Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. 6 No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.
Mateo 28:5
“y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”.
1ra a los Corintios 15:17
La Semana ha sido intensa, desde la entrada triunfal hasta la crucifixión, los eventos se apresuraron a su terrible final. Con el arresto de Jesús, los discípulos se dispersaron, la fe destruida. Los enemigos se regocijaban, el problema parecía haberse resuelto.
Con la crucifixión de Jesús los fariseos habían logrado sofocar la nueva religión, pero aún quedaba un cabo suelto. El Nazareno había prometido resucitar, claramente eso era imposible, pero quizás los discípulos robaran el cuerpo y afirmaran que había resucitado para seguir dando problemas. Decididos, toman precauciones y piden una guardia romana que cuide la tumba con un sello oficial. Pilato accede, y la tumba de Jesús es custodiada en un vano intento de los hombres por limitar el poder de Dios.
Es la mañana del tercer día, un terremoto estremece el lugar mientas los soldados quedan boquiabiertos y temblorosos. Nunca habían visto nada así: un ángel con la apariencia de un relámpago mueve la piedra y se sienta sobre ella. Los guardias quedan paralizados de terror.

Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. 6 No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. 7 E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.
Mateo 28:5
Las mujeres ven el lugar vacío y corren a avisar a los discípulos las noticias que les había dado el ángel, a mitad del camino Jesús mismo les sale al encuentro diciendo
“¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron”.
Mateo 28:9
Desde ese momento el mundo no sería el mismo, ningún evento ha sido tan trascendental, transformador, radical como el que ocurrió aquella mañana en aquella tumba sellada. La resurrección de Jesús vendría a confirmar para siempre las palabras de Jesús.
La muerte y resurrección de Jesús es confusa para muchas personas. ¿Por qué tenía que morir? Se preguntan algunos. ¿Qué tanto lío con su resurrección? Dicen otros.
El propósito de la muerte de Jesús
Antes de explicar la importancia de la resurrección debemos explicar su muerte. Una ilustración pudiera ayudarnos. Se cuenta que, en una ocasión, un hombre fue llevado a juicio por robar. Luego de presentar el caso, las evidencias, y todos los testigos, el jurado declaró el veredicto: culpable. Sin embargo, hubo un detalle que conmovió al juez que presidía el evento. Aquel hombre había robado en desesperación para alimentar a su hija que estaba enferma ¿Qué podía hacer el juez? No podía absolverlo, pues era culpable y entonces no ejercería justa justicia, pero se sentía mal condenando a este hombre con quien se había sentido tan identificado. Su amor por el hombre demandaba misericordia, su amor por la justicia le demandaba una condena.
Lentamente, juez se puso en pie y dictó la condena: 5000 pesos de multa, o 6 meses de privación de libertad. Luego, para asombro de todos, se quitó la toga, descendió de su estrado, y se paró junto al acusado diciendo: “¡Yo pago la fianza!”
El problema del pecado de los hombres y su relación con el juez divino es similar al conflicto de esta historia. Somos culpables, y Dios no tiene por inocente al culpable (Números 14:18). Sin embargo, su amor por nosotros le mueve a buscar la manera de librarnos. Si nos libera, entonces no está siendo justo, porque somos malhechores, pero si nos condena, entonces no hay vuelta atrás, porque la paga de la ofensa a Dios es la muerte eterna. Pero Dios encontró una tercera solución.
Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
Romanos 5:8
Al morir Jesús en lugar nuestro, nuestras deudas quedaron saldadas, nuestra libertad fue garantizada, y nuestro perdón otorgado. El amor de Dios fue tal, que descendió e hizo uno como nosotros, sufrió lo que nosotros, vivió lo que nosotros, y murió no solo como nosotros, que merecemos la muerte, sino en nuestro lugar, porque nunca pecó y, por tanto, no merecía la muerte. El costo fue terrible, la encarnación, las burlas, el dolor, el sufrimiento, los latigazos, la cruz, la humanidad, pero Jesús lo sufrió todo gozoso pensando en nosotros.

“puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.
Hebreos 12:2
Una explosión de luz en el reino de las tinieblas
Pero, si todo hubiera quedado allí, Jesús hubiera sido simplemente un mártir de Dios a favor de la humanidad. Al morir Jesús, sin pecado, ocurrió un desbalance espiritual en el reino de la muerte. Victorioso, santo, poderoso, Jesús descendió no humillado como todo pecador culpable, sino exaltado y glorificado, en toda su gloria y esplendor.
El seol, o lugar de los muertos era el destino final de todos los hombres, pecadores, culpables, deudores. No importa cuántas buenas obras hubieras hecho, la suciedad de tu maldad te condenaba a la muerte. Satanás, el acusador, sostenía el acta de los decretos que nos era contraria (Colosenses 2:14) y la esgrimía acusador, amenazante con dos armas mortales: la prueba de nuestro pecado, y el juicio por nuestro pecado.
Ahora, el que no debía haber muerto, murió, y enfrentaba cara a cara a Satanás en el reino de la muerte. El conflicto espiritual que se desató fue terrible, la luz misma asaltaba los rincones más oscuros y poderosos de los aposentos del diablo.
No sabemos exactamente qué sucedió en ese enfrentamiento, pero conocemos el resultado: al tercer día, Jesús resucitó, no como otros que han sido resucitados en la Biblia para morir de nuevo, victorioso y despojando a Satanás de todo su poder y autoridad.
Las consecuencias de la resurrección de Jesús

Con su resurrección Jesús demostró para siempre ser hijo de Dios y tener poder sobre la misma muerte.
[Dijo Jesús antes de morir:] Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. 18 Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.
Juan 10:17
Con la resurrección, Dios mismo confirmó ser el Padre de Jesús, pues:
“[Jesús] fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”
Romanos 1:4
Con su resurrección despojó a los principados y los exhibió públicamente triunfando sobre ellos en la cruz para luego arrebatarles su arma más poderosa, la muerte.
[…] sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. 13 Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados 14 anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, 15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
Colosenses 2:12-15
Con su resurrección no solo despojó al diablo de su arma más poderosa, sino que lo destruyó usando su propia arma.
Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15 y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.
Hebreos 2:14-15
Con su resurrección nos justificó, muriendo en lugar nuestro:
Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu
1ra de Pedro 3:18
[Jesús] fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.
Romanos 4:25
Con su muerte murió al pecado, pero con su resurrección nos vivificó para vida libres del pecado en Cristo Jesús.
Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Romanos 6:8-11
Con su muerte y resurrección, Jesús confirma todas las profecías escritas sobre Él años e incluso siglos antes
Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. 11 Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. 12 Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.
Isaías 53:10-12
Con su resurrección Jesús es exaltado a la diestra del Padre, y envía y derrama el Espíritu Santo con poder sobre su iglesia.
Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
Hechos 2:33
Con su resurrección somos renacidos a una esperanza viva y una herencia incorruptible
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, 4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros
1ra de Pedro 1:3-4
Con su resurrección Cristo va delante de nosotros hacia una vida abundante ahora en la tierra y una vida eterna en la resurrección.
Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.
1ra a los Corintios 15:20
Con su resurrección, Cristo recibe autoridad para juzgar al mundo con justicia
Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; 31 por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.
Hechos 17:30
La situación actual de la iglesia de Jesús
Jesús ahora está sentado a la diestra de Dios, victorioso, el diablo aun pelea, pero destrozado se bate en retirada mientras una iglesia victoriosa va arrebatando almas una tras otra mediante la predicación del Evangelio. Por doquier se derrama el Espíritu de Dios, santificando, perdonando, sanando, justificando, restaurando, reconciliando. El Adversario se levanta y ruge, blande las armas que le quedan: la mentira, la seducción, el dinero, la fama, la enfermedad, el poder político, pero la iglesia sigue creciendo, pujante, victoriosa.
Lo más frustrante es que estos creyentes ya no temen a la muerte. En todas partes disfrutan de las primicias del Espíritu santo recordándoles que:
Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman.
1ra a los Corintios 2:9
En la resurrección de Jesús no solo fueron perdonados nuestros pecados, no solo recibimos la promesa de vida eterna, no solo fuimos adoptados como hijos de Dios. Además recibimos el poder de Dios, el Espíritu Santo, para que vivamos nuestras vidas como Cristo nos mostró. Ya no tenemos que convencernos, el Espíritu de Dios nos impulsa, ya no tenemos que luchar solos, el Espíritu de Dios lucha con nosotros, ya no tenemos que preguntar a otros qué quiere Dios, el Espíritu de Dios nos da testimonio a nuestro espíritu, ya no tenemos que convencer a otros mientras predicamos el evangelio, el Espíritu de Dios testifica juntamente con nosotros, convenciendo de pecado, de justicia, de juicio.
El temor a la muerte ya no nos paraliza, como Pablo, en todas partes los creyentes siguen adelante, sirviendo, cantando, glorificando, predicando, orando, testificando. Y cuando la muerte les acecha sonríen y miran a Jesús, quien resucitó, venció a la muerte en Calvario, y afirman:
“para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”.
Filipenses 1:21
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