¿Nunca se ha preguntado por qué es tan difícil demostrar que Dios existe? Si realmente existiera un Dios tan increíblemente grande, invisible, invencible, Todopoderoso, incontenible, ¿no debiera ser increíblemente fácil demostrar que existe?
El egoísmo del ser humano, nuestras envidias, celos, y deseos egocéntricos han desterrado a Dios de nuestras consciencias y para ello la mejor manera ha sido mediante la incredulidad.
Sabemos, instintivamente que habrá un juicio presidido por un Dios que todo lo ve, todo lo sabe, quien es bueno, justo, y no tendrá por inocente al culpable, así que la mejor manera de continuar actuando como lo hacemos, diciendo lo que decimos, o creyendo lo que creemos es auto-engañarnos aplastando el poderoso instinto humano que nos lleva a creer en el Dios creador del universo.
La fe no se enseña, se enseña la incredulidad. aprendemos a ser incrédulos con el día a día, burlándonos de la justicia, o ignorando las consecuencias de lo malo que hacemos. Y cuando en algunos lugares nos enseñan a creer, realmente solo nos recuerdan lo que ya sabemos, porque fuimos creados para creer, para confiar, para depender de nuestro Creador. Como el pez en el agua, nuestro hábitad natural es la confianza en el Dios justo y misericordioso ¿Por qué, si no, vemos religiones hasta en los lugares más recónditos del globo? Deja a dos seres humanos solos en una isla y te podrán decir qué es bueno y qué es malo, y de alguna manera terminarán desarrollando naturalmente algún tipo de religión que satisfaga en ellos ese profundo anhelo de conocer al Creador y tener una relación con Él.
El hombre moderno se ha dado cuenta de que Dios está tejido en nuestro ADN y limita increíblemente el potencial humano para avanzar y desarrollarse a pesar de los demás, aplastando, mintiendo, quitando, enriqueciéndose, estafando, robando. El hombre moderno valora más principios como el orgullo, el egocentrismo, la autosuficiencia, la vanidad, la competitividad arrasadora, y la objetividad centrada en lo material.
La fe, sin embargo, al confiar en un Dios justo y santo que juzgará a todos, desarrolla una consciencia moral que nos impide hacer mal a otros o a nosotros mismos. que provee de una satisfacción y sentido de propósito más intenso y objetivo que el simple placer volátil de los méritos alcanzados por medios inicuos.
La incredulidad es una cura ineficiente para la fe
Hemos descubierto que en incredulidad nos sentimos mejor, al menos momentáneamente, superficialmente, y perseveramos en ella a pesar de chocar cada día con las evidencias de Dios escritas a nuestro alrededor, en las estrellas, el mar, el amor, en la misericordia que recibimos entendemos que un Dios bueno hizo todo eso. Incluso vemos evidencias de Dios en la maldad que nos rodea, nuestra consciencia nos reprende al recordarnos el propósito de santidad original por el que fuimos creados.
La pregunta lógica es, si Dios es un invento, entonces ¿por qué seguimos esperamos algo que no existe, por qué todos anhelamos el mismo índice de justicia, por qué intuimos que habrá un juicio final, un juicio cuyas consecuencias nos perseguirán más allá de la muerte, porque como creemos que hay un juicio de condenación, también creemos que hay algo una recompensa, y ese Dios justo recompensará a los buenos. Así que esta tríada (pecado, justicia, juicio) nos enlaza para creer en Dios.
¿Qué hacer? Sencillo, acallemos la voz, anulemos la justicia, invalidemos el juicio, desintegremos la moral. La mejor manera es destruir uno por uno todos los argumentos que demuestren a Dios. El mundo se hizo solo, somos simples animales producto de la mutación inconcebible y un billón de billones de veces improbable e indemostrada desde una proteína sin vida hasta un ser capaz de leer un documento como este. ¿David? Fue un mito, una historia bonita para los niños, Jesús, un gran maestro, nada más. De hecho, para invalidar mejor esto, convirtamos la celebración de su nacimiento en una fecha importante para… Santa Claus, que nos trae regalos. ¿Los milagros? No existen.
¿Qué hacer? Pues fácil, la moral nos señala a Dios, porque solo alguien supremo puede determinar qué es bueno y qué es malo, solo un faro de luz nos puede guiar en la oscuridad de las confusiones de cada día, por tanto, sustituyamos a Dios, seamos dioses, seamos nuestros propios puntos de referencia. Y mire cómo ha ido la cosa, hoy a robar se le dice “luchar”, a vaguear se le dice “vivir la vida”, al que tiene muchas mujeres sin comprometerse con ninguna se le llama un “animal” (a modo de cumplido). Al que aplasta a los demás con tal de salir adelante y acumula dinero a partir de estafas, robos, mentiras, se le dice de “buena familia”. Pero al que estudia y trabaja honradamente, pasando mil necesidades y sacrificándose sin comprometer su integridad se le llama “idiota”.
Del infierno no hablamos, aunque sabemos, o asumimos, que es el lugar a donde va el diablo, no nosotros. Asumimos que Dios TIENE que perdonarnos, si realmente es justo, y creemos que la balanza de las buenas y malas obras finalmente se inclinará a nuestro favor, y Dios pasará por alto el terrible costo de cada pecado, que pesa más que un millón de buenas obras juntas.
¿No lo cree? Piense por un momento, un hombre que hace bien a su familia durante treinta años, cada día provee, cuida, educa, aporta, protege a la familia. ¿Cuántas buenas obras hizo? ¡Millones! ¡Incontables! Sin embargo, luego de treinta años, se descubre que tiene un amorío con la mujer de otra familia. La ruptura es terrible, los hijos se sienten engañados, defraudados, la mujer siente que ha desperdiciado años de su vida con un hombre que no vale la pena, que no protege a los suyos, que no valora las consecuencias, que no puede contenerse. Una mentira, una mentira que dañó 30 años de confianza, de relaciones, de amor. El dolor de ese pecado contra su familia es tan grande que pasarán años para que la herida sane completamente. No importa lo que digan los psicólogos, los humanistas, los moralistas contemporáneos, no se puede controlar el dolor, la decepción, las lágrimas. No se puede madurar contra la moral.

Como en la Saga de la Matrix, vivimos en un mundo ficticio, enajenados de la realidad, y entretenidos con nuestros problemas. video-juegos, trabajos, familias. En realidad es más fácil así, es más fácil que reconocer que somos pecadores, y esclavos de la maldad, que somos culpables de lo malo que ocurre en nuestras vidas, y que, contrario a lo que tantos piensan, no es Dios el culpable de tantos problemas a nuestro alrededor, sino nosotros mismos, con nuestras acciones, con nuestras inacciones, con nuestras palabras, con nuestro silencio, con nuestras mentiras, con nuestra incredulidad.
Tenemos tanta fe en la incredulidad, que muchas veces he visto a Dios obrar milagros sobrenaturales sorprendentes e irrefutables y a algunos negarlos incluso cuando ocurren ante sus ojos. Alguien dijo alguna vez que la incredulidad es tan grande que hay personas que si ven resucitar a alguien que estuvo un mes muerto, dirán que en realidad no estaba muerto.
¿Si usted fuera Dios, cómo demostraría su existencia?
Así que, pensándolo bien, Dios la tiene bien difícil. Si usted fuera Dios… ¿cómo demostraría que existe en el mundo? Muchas veces he pensado en un cartel centelleante e iluminado en el cielo… pero creo que la gente, en profesional incredulidad, diría que es un nuevo efecto de luces hecho con bombillas LED. Y otros dirían que es simplemente una casualidad formada por la desviación de los haces de luces de la gravitación de la Luna. ¡Qué sé yo!
He pensado que sanando a los enfermos, pero cuando eso pasa en un hospital en lugar de dar gloria a Dios, la gente dice “navegaste con suerte” y regresa al mundo para seguir pecando. O, en lugar de eso, va estatuas creadas por los hombres y le dan gracias a ellas en lugar del al Creador y dador de Vida. Hablar con voz audible a cada persona en específico, llamarles al arrepentimiento…, pero eso tampoco serviría, pues entonces las personas en lugar de arrepentirse, irían al psicólogo o a los psiquiatras para que los ayudaran porque se están volviendo locos. Es que hoy, algunos incluso piden calmantes para acallar la voz de sus consciencias que les acusan de sus maldades.
La revelación de Dios
Quizás es por eso que Él decidió revelarse como lo hace.
Solo a los que le buscan:
“Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan”
Proverbios 8:17
“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y al que a mí viene, no lo echo fuera”.
Juan 6:37
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”
Mateo 11:28
Solo los que tienen la conducta correcta del corazón.
Humildad:
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”
Salmo 51:17
“porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, pero al altivo mira de lejos”
Salmo 138:6
Solo los que tienen sed de Dios:
“Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”
Juan 7:37
Si usted analiza estos secretos revelados en la Biblia descubrirá a quiénes se manifiesta Dios, a quiénes Él deja disfrutar de sus bendiciones. El común denominador, es “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mateo 5:6). Los que tienen hambre y sed de la manifestación de Dios. Los que anhelan encontrar a ese Dios justo, soberano, bondadoso. Los que se cansaron de mentirse a sí mismos y a los demás. Los que están dispuestos a perder la venda de sus ojos y a reconocer que la vida sin Dios es vacua, terrible, como fuego sin su calor, o el agua sin saciar.
No creo que Dios haya dejado de manifestarse en estos últimos tiempos, al contrario, en la comunión de los creyentes, la iglesia de Jesucristo, veo cada día a Dios manifestándose poderosamente entre aquellos que le buscan.

La respuesta a la pregunta del título es simple, Dios se muestra ante nosotros cada día en mil modos diferentes, en la creación exuberante que demanda un Creador, en el instinto innato que nos impulsa a definir todo lo que nos ocurre como bueno o malo comparándolo por supuesto con un Bueno Absoluto, en el amor increíble de los padres por los hijos y de dos cónyuges como ideal de la vida un amor imposible de explicar científica o psicológicamente, en los millones de milagros que existen a diario de personas que orando a Dios ven respuestas imposibles, providenciales o sobrenaturales a sus peticiones, en la huella histórica indeleble de la nación de Israel y más recientemente de la llegada del Hijo de Dios a nuestro mundo cambiando para siempre la historia de la humanidad, en los miles de millones de testimonios de diferentes nacionalidades, niveles culturales, intelectuales, espirituales, de diferentes profesiones, títulos, rangos, y criterios quienes atestiguan juntos, que acercarse a Dios a través de Jesucristo produjo un cambio trascendental en sus vidas que ya no son ateos, agnósticos, espiritistas, borrachos, ladrones, homosexuales, hechiceros, budistas, musulmanes, ávaros, mentirosos, vagos, adúlteros sino CRISTIANOS en honor a ese Cristo poderoso que se acerca al quebrantado y le da nueva vida.
Entonces, si Dios se muestra en tantos modos, ¿por qué no le vemos? Sencillo no queremos verle, nos es difícil aceptar esa realidad así que la reprimimos o sustituimos. No hay señal en los cielos, o en la tierra, o debajo de la tierra que Dios haga que la incredulidad no pueda justificar para cubrir su incapacidad para aceptar a Dios.
Pero no lo vemos cuando somos incrédulos. Si miramos las grandes manifestaciones de Dios en la historia de la humanidad, todas ocurrieron cuando un hombre o mujer tuvieron fe. ¿Quieres ver a Dios en tu vida? ¿Quieres que la mano de Dios intervenga a tu favor? ¿Quieres saber si Dios es real, si existe?, entonces debo preguntarte ¿tienes fe? ¿tienes sed? ¿tienes hambre de Dios?.
Si la respuesta a estas últimas preguntas es positiva, incluso si solo es positiva la respuesta a las dos últimas, entonces no podrás resistir embarcarte en la búsqueda de Dios. Y Dios se te manifestará y te hablará, y verás sueños y visiones, y verás su gloria y sus bendiciones. Y Él te dará más fe, y entonces verás más, e irás de gloria en gloria, hasta disfrutar realmente, y con toda seguridad, la paz celestial y las recompensas eternas del juicio final.
¿Cómo lo sé? Porque Dios lo prometió en la Biblia, y Él no miente, sus promesas siempre las cumple. ¿Cómo lo sé? Porque yo estuve donde estás tú. Empecé a buscar a Dios sin fe, solo con sed. Y he visto día tras día como Dios bendice, y anda conmigo. ¿Cómo lo sé? Porque al igual que yo, millones de cristianos en todo el mundo tienen testimonios similares confirmando que Dios cumple su Palabra.
Ahora le toca a usted descubrirlo.
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