Oferta de lanzamiento: Homilética Práctica a S/ 35 S/ 45 · se aplica sola · quedan 45 de 50 Ver el libro

Jehová de los Ejércitos: el Guerrero que te ama

Cuando el faraón de Egipto salía a la guerra, no salía solo un rey. Salía un dios. El monarca era considerado la encarnación viva de Horus, y antes de marchar los sacerdotes le entregaban espadas y arcos consagrados en los templos, cargados con la heka, la magia protectora de las deidades. Se decía que Montu, el dios de la guerra, le prestaba su fuerza; que Amón guiaba su mano; que Set aterrorizaba a los enemigos con su rugido. Y las divisiones del ejército marchaban tras estandartes con los nombres de Amón, Ra, Ptah y Set, para que ninguna duda quedara sobre quién peleaba de verdad aquella batalla.

Ese era el mundo del que salió Israel. Un mundo donde las guerras las ganaban los dioses y los hombres solo prestaban los brazos.

Por eso, cuando el Mar Rojo se cerró sobre el ejército más poderoso de la tierra y sobre los dioses que supuestamente lo respaldaban, Moisés y Miriam no entonaron un himno de consuelo. Entonaron un himno de guerra:

«Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente; ha echado en el mar al caballo y al jinete. Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación. Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo enalteceré. Jehová es varón de guerra; Jehová es su nombre» (Éxodo 15:1-3).

No era una metáfora poética. Era una declaración territorial. Los dioses de Egipto habían sido derrotados en su propio terreno, y el Dios de unos esclavos sin ejército acababa de revelar uno de sus nombres más solemnes y menos predicados: Jehová de los Ejércitos.

Dónde aparece el nombre por primera vez

El título completo, YHWH Tsevaot, no aparece por primera vez en boca de un rey ni de un general, sino en la de una familia común que subía cada año a adorar: «…aquel varón subía de su ciudad para adorar y para ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos en Silo» (1 Samuel 1:3). Era la familia de Elcana, la familia de Ana, la mujer estéril que oraba llorando.

De ahí en adelante el nombre recorre el Antiguo Testamento —los eruditos lo cuentan entre 270 y 286 veces, según el conteo—. En hebreo, tsaba (צָבָא) significa literalmente «ejército», «hueste» o «servicio militar organizado» (Strong’s H6635).

Antes de eso, Josué se había encontrado con Él a las puertas de Jericó, y la escena merece leerse despacio:

«Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? Él respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo» (Josué 5:13-15).

Fíjate en la respuesta. Josué pregunta de qué bando está, y la respuesta es «no». Ni de los tuyos ni de los otros. Él no viene a tomar partido en nuestras guerras; viene a que nosotros tomemos partido en la suya.

Y siglos después, Isaías lo vio sentado en el trono, mientras los serafines se cubrían el rostro y clamaban: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». La reacción del profeta no fue el entusiasmo, sino el terror: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Isaías 6:1-5).

¿De qué ejércitos estamos hablando?

Esta es la pregunta que casi nadie hace, y de ella depende entender el nombre. La Escritura habla de dos huestes distintas bajo el mismo mando.

Los ejércitos terrenales de Israel

Cuando David bajó al valle de Ela, el gigante llevaba armadura de bronce y él llevaba cinco piedras. Pero mira lo que le dice:

«Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado» (1 Samuel 17:45).

David no dice «vengo con más fe que tú». Dice que viene en el nombre del comandante de un ejército al que Goliat, sin saberlo, ha provocado. Y el salmista lo resume: «Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob» (Salmo 46:7).

Los ejércitos espirituales del cielo

Pero hay una segunda hueste, y esa no se ve. El criado de Eliseo se levantó una mañana y encontró la ciudad rodeada por el ejército sirio. Entró corriendo, aterrado. Y el profeta le respondió con una de las frases más desconcertantes de la Biblia:

«No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo» (2 Reyes 6:16-17).

El criado no estaba equivocado en lo que veía. Estaba equivocado en lo que no veía. Y ese es el punto: la realidad espiritual no depende de que la percibamos. El monte estaba lleno de carros de fuego antes de que se le abrieran los ojos.


Cuatro rasgos del Varón de guerra

«Jehová es varón de guerra», dice Éxodo 15:3. Pero la Escritura no nos deja imaginar qué clase de guerrero es. Nos lo describe en cuatro rasgos que conviene sostener juntos, porque separados producen caricaturas.

1. Guerrero: su intervención es temible

Isaías no suaviza el lenguaje. Lo describe como un león enfocado en su presa, indiferente al ruido de los pastores que intentan espantarlo (Isaías 31:4). Frente a Él, los ejércitos más temidos de la tierra se vuelven polvo:

«Y la muchedumbre de tus enemigos será como polvo menudo, y la multitud de los fuertes como tamo que pasa; y será repentinamente, en un momento. Por Jehová de los ejércitos serás visitada con truenos, con terremotos y con gran ruido, con torbellino y tempestad, y llama de fuego consumidor» (Isaías 29:5-6).

No hay en toda la Escritura un solo relato donde Jehová de los Ejércitos se presente como una fuerza inofensiva o negociable.

¿Y por qué pelea?

Por dos razones, y ambas están escritas. Por sus escogidos: «Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Éxodo 14:14). Y por la justicia, cuando ya no queda nadie más que la defienda:

«Y la verdad fue detenida, y el que se apartó del mal fue puesto en prisión; y lo vio Jehová, y desagradó a sus ojos, porque pereció el derecho… Pues de justicia se vistió como de una coraza, con yelmo de salvación en su cabeza; tomó ropas de venganza por vestidura, y se cubrió de celo como de manto» (Isaías 59:15-18).

Dios se arma cuando el derecho perece. Que eso lo escuche bien quien hoy oprime al débil creyendo que nadie lo mira.

2. Visionario: escoge y entrena a sus campeones

El mismo Guerrero que aterra a sus enemigos forma cuidadosamente a quienes pelean de su lado. A David le hace recordar de dónde lo sacó:

«Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo Israel; y he estado contigo en todo cuanto has andado, y he cortado a todos tus enemigos de delante de ti, y te haré gran nombre, como el nombre de los grandes en la tierra» (1 Crónicas 17:7-8).

David no se entrenó a sí mismo. Fue Jehová de los Ejércitos quien lo llevó por el redil, por el desierto y por la cueva de Adulam, con un propósito que él todavía no entendía. Dios no recluta soldados improvisados: los selecciona, los pasa por procesos que nadie más ve, y los entrena antes de darles un nombre grande.

Y cuando el llamado llega, llega como pregunta. Isaías, que acababa de temblar ante el trono, oyó al mismo Rey decir: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?». Y respondió: «Heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6:8). El que teme correctamente es el que se ofrece voluntario.

Si hoy sientes que tu proceso es lento u oscuro, vale la pena preguntarte si no es, precisamente, el entrenamiento de un campeón.

3. Pacífico: pelea por la paz y por la justicia

Aquí está la paradoja que este nombre obliga a sostener sin diluir ninguno de sus dos polos: el mismo título guerrero es el que garantiza la paz más duradera de la historia.

«La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos» (Hageo 2:9).

La paz bíblica —shalom— no es la ausencia de conflicto conseguida por evasión. Es el resultado de una guerra ya ganada. Jehová de los Ejércitos no ofrece paz porque sea débil o conciliador por naturaleza; ofrece paz porque ya derrotó a quien la amenazaba. Esa es una diferencia radical con cualquier «paz» humana negociada desde la debilidad.

4. Estratega: no improvisa

La cuarta característica es quizá la más subestimada. Isaías lo llama «Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz», y añade que su gobierno se sostiene «disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto» (Isaías 9:6-7).

Cuando Senaquerib amenazó Jerusalén con el ejército más temido del mundo antiguo, la promesa fue igual de precisa: «Porque saldrá de Jerusalén remanente, y del monte de Sion los que se salven. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto» (2 Reyes 19:31).

Y siglos antes de que ocurriera, Malaquías anunció con precisión de calendario militar la llegada de un mensajero que prepararía el camino: «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis… He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Malaquías 3:1).

Nada de esto es reacción improvisada. Es estrategia anunciada siglos antes de ejecutarse y cumplida con exactitud. El Dios que lleva por nombre «Ejércitos» no solo tiene el poder para pelear: tiene la sabiduría para saber exactamente cuándo, cómo y por qué hacerlo.


El celo: lo que mueve a Jehová de los Ejércitos

Cuatro veces repite Isaías la misma explicación: «el celo de Jehová de los ejércitos hará esto». No es capricho ni ira arbitraria. La palabra describe dos movimientos del mismo corazón.

Por un lado, es el celo exclusivo del esposo por la esposa, que no tolera la infidelidad. En ese sentido, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad, sobre los que son infieles a su pacto.

Por el otro, es la pasión ardiente por proteger y proveer para el ser querido. Y en ese sentido, la pasión de Dios se revela desde el cielo por todos los oprimidos, por los afligidos por el diablo, con tal de rescatarlos.

Es la misma pasión, mirando en dos direcciones. Y es la que llevó al Padre a lo impensable:

«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Romanos 8:32).

¿Entonces debemos temerlo?

Sí. Pero no como el pueblo suele creer.

El salmista lo presenta como a un rey que vuelve victorioso, y las puertas de la ciudad se abren para recibirlo: «¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla… ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, él es el Rey de la gloria» (Salmo 24:8-10). Es un Dios bienvenido, no uno del que se huye.

Y apenas unos salmos después, el mismo nombre temible aparece rodeado de un anhelo casi doméstico:

«¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová… Aun el gorrión halla casa, y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío… Jehová de los ejércitos, dichoso el hombre que en ti confía» (Salmo 84:1-4, 12).

Detente en esa imagen, porque es la clave de todo el mensaje. El comandante de los ejércitos del cielo tiene, junto a sus altares, un nido de golondrinas. El mismo Dios ante quien los serafines se cubren el rostro permite que un gorrión ponga sus polluelos a la sombra de su altar.

Eso es lo que significa el temor bíblico correcto: no expulsa al adorador del templo; lo atrae a él.

Ni un ídolo débil ni un tirano caprichoso

Resumamos el recorrido. Jehová de los Ejércitos manda sobre las huestes visibles de Israel y sobre los carros de fuego que nadie ve. Interviene con poder temible, escoge y entrena a sus campeones, garantiza una paz ganada en batalla y ejecuta una estrategia perfecta, movido por un celo que es a la vez ira contra la infidelidad y pasión por el oprimido.

Y aquí quiero ser preciso, porque en este punto suele torcerse la enseñanza: el Dios de la Biblia no es el ídolo endeble y sentimental que a veces se presenta en ciertos cuadros y devociones populares, un Dios distante y casi decorativo, incapaz de intervenir en la historia real. Ser evangélico —seguir solamente a Cristo según lo que las Escrituras enseñan, sin mediaciones ni añadidos— significa, entre otras cosas, negarse a domesticar este nombre.

Pero tampoco es el tirano caprichoso que algunos imaginan. Tenemos un Padre celestial poderoso y temible contra nuestros enemigos, y a la vez paternal y amoroso hacia nosotros. Capaz de sacrificarlo todo por el celo apasionado con que nos ama, incluso la vida de su propio Hijo. Eso es una garantía, no una posibilidad.

Así que el llamado es doble. Si ya sigues a Cristo: deja de tratar a Dios como un ídolo manejable al que le pides favores, y témele con la reverencia que Isaías exige —«A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo» (Isaías 8:13)—, viviendo en la santidad que ese temor produce. Si todavía no lo sigues: el mismo Guerrero que aterra a sus enemigos es el único refugio real frente a ellos; hoy es el día de rendirte a Él, no de seguir evadiéndolo.

Antes de continuar con tu día, detente un momento. No hace falta un templo ni un altar físico para reconocer, en oración, que este Dios —temible y amoroso a la vez— es también tu Dios. Adóralo como Josué: de rodillas, con el calzado quitado, en tierra santa. Y como el gorrión del salmo: haciendo tu nido junto a su altar.


Video de la prédica

Predicado en la Alianza Cristiana y Misionera en San Borja, Lima.

Diapositivas del sermón (para ver y descargar)

Estas son las diapositivas que uso para predicar este mensaje. Puedes verlas aquí mismo, pasando las páginas dentro del visor, o descargarlas en PDF para proyectarlas en tu iglesia, tu célula o tu clase. Son de uso libre para el ministerio; solo te pido que menciones la fuente.

21 diapositivas · Alianza Cristiana y Misionera en San Borja


Fuentes

  • Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Sociedades Bíblicas Unidas, 1960. Todas las citas bíblicas de este artículo.
  • Strong, James. Strong’s Exhaustive Concordance of the Bible, 1890. Entrada H6635, tsaba (צָבָא): «ejército, hueste, servicio militar organizado».
  • Sobre la religión de guerra en el Egipto faraónico: el rey como encarnación de Horus, la intervención de Montu, Amón y Set, las armas consagradas con heka y las divisiones del ejército bajo estandartes divinos (Amón, Ra, Ptah y Set).
  • García Sanz, Julio Ernesto. Homilética Práctica: Cómo Preparar y Predicar Sermones con Poder. Vida Cristiana en Acción. Método de introducción, proposición y conclusión aplicado en la estructura de este mensaje.

¿Te pones nervioso antes de subir al púlpito?

Descarga gratis el Capítulo 2 de Homilética Práctica — "Marco conceptual del sermón" — y aprende hoy mismo cómo definir el tema, la idea central, el título y el texto de tu próximo sermón, con una hoja de trabajo incluida para aplicarlo de inmediato.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

Ansiedad antes de Predicar

Otros libros que te pueden interesar:


Descubre más desde Vida Cristiana en Acción

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Carrito de compra
Scroll al inicio