo. Al llegar a su destino, el espacio-tiempo se comprimió en un torbellino oscuro a su alrededor, y escuchó, en la distancia, sus propias palabras tantas veces ensayadas.
Su padre asintió, sombrío, y Carlos se regresó estupefacto. Pronto olvidó su sorpresa a la respuesta de su padre y sonrió alegre ¡El mundo se veía tan brillante, tan prometedor! Ya nadie le controlaría, nadie le diría que hacer, por fin: libertad. Lo primero que hizo al abandonar su hogar fue mirar hacia atrás incrédulo. Nadie le detenía, solo su padre le observaba desde la distancia. Tomó su celular y envió un mensaje a su novia: “Todo salió bien, voy en camino”.
A llegar tuvo que esperar un poco, pero pronto se le unieron su novia y algunos amigos. Todos sonrientes, alegres, llenos de esperanza. Aquella noche celebrarían a lo grande.
Al cabo de unos días Carlos despertó en aquella ciudad lejana, su dolor de cabeza era terrible, recuerda haber tomado vodka con naranja, cerveza, y hasta aguardiente. La mezcla fue un detonador en su corazón adolorido. La novia, no había resultado ser lo que él pensaba. Bien poco habían durado el amor y las promesas de fidelidad y vida juntos. La fiesta de celebración se había prolongado algunos días, mezclándose con su manera de ahogar el dolor, y su reputación de muchacho divertido y de buen gusto se había regado de modo que había hecho buenos amigos y amigas. A nadie necesitaba ahora.
¡La vida ahora era increíble! ¡Sus amistades eran increíbles! Divertidas, ocurrentes, impredecibles. Cada día era una experiencia diferente, como una avalancha de sensaciones. Llegó a conocer a los hijos de personalidades importantes de la ciudad y se le abrieron un sinnúmero de oportunidades para negocios prometedores. Bien pronto estaba invirtiendo parte del dinero de su herencia anticipada en inversiones de riesgo que auguraban grandes dividendos. Primero invirtió solo un poco a modo de prueba. Al recibir sus primeras ganancias fue animándose más y sus inversiones fueron cada vez mayores. Trabajaba cada día garantizando sus inversiones y casi cada noche terminaba celebrando con sus nuevas amistades.
Caridad, su nueva esposa tenía mucha clase, era alegre y siempre divertida, la envidia de todos. Así aprendió a bailar los últimos ritmos, a beber solo los alcoholes más exquisitos y a vestir ropa de marca. Pronto se hizo de un medio de transporte y su futuro era el más envidiado de todos.
Se aproximaba, sin embargo, el fin de su paraíso hedonista. Una tremenda catástrofe golpeó el mercado y mucho dinero se perdió, el suyo incluido. De la noche a la mañana se sintió huérfano, desheredado, desposeído. En pocas semanas tuvo que vender muchas de sus posesiones para pagar los intereses de sus deudas.
Sin embargo, lo que más le dolía era la soledad. Tan pronto sus finanzas empezaron a faltar, Caridad le explicó fríamente que esto no era lo que él le había prometido, y entre lágrimas y dolor recogió sus cosas y se fue. A los niños los vería una vez cada 15 días, según acordaron mediante un juez. El descalabro financiero había silenciado su teléfono, ya pocos le llamaban, y sus amigos fueron desapareciendo como su matrimonio. En pocas semanas, el único ruido que se sentía en casa era el de Firulais que iba de un lado a otro pidiendo comidas que Carlos ya no podía comprar.
Por falta de pago, tuvo que dejar la casa, y regalar a Firulais a alguien que pudiera alimentarle. Al principio se hospedó en algunos cuarticos destartalados bien baratos, pero cuando no encontró trabajo, terminó quedando corto hasta para eso, vagando por las calles desesperado y durmiendo en los portales. Antes de vender el celular y la línea con el objetivo de comer, Carlos tiró de algunos hilos que le quedaban con tal de pedir favores. Un viejo amigo, de mala gana, le consiguió trabajo en una granja de animales en las afueras de la ciudad.
Finalmente terminó durmiendo en la granja, desayunaba un poco de leche de cuando ordeñaban la vaca y algún pan que forrajeaba en el comedor al que suplía la granja. Pero ya a mediodía el hambre le atacaba de tal modo que a veces comía un poco de miel de pulgas de las que daban a las vacas.
Algunas tardes, en la granja, lloraba. Lloraba como un niño, lloraba hasta quedarse sin aliento. Ansiando un abrazo, una voz, algo. Pero solo se escuchaba el silencio de los animales junto al comedero. Se sentía humillado, despojado, desheredado.
Tenía mucho tiempo para pensar, al terminar de alimentar a los cerdos, Carlos buscaba ansioso un modo de escapar de su encierro. El salario no le daba para levantar cabeza, y por más que buscaba no encontraba otro trabajo mejor. Irónicamente, se sentía encerrado de verdad. Ahora comprendía que en casa de su padre nunca estuvo encerrado ¿qué le hizo creer que estaba encerrado en casa? En casa no estaba desposeído ¿qué le hizo creer que nada era suyo en casa? ¿A quién se le ocurre escapara de su hogar? Habían pasado siglos desde aquella vida añorada, en solo 3 años Carlos había hecho tantas cosas mal. Había desperdiciado su herencia. En cierto sentido había destruido el nombre de la familia, había echado por tierra todas las enseñanzas que le habían dado. Había botado el dinero que su padre había levantado con tanto esfuerzo. Una mala decisión tras otra había traído consecuencias catastróficas que afectaban todas las áreas de su vida.
¡Tan fácil que se veía todo al principio! En su mente tendría éxito y todo saldría bien ¡Qué equivocado estaba!
Al principio, trataba de evitar la mata de mango junto al ‘vara en tierra’. Pero, sin darse cuenta, muchas veces se descubría mirándola entristecido. Si se paraba desde un ángulo específico, aquel lugar le recordaba la mirada de su padre aquel último día. Fue allí recordando, que comenzó a cocinar la idea de regresar a casa.

Seis meses después Carlos no lograba trazar una justificación para todo lo que había hecho mal, no había una manera de cortar camino. A veces, dialogaba imaginariamente con su padre imaginando sus respuestas. Otras veces, simplemente, escondía su cabeza entre sus manos, mientras sus lágrimas caían en silencio sobre yerba pisoteada.
Finalmente, en el fondo de la desesperación, despertó de su sopor. ¡Basta! Se dijo, mi padre es un hombre misericordioso. No merezco ser su hijo. Al menos buscaré trabajo allá. Quizás tenga piedad de mí, y me ayude.
Con los pocos billetes que había ahorrado, Carlos tomó el tren de vuelta a casa. Había partido con novia, amigos, dinero, futuro, cánticos y sonrisas llenas de esperanza. Regresaba fracasado, amargado, desposeído, divorciado, y despojado de sus hijos.
En su alma albergaba una esperanza que le torturaba profundamente, la mirada de su padre aquel día cuando se fue. De tanto pensarla ya no la recordaba. A veces imaginaba que le miraba con ira, y otras con tristeza. La ira del viejo era terrible. Carlos quería su mirada de compasión. Pero el rostro del padre enojado seguía volviendo a su mente.
Al descender del tren, tomó la ruta más corta hacia su antigua casa, pero el camino se le hacía más largo y los pies más pesados. Solo escuchaba el sonido de sus viejos zapatos rozando el suelo, mientras murmuraba: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus trabajadores”. El susurro de las rocas ahogaba el corto silencio hasta que Carlos repetía de nuevo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus trabajadores”. Repitiendo, y cavilando en el futuro inminente no comprendió que había doblado la última esquina antes de enfilar hasta su antiguo hogar.
Dos cuadras más adelante estaba su portal, su viejo hogar. En medio del calor sofocante destacó, entre tantas, una silueta, el porte parecía al de su padre, pero no estaba seguro. Se detuvo nervioso. Las piernas no le respondían, y sus manos se aferraban una a la otra sin saber dónde meterse. La silueta a lo lejos hizo un movimiento característico y entonces lo supo, era su padre, y le estaba mirando. Sus miradas se encontraron sin distinguirse. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, quiso esconderse y miró hacia los lados tratando de encontrar una salida.
Antes de doblar lo más disimuladamente posible. Miró por última vez la silueta de su padre…
Entonces ocurrió lo inesperado, el viejo comenzó a correr hacia él. La gorra se le cayó en medio de la calle, pero no le importó. Su padre venía hacia él, y venía corriendo, con los brazos abiertos. En ninguna de sus versiones de lo que ocurriría aparecía el padre corriendo hacia él. Había entrenado todas las respuestas a todas las preguntas. Se había preparado psicológicamente para el regaño, la reprimenda, el castigo, la vergüenza, el dolor, la censura, el repudio, el desprecio, la burla. Pero nunca para esto.
Carlos no se movió del lugar, literalmente estaba paralizado. Su padre se acercaba más y más cada vez, y Carlos estalló en llanto. Sus rodillas se doblaron justo a tiempo para que el anciano le sostuviera con sus fuertes manos y le abrazara con todas sus fuerzas. Pasó una eternidad para los que contemplaban la escena. Para el padre y el hijo, unos instantes infinitamente cortos.
– “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…”- dijo hasta que sus pulmones rebeldes se rehusaron a seguir dándole oxígeno… El anciano se separó de su hijo, todavía de rodillas los dos, y sosteniéndole por los hombros le miró fijamente… Los ojos inescrutables, la mirada profunda. El rostro curtido mostraba muchas más grietas que las que recordaba. Carlos le miró por instante y bajó a mirada abochornado, las lágrimas habían dejado líneas claras en la suciedad de su rostro, y en el suelo se iba formando un charco formado un alma desgajada: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo… hazm…”. El padre interrumpió sus palabras con otro abrazo, este tan fuerte que le dejó sin aire y no le permitió decir más. ´
Entonces le viejo se levantó y levantó a su hijo, le tomó de la mano y miró alrededor a los vecinos y familiares que curiosos se habían acercado. El esperado momento de la burla y vergüenza se convirtió en otra sorpresa indescriptible:
– ¡Pronto! –dijo el padre- Traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle un anillo, y también sandalias. ¡Maten el ternero más gordo y hagamos una gran fiesta, porque mi hijo ha regresado! Es como si hubiera muerto, y ha vuelto a vivir. Se había perdido y lo hemos encontrado”
Lucas 15:22-24 TLA.
La Historia del Hijo Pródigo
Seguro notaste que esta es una versión libre de la historia del hijo pródigo que se encuentra en la Biblia. Una historia, narrada por Jesús, con la que me siento sumamente identificado y creo que también muchos de nosotros. La trama es bien intensa hasta cubrir todos los aspectos de un drama moderno. El propósito de Jesús en esta historia es enfatizar el perdón del Dios cuando pecamos. El dolor del Padre, por el rechazo del hijo, se incrementa cuando el hijo se va a una “provincia apartada” según la Reina Valera, abandonando así todo vínculo familiar entre los dos protagonistas. Sin embargo, Jesús hace más hincapié en la conducta del hijo. Viviendo según ilusiones y promesas transitorias fracasan sus conceptos de felicidad. En el desenlace de la narración, el estilo de vida del Padre se yergue victorioso como superior, mientras que la vida del hijo, lejos del consejo divino, demuestra ser un desengaño rotundo.
Muchos hemos estado en esa situación, desechamos el consejo divino y apreciamos el consejo humano y secular en algunos casos, y egocéntrico y pecaminoso en otros.
Al final, terminamos buscando con la mirada al Padre celestial, lejos, tan lejos como el hoyo que cavamos con nuestras malas decisiones. Infinitamente santo Él, infinitamente indignos nosotros.
¿Cómo hacer cuando el hoyo que cavamos es más hondo que la herencia que derrochamos? Aparte de las enseñanzas evidentes sobre las malas amistades, la vida sana, el arrepentimiento y el perdón, las relaciones familiares, y la obediencia; la historia nos enseña dos secretos que pocas veces se mencionan en este pasaje:
2 secretos
Primer secreto: Al padre no le dolió el dinero reclamado, sino el hijo destronado.
¡Cuántas veces apreciamos más el dinero que a las personas! Vivimos en una sociedad tan materializada que nos angustiamos por cosas temporales, y lloramos pérdidas artificiales. El Padre está más preocupado por la integridad de nuestro corazón que por el costo de la operación. ¿Cuánto daño recibiremos por una mala decisión? ¿Cuánto dolor traeremos a nuestras vidas?
A veces, queremos forzar a nuestros seres queridos a tomar la buena decisión. Pero pasamos por alto que cada uno debemos escoger nuestra ruta. A veces de nada sirve dialogar. Ya lo tienen todo calculado en tu mente. Por un momento, el Padre entendió: Esto es lo que me va a costar la santificación de mi hijo, y estoy dispuesto a pagarlo. Hizo silencio y le entregó lo necesario por valioso que fuera.
La Biblia dice:
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
Juan 3:16-17
Pablo inspirado por Dios escribió:
El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
Romanos 8:32
A todos nos gusta ser recibidos como el hijo pródigo cuando erramos, y todos erramos. Pero, ¿te has puesto a pensar que para que tu hijo/amigo/cónyuge pueda sentir el amor del hijo pródigo tú debes comportarte como el padre de la historia?
Por un momento enfócate en lo verdaderamente importante ¿Cómo estás amando a tus seres queridos? ¿Estás poniéndole límite de precio a tu amor?
Segundo Secreto: La herencia nunca se perdió
El segundo secreto es bien interesante. Lo más valioso en nuestra mente metalizada del sXXI quizás sea dinero tan difícil de recuperar. Pero en el momento de la crisis el hijo descubrió que la verdadera herencia no era palpable y derrochable, sino invisible e inagotable.
Cuando regresaba para ver su padre, no quería su dinero, ni su comida: quería su paz.
Lo más valioso que tiene el Padre celestial es su presencia, de su presencia provienen la paz, la felicidad, la seguridad.
El padre entendió lo que quería el hijo, y lo abrazó, con ese abrazo le devolvió la herencia que había dejado atrás y le llamó “mi hijo”.
El hijo extraviado había aprendido, de la manera más dolorosa, que la herencia no existe lejos del padre. El hijo comprendió ahora que antes había tenido una posición privilegiada, y ahora solo anhelaba ser recibido de nuevo allí: su herencia es tener a Dios por Padre.
De nuevo, lo más valioso no es lo material, sino lo invisible, los corazones, la restauración, la consolación, la nueva oportunidad.
¿Cuántos desheredamos a nuestros hijos, amigos, cónyuges, de la herencia que podemos darle? A veces demoramos el perdón de alguien que se arrepiente porque simplemente estamos demasiado enfocados en lo que se perdió, en el daño, en el dolor, y no nos damos cuenta de que muestran arrepentimiento porque se sienten desheredados.
En cierto sentido su castigo ha sido peor que el castigo “del silencio”, o del “desprecio”. La paga del pecado es muerte y ellos han probado esa muerte, la paga del pecado es ausencia de Dios y ellos han probado esa ausencia y están pidiendo misericordia.
¿Acaso no recuerdas? ¿Cuántas veces has sido tú como el hijo pródigo rogando perdón a Dios… de nuevo… por lo mismo? ¿Cuántas veces Dios te ha abrazado y te ha dicho: tranquilo, Yo Soy tu Dios, tú eres mi hijo?
El pecado es cruel, engañoso, torcido, y siempre tiene malas consecuencias. A veces no inmediatamente, pero siempre llegan. A veces no visibles, pero siempre están ahí. El dolor de alguien atormentado por el pecado no es un dolor que deba avivarse con insensibilidad, o desprecio.
Acá tenemos un proverbio: “No hagas leña del árbol caído”. ¡Qué bueno sería que en tus relaciones familiares puedas pensar en cuál es la verdadera herencia que tienen otros para ti! ¡Y en cuál es la herencia que puedes dar a otros! ¡Qué bueno sería que priorizaras en tu vida las relaciones interpersonales: el amor, la paz, el gozo, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, el dominio propio (Gálatas 5:2)! ¡Qué bueno sería que cuando encontraras al herido no pensaras tanto en el daño que hizo, como en las heridas que tiene! ¡Qué bueno sería que tus palabras estuvieran llenas de consuelo en lugar de recelo!
Cuando pecamos y regresamos, arrastramos con nosotros el peso de nuestro pecado, matrimonios destruidos, hijos extraviados, enfermedades crónicas, futuros truncados, relaciones despedazadas, traumas, recelos, miedos, y dolor… tanto dolor. Pero los restaurados por Dios somos llamados a restaurar, a curar al herido, a perdonar al pecador arrepentido, a levantar a la oveja descarriada.
Especial para los hijos extraviados
Por último, si estás leyendo esto, quizás estás lejos de Dios y recuerdas la herencia perfecta que tienes en el Padre celestial. Estás recordando todo lo que hiciste mal y tienes pánico de volver y encontrar, quizás, el rostro fruncido de Dios recriminándote.
Dios está esperándote. Dobla tus rodillas donde estás y pide perdón, desgarra tu alma y reconoce tu pecado. Acepta su disciplina de parte de Dios y verás su misericordia. Sus brazos te rodearán y te levantarán en peso, sus besos te abrumarán, y tu Herencia te cubrirá de bendiciones.
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