La historia de nuestras vidas pudiera definirse como un cúmulo de experiencias negativas y positivas que se van acumulando en nuestra alma. Algunas personas corren con suerte y sus experiencias negativas son menos dolorosas que sus experiencias positivas. Otras no. Las situaciones de crisis, a veces, se van apilando una sobre otra hasta secar nuestras lágrimas y encallecer nuestros corazones. Lo peor es que muchas no duran pocos días, hay crisis que se extienden por años.
Una situación tras otra, un golpe tras otro, un desagravio tras otro, el conflicto se agrava, las dificultades se añaden, las consecuencias se profundizan, el tiempo sigue inexorable, y sentimos que nuestra vida es drenada lenta y cruelmente de nosotros mientras nuestros planes se van desvaneciendo entre tanta confusión.
En las crisis el cielo se siente de bronce y nuestras peticiones específicas carecen de respuestas. Nuestras ilusiones parecen infantiles mientras las observamos destrozadas a nuestros pies y la pregunta que nos golpea más fuertemente, de la que nunca podemos escapar, día a día, año tras año es ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Por qué me están pasando estas cosas a mí?
La historia de José (Génesis capítulos 37; 39-47; 50) es una historia de crisis, en plural. Sus hermanos le despojaron de sus ropas, le lanzaron a un pozo, vendieron, y engañaron a sus padres haciéndoles creer que estaba muerto para evitar cualquier rescate futuro. José, el niño predilecto de su familia terminó siendo un esclavo más a la merced de sus dueños.
Sin embargo, José prosperó, tanto como se puede prosperar siendo esclavo. Pero de nuevo la ‘mala suerte’ le golpeó, como si un enemigo invisible estuviera en contra de su tranquilidad y estabilidad emocional. José en una espiral descendente termina preso, acusado injustamente, los largos años de prisión dolieron más. Ni siquiera tenía de qué arrepentirse, aunque quizás podía arrepentirse de ser bueno, de ser íntegro, de no robar, de no adulterar y de no yacer con la mujer que despechada le había injuriado falsamente.
Pero un hombre de Dios no puede arrepentirse de buscar a Dios, de hecho, no puede dejar de hacer lo bueno.
Pablo dijo muchos siglos después:
[…] ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, 13 porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.
(Filipenses 2:12-13 [RV60])
Y es que el ser salvos es algo en lo que nos ocupamos con todas nuestras fuerzas, y nuestra alma, y nuestro corazón. Nuestro empeño es real y requiere un sacrificio vivo cada día, al escoger llevar la cruz y los vituperios de Cristo antes que las glorias pasajeras de este mundo (Hebreos 11:26). Pero ese esfuerzo no ocurre porque seamos grandes o especiales o de gran fe o fuerza de voluntad o bondad, sino porque Dios es el que “produce” el “querer” y el “hacer”.
José era víctima de un mundo corrompido que exalta y promueve lo incorrecto y se burla y condena lo correcto. Los días parecían semanas, los meses parecían años, los años parecían décadas mientras José se preguntaba ¿por qué me pasa todo esto a mí?
El versículo que vamos a estudiar hoy le da la respuesta a José:
Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 21 Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.
(Gen 50:20-21 [RV60])
La revelación en retrospectiva
Quiero hacer hincapié en un detalle importante de este pasaje, la frase: “para hacer lo que vemos hoy”.
Diecisiete años tenía José cuando fue vendido por sus hermanos (Génesis 37:2); treinta años tenía cuando fue presentado y honrado por Faraón (Génesis 41:46); y unos treinta y nueve cuando vio nuevamente a sus hermanos y luego con Jacob, su padre; y tiene cincuenta y seis años cuando dice estas palabras en Génesis 50:20 al morir su padre Jacob.
En retrospectiva, todo cobra sentido. Dios estuvo todo el tiempo con José. A pesar de las circunstancias, de las crisis, los engaños, las cárceles, las burlas, las dudas. Dios siempre estuvo allí (Génesis 39:2, 5, 21, 23).
Cada etapa de la vida de José desarrolló en él al gran administrador que un día salvaría a todo Egipto y a las naciones de alrededor de una hambruna devastadora. Si elimináramos una sola etapa de la vida de José entonces no tendríamos la frase “para mantener en vida a mucho pueblo” que leemos en Génesis 50:20.
Dependiente de Dios
José era un joven dependiente de Dios. Con 17 años tenía sueños que estremecieron a todos a su alrededor, incluso a sus padres. Mucho se ha dicho de su orgullo e imprudencia al contar el sueño. Pero todo es especulación. Ninguna parte de la Biblia condena a José por contar su sueño. De hecho, el mismo sueño es una confirmación de la gracia y agrado de Dios con la vida de José. Hay 4 etapas importantes en la vida de José que creo que vienen a su mente cuando dice esa frase: «Dios lo encaminó a bien […] para hacer lo que vemos hoy”.
I Etapa: El pozo del abandono
En Génesis 37 José es traicionado por sus hermanos y lanzado a un pozo. Aunque su estadía en el pozo fue breve, debió ser traumática. La traición, la ‘suerte’ de que el pozo no tuviera agua donde se ahogara, la oscuridad y desesperación, el escuchar a sus hermanos comiendo tranquilamente planificando su muerte. Sentir que todo lo que aprecias y respetas se desfigura abruptamente debió haber sido un momento crítico en su vida. José, en ese pozo debió aprender algo terrible: “Maldito el hombre que confía en el hombre” (Jeremías 17:5). El golpe fue tan radical que José, a partir de aquel día debió decidir poner toda su confianza en Dios.

II Etapa: La esclavitud de la reorientación´
Mucho se ha dicho de las visiones y su influencia en nuestras vidas futuras. Muchos creyentes dependientes del Espíritu Santo han tenido revelaciones sorprendentes de cuál sería su futuro en las manos de Dios. El problema es que muchas revelaciones muestran el destino, pero no el recorrido. Y los recorridos de Dios muchas veces no son como lo imaginamos, ni son en línea recta, ni son visiblemente ascendientes.
Jesús lo decía con estas palabras:
De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.
(Juan 12:24 [RV60])
De modo que, en el plan de Dios, para crecer, hay que morir, para triunfar, hay que caer. Y eso es lo que moldea, transforma, edifica nuestra alma.
En el caso de José, luego de caer en el muro, creció hacia la esclavitud. Fue allí donde su frustración podría haber alcanzado límites insospechados, sino fuera porque en la casa de Potifar descubrió una habilidad sorprendente: era un buen administrador ¿Qué tenía eso que ver con los planes de Dios? Nada tenía sentido. Pero José tenía que hacer lo que le ordenaban en lugar de lo que anhelaba. 17 años tenía cuando fue vendido y trabajó por unos 3 años como esclavo en lo de Potifar.
Fue allí, en la impotencia de escoger su propio camino, que descubrió el gozo de la administración, el sendero maravilloso que le convertiría en la máxima expresión bíblica de un don sobrenatural (1ra a los Corintios 12:28) capaz de traer vida a millones de personas a la vez.
Quién sabe lo que hubiera ocurrido a José si nunca hubiera estado bajo la mano de Potifar, ¿qué profesión hubiera escogido?
Los seres humanos somos testarudos. Nuestra tendencia es a tratar de imponer nuestra sabiduría a Dios. De explicarle nuestros argumentos y de tomar nuestras decisiones a pesar de todo. Sordos al Espíritu siempre preferimos el camino más corto, la senda más fácil, evitar la muerte de nuestros sueños, el sepelio de nuestro ego. A muchos de nosotros Dios nos tiene que poner en situaciones donde no es imposible tomar decisiones, para que entonces solo tomemos la que Él ha preparado para nosotros.
III Etapa: La Prisión de la Intimidad
Uno de los pensamientos recurrentes en los momentos de crisis es “no puedo más”, y lo decimos cuando lo indecible ocurre y la frustración y la impotencia tocan fondo y nuestras lágrimas se secan sin que nadie las consuele.
La verdad es que no debiéramos atrevernos a decir que “la situación no podría ser peor” cuando estamos en las manos de un Dios firme en su propósito de perfeccionarnos.
Como un entrenador llevándonos al límite, Dios nos pone en situaciones cada vez más incómodas para, en el crisol de la prueba, eliminar nuestras impurezas y que terminemos siendo instrumentos para la gloria y honra de Jesucristo (Proverbios 17:3; 1ra de Pedro 1:6-7).
Fue así como José, por hacer lo correcto, fue apresado por varios años. Fue la prisión el tiempo más extenso de la crisis. Si unas horas en el pozo parecieron años, unos años en la esclavitud parecieron décadas, estos 10 años de prisión debieron parecer siglos para José.
He escuchado a muchos rendirse ante las situaciones de crisis. La Biblia enseña que, si se rindieron y apostataron del Señor, entonces nunca fueron del Señor. Hay numerosos textos que respaldan esa afirmación (Romanos 8:28-29). Porque lo que para el cristiano es una aflicción para victoria (Juan 16:33), para el incrédulo es una justificación para volver a lo que realmente ama (Proverbios 26:11).
La vida de José es un ejemplo vívido de esta afirmación. ¡Cuánto pudo haberse desanimado aquel prisionero condenado por hacer lo correcto! ¡Cuántos pensamientos a rendirse y renunciar pudieron venir a su mente! ¡Cuántas veces pudo maldecir el nombre de un Dios que parecía impotente ante los golpes de la vida! ¡Cuántas veces pudo preferir tomar su destino en sus manos y guiarlo con sabiduría humana terrenal en lugar de confiar firmemente en el poder y sabiduría de Dios!¡Cuántas veces pudo preferir el camino corto, la puerta ancha, la senda espaciosa!
La Biblia dice algo interesante de José en esa tercera etapa: sus visiones volvieron.

Desde hacía años José no tenía visiones. Quizás el activismo de la vida de administrador en lo de Potifar habían dañado su intimidad con Dios. Quizás, su corazón estaba resentido con Dios y había decidido guardar silencio con Dios en medio de toda su frustración. Quizás, quizás, no lo sabemos, pero lo que sí es cierto es que sus visiones regresaron cuando era prisionero.
Pero en la cárcel, aunque también fue un gran administrador, tenía mucho tiempo libre, y en la soledad dirigió primero una palabra a Dios, luego otra, y después otra más. Su intimidad con Dios llegó a ser tal que ante aquellos dos sueños José habló con la autoridad de quien conoce a Dios y conoce su poder.
La cárcel fue aquel momento de soledad donde descubrió que la intimidad de Dios es su mayor tesoro. Un falso cristiano toma la soledad como una razón para quejarse. Un hijo de Dios toma la soledad como un momento precioso para deleitarse en el Dios de su salvación (Salmo 37:5).
Algunos creyentes oran más y otros oran menos, pero la Biblia no da tanta importancia a la cantidad de oración como a la calidad del corazón que ora (Lucas 18:10-14). El hijo de Dios anhela y disfruta la comunión con su Padre celestial (Salmo 84:1-2). El mismo Jesús fue llevado por el Espíritu a la soledad del desierto para ser tentado por el diablo, y Jesús varias veces buscó estar solo en su ministerio público para disfrutar de la presencia de su Padre en oración.
En la prisión, José redescubrió la intimidad con Dios, avivó el fuego de los dones que tenía dormidos hacía años, perfeccionó su ministerio de administración, y maduró en su carácter como hijo de Dios.
Sin la prisión, no hubiera habido interpretación de sueños para Faraon, no hubiera sabido de la hambruna que se avecinaba ni cómo evitar la destrucción de esas naciones.
La grandeza para bendecir
Es sorprendente cuán simplista somos los seres humanos a veces. Vemos a un hombre o mujer de Dios y los vemos tan grandiosos, humildes, amorosos, sabios, virtuosos, espirituales, amables, medidos y tantas otras virtudes y entonces nos creemos que son hombres o mujeres admirables y los veneramos y reverenciamos como si hubieran logrado algo maravilloso. Sin darnos cuenta que detrás de ellos el verdaderamente grandioso ha sido Dios, formándoles y moldeándoles y podándoles hasta dar este resultado maravilloso, pero todavía perfectible.

Seguramente así veían todos a José, segundo de Faraón de Egipto. Todo el imperio bajo sus manos, poder sin límites y sabiduría probada.
Pero José no había sido su propio entrenador. José no había sido su propio capitán. José era solo el barro, el grande era el Alfarero:
Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien
Génesis 50:20
Al morir el padre de José, sus hermanos sacaron la cuenta de todas sus maldades y comprendieron que esta era la oportunidad de su hermano de desquitárselas con ellos. Probablemente, pensaron, «él se estaba conteniendo porque papá estaba vivo. Pero ahora que murió nuestra suerte está echada».
Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas.
(Tito 1:15 [RV60])
Así que vinieron y se postraron ante José, e inventando una mentira trataron de convencerle de que no se vengara en ellos por la maldad cometida hacia él (Génesis 50:16).
Pero la respuesta de José es la de un hombre que conoce el poder y dominio de Dios:
Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? […] Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.
(Génesis 50:19-21 [RV60])
José estaba claro, no le correspondía a él traer juicio sobre sus vidas, de eso se encargaría Dios “¿Estoy yo en lugar de Dios?”. José veía mejor que ellos cegados por sus pecados, ellos simplemente fueron agentes mediocres de un plan frustrado y tornado para la gloria del Todopoderoso: “Dios lo encaminó para bien”. José estaba claro, yo sé cuál es mi función, sé para qué existo, sé para qué estoy aquí ahora, y es para “para mantener en vida a mucho pueblo”, y eso les incluye a ustedes “yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos”.
El peregrinaje de José siempre fue el de un hombre junto a Dios. Aunque por momentos parecía desamparado, Dios estuvo siempre allí. Aunque por momentos parecía que el barco se estaba hundiendo en realidad estaba renaciendo, aunque parecía que iba a la deriva, el brazo firme del capitán le llevaba seguro a su destino invisible a través de la más cruel tormenta.
En retrospectiva todo cobra sentido. Pero solo en retrospectiva. Es por eso que Pablo dijo: “por fe andamos, no por vista”, porque el camino delante nuestro es incomprensible para nuestra sabiduría y entendimiento. Porque ciertamente nuestro capitán nos lleva por sendas desconocidas y peligrosas, pero hacia un futuro seguro y cierto. Es probable que José solo comprendiera las tormentas del ayer, al contemplar «esto que vemos hoy». La revelación en retrospectiva es el premio glorioso de los que perseveran en medio de las tribulaciones. La retrospectiva solo la percibe quien victorioso se levanta sobre la cima de una montaña, con las manos y rodillas rasgadas, las ropas sucias, y los musculos exhaustos, pero con el pecho erguido mientras el viento golpea su rostro exprimiendo lágrimas de emoción ante una mirada satisfecha que contempla el camino recorrido, la gloria experimentada, el paisaje desvelado, el reto cumplido, la montaña conquistada, la gloria adquirida.
Y es que cuando la Biblia dice que
“la senda de los justos es como la luz de la aurora, Que va en aumento hasta que el día es perfecto”.
(Proverbios 4:18 [RV60])
No se refiere a nuestra prosperidad material, o social, sino a la prosperidad de nuestra alma, de nuestra comunión con Dios, al crecimiento de nuestro ser interior hacia el varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:13), se refiere a lograr el propósito de Dios para nuestras vidas mientras estemos sobre la tierra.
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