Métodos que no conocías de martirio a los primeros cristianos

Muchos cristianos se lamentan hoy de su terrible situación. Sin embargo, afirman ser perseguidos y levantan su mano contra Dios por la vida que les ha tocado vivir. El mal de Coré (Números 16) sigue manifestándose hoy en día a través de cristianos que tienen un ministerio de quejabanzas en lugar de alabanzas.

Los cristianos de hoy anhelan victorias, pero pasan por alto que toda victoria requiere un combate.

Jesús dijo:

Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre.

Mateo 24:9

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

Juan 16:33

La historia de la iglesia ha estado llena de victorias sorprendentes. Los imperios más grandes y poderosos prometieron acabar con la iglesia de Jesús pero han pasado y han sido olvidados. La iglesia ha peleado la batalla de la fe y ha ganado, pero sigue peleando. No ha habido victoria sin víctimas. Y la sangre y sacrificio de los mártires ha permitido que el evangelio llegue hasta donde estás leyendo ahora para llevarte a la fe en Cristo Jesús como único camino a Dios.

Los siguientes son unos pocos ejemplos del martirio que vivieron los primeros cristianos en su lucha contra emperadores y contra el ejército y la burocracia más poderosa de su época.

Te animo a que veas tu mundo en perspectiva. Los primeros cristianos fueron despojados de sus bienas, crucificados, aserrados, torturados, echados a leones y muchísimo más y resistieron con la mirada puesta en la bendita esperanza del creyente. La vida eterna en Jesús es nuestro anhelo, nuestro galardón. Si disfruto de esta vida temporal ahora bien, pero si me voy con Cristo mejor.

Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.

Filipenses 1:11

Este es un buen momento para que meditemos, dónde está mi tesoro. ¿Valoro más las cosas terrenales que la gloria de mi Cristo? ¿Estoy más embelezado por las modas, la tecnología, o la vida que por el autor de la vida? ¿Cuánto realmente creo en Cristo Jesús?

Si el Cristo de la gloria es todo lo que dice ser, y no le estoy valorando más que a todo lo demás, entonces mi fe es débil y tengo más apego a las cosas terrenales que a la gloria de Dios ¿Seré verdaderamente cristiano? ¿O soy fan más de las cosas de este mundo que utilizo la religión como auto complacencia para sentirme bien con Dios y conmigo mientras sigo viviendo mi vida centrado en todo lo demás?

Si hoy fuera puesto a prueba, ¿negaría a Cristo? ¿Valoraría a Cristo más que a todas las cosas que esta tierra pueda prometerme? ¿Qué debiera hacer con mi vida para creer realmente en Cristo como debiera creer?

El lupanar

El lupanar o prostíbulo era uno de los castigos previos a la muerte en la época romana, según la costumbre, estaba prohibido ejecutar a cualquier menor de edad, tanto varón como hembra. Los jueces romanos afirmaban que el joven o la joven no sabía actuar de forma maléfica. Sin embargo, con el tiempo, se consideró que un niño cercano a la pubertad es similar a un adulto y podía llevar culpa y por tanto ser condenado. Esa sería la razón fundamental la condena a lupanar o violación.

Este acabó siendo el castigo principal de las jóvenes vírgenes cristianas. Tertuliano lo expresó de esta forma: «Pues hace poco, al condenar a una cristiana al lenón (a la relación sexual) en vez de al león, habéis reconocido que manchar el pudor se considera entre nosotros cosa peor que todo castigo y que toda muerte». Las jóvenes podrían librarse del doble castigo negando su fe en Jesús o suicidándose. Los escritos de la época afirman de cristianos que no pudieron recibir la sentencia por esa razón.

Un ejemplo fue el de la mártir Irene, que fue enviada por el gobernador a una mancebía para permanecer recluida en ella como castigo por tener ocultos libros y escritos cristianos y haber negado este hecho en el tribunal. Determinó que no pudiera salir de la casa, permaneciendo bajo vigilancia y estableció la pena de muerte para el que le permitiera escapar. Finalmente, como nadie se acercó a deshonrar a la joven, decidió ejecutarla mediante la hoguera (304 d.C.).

Teodora de   Alejandría fue condenada a un lupanar durante la persecución de Diocleciano por declararse cristiana y negarse a sacrificar a los dioses, pero un soldado le ayudó a escapar y ambos fueron condenados a muerte.  Inés sufrió martirio en Roma durante la persecución de Diocleciano (303 d.C.): empezó sentenciada a perder la castidad, aunque después fue ejecutada con la espada; de ello nos hablan Prudencio y Ambrosio. El historiador Eusebio hace mención a este castigo decidido para algunas mujeres condenadas por el juez Gerocles, y habla, en particular, de una virgen hecha prisionera en Gaza junto a otros cristianos que se habían reunido para leer las Escrituras, la cual fue condenada a prostituirse, pero no se dejó violentar y murió entre tormentos (s. IV d.C.).

El Suplicio de Mezencio

En época de Diocleciano, tenemos noticia de que algunos mártires de la Tebaida fueron atados a dos árboles con el objetivo de matarlos por medio de la putrefacción. La ejecución se hacía atando al creyente condenado al cadáver de otra persona. De modo que la putrefacción se convertía en una tortura lenta y cruel. Aquel método era conocido como el suplicio de Mezencio.

El emperador   Maximino tenía fama de cruel y se decía que no sólo crucificaba continuamente, sino que encerraba a otros en el vientre de animales recién muertos sin distinción de dignidad. En las Actas de San Crisanto, puede leerse que un santo que fue encerrado en la piel fresca de un ternero y colocado al sol hasta morir.

El baño de gusanos

Una versión del suplicio de Mezencio fue aplicada por el emperador Domiciano, el último de la dinastía Flavia, se ensañó brutalmente contra los cristianos. Los sentenciaba a morir de las maneras más terribles posibles.

Uno de sus métodos, particularmente repulsivo, consistió en bañar a los cristianos con leche y miel para clavarlos en un barril. El barril de madera estaba desbordado de gusanos que -estimulados por el sabor- devoraban a las víctimas. Algunas de ellas se mantenían con vida por dos largas semanas mientras eran engullidos por estos invertebrados.

El Arrastre

Un suplicio utilizado en algunos casos con mártires cristianos es el arrastre. Ésta es la suerte sufrió Potino, obispo de Lyón (177 d.C.). El prefecto de Roma mandó atar a Hipólito a las colas de dos caballos, que lo llevaron por el suelo furiosamente y acabaron con su vida (256 d.C.). También sufrieron este suplicio algunos mártires de   Alejandría en época de Decio, y otros de Nicomedia en época de Diocleciano

Somos embajadores de Dios. Enviados como forasteros a esta tierra. Algunos a vivir o otros a morir, todos a vivir testificando de la gloria de Dios en nuestras vidas.

El cristiano evita por todos los medios el martirio, la tortura, trata de vivir una vida digna y de justicia en un mundo corrupto. Pero llegado el momento no niega a su Salvador.


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